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jueves, 15 de diciembre de 2016

Referencias literarias en la música


Aunque las artes son diversas, tal vez la sensibilidad sea una sola. Y qué tal si se trata de vasos comunicantes que pueden poner en contacto una expresión inspirada en una disciplina pero llevada a otra. No olvidemos que la poesía tiene sus más remotos orígenes en el canto.
¿Se ha puesto a pensar el lector que algunas de las canciones conocidas hacen referencia a una obra literaria? No es un fenóneno para nada novedoso, pero no deja de ser curioso que a veces nos pase desapercibido.


Quisiera ser un pez

 

En 1990 el dominciano Juan Luis Guerra publicó su álbum Bachata Rosa, que incluía la canción "Burbujas de amor". Esa pieza, como ha declarado en entrevistas, fue inspirada en la obra del escritor argentino Julio Cortázar, concretamente en el capítulo 7 de la novela Rayuela. "Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca...". ¿Recuerda ese comienzo?



¿Me acuerdo, no me acuerdo?

Ese es el inicio de una monumental novela mexicana llamada Las batallas en el desierto, escrita por José Emilio Pacheco. Es 
monumental no por su extensión, que apenas sobrepasa las 60 páginas y en letra grande, sino porque ha trascendido fronteras y cada año sigue en el gusto del público. ¿Cómo se le ocurre a Carlitos, a sus 11 años, enamorarse de Mariana? Sólo que ella no pude corresponderle. Sin duda a los de Café Tacvba les pareció también una gran obra, pues crearon a partir de ella la canción "Las Batallas".


Eros Ramazzoti

Este cantante italiano en su canción La cosa más bella (Piu Bella Cosa) cierra una de las estrofas con el verso "gracias por existir". Esa misma frase aparece en la novela Santa Evita, del escritor y periodista argentino Tomás Eloy Martínez. La obra es una reconstrucción de la vida de Eva Perón quien supuestamente pronunció esas palabras, ante una multitud que la vitoreaba, a su esposo el presidente Juan Domingo Perón. Decimos supuestamenmte, porque la interpretación se realizó de leerle los labios en un video de la época. Gracias por existir, dicen que eso le dijo a su cónyuge. Al parecer la tal Evita veneraba a su marido ¿o era sólo amor?¿La frase en la letra de Ramazzoti será una casualidad?


Enciende mi fuego

Bueno, en realidad no es el título de una canción, sino que el nombre del legendario grupo "The Doors" está basado en un poema de William Blake: "Si las puertas de la percepción fuesen depuradas, todo aparecería ante el hombre tal cual es: infinito”. La propuesta de Jim Morrison fue aceptada por sus compañeros Ray Manzarek y Robby Krieger. Es conocido que "El Rey Lagarto" era seguidor de escritores como Nietzsche, Blake y Rimbaud. ¿Así o más incendiario el muchacho?




Un vallenato 
de 350 páginas

Para muchos la versión más conocida de "Macondo" es la grabada en 1972 por Óscar Chávez, aunque su autor es el peruano Daniel Camino Diez Canseco, quien la dio a conocer en 1969. La pieza en cuestión está basada en la novela Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, publicada en Argentina en mayo de 1967. La obra "es un vallenato de 350 páginas", según el Gabo, pero la canción es un cumbión. Por cierto, ¿quiere ver bailar a García Márquez una cumbia al son de Celso Piña? Dele clic aquí https://www.youtube.com/watch?v=gRXXWpB7l-I











sábado, 19 de abril de 2014

Desencuentro con García Márquez

No era el mejor trabajo, pero tampoco el peor. En todo caso no había motivo para que me despidieran, tampoco para que yo me deprimiera, y sin embargo, antes de que termine este viernes, ya soy un desempleado. Los quiero mucho a todos.
En el café miro tras el cristal, la maleta a mis pies, veo a la gente, garabateo algunas líneas en una servilleta y me hago la apuesta de que, si no me encuentro con algún conocido antes del tercer café, entonces llamaré a Ana y le diré ¿Te gustaría ser mi novia?
Al segundo café miro pasar a un hombre con cara conocida. Quizá es mi imaginación pero es idéntico a Gabriel García Márquez, el escritor. La servilleta dice Ana por todos lados, entonces pido el tercer café y tomo el teléfono celular. Suena una vez, dos veces. Me sudan las manos. Trago saliva. Me aclaro la garganta. Hola, Ana ¿te gustaría ser mi novia?, me preparo mentalmente a contestar. No mejor, Qué tal Ana ¿cómo estás? No, tampoco: lo desecho por demasiado estudiado. Está mejor: estaba tomándome un café y pensaba que quizá tú… Suena por tercera vez. Qué tal reinita, si tú siempre me has gustado. No, demasiado vulgar. En eso cuelgo.
Para mi sorpresa veo a García Márquez que entra el café. Se queda un momento allá, a unos pasos de la entrada. Pienso que busca a alguien con la mirada. Es idéntico al Gabo, pienso. Hasta en el maldito bigote se parece. Trae un saco café y unos lentes que le quedan un poco grandes.
Ana no me contesta, no veo a nadie conocido, la mesera se dio cuenta que no pienso consumir nada más y mira con desdén: lo único que me queda es salir en retirada.
¿Es usted Miguel Fartúa?, escucho. Al girar la cabeza miro a García Márquez a tres metros de mí.
Debo estar seguro. Ahora cualquier escritor se viste como García Márquez, aunque quizás él no sea escritor, sino dramaturgo. O ni escritor o dramaturgo, sino simplemente alguien que me ha confundido con otro Miguel Fartúa que no sea yo, sino otro que se llame igual.
¿Perdón? Digo estirando el cuello. Rara vez olvido un rostro; puedo pasarme semanas tratando de ubicar alguno, pero siempre lo consigo. Y a este lo vi en la portada de un libro suyo que alguien dejó olvidado hará cosa de tres o cuatro meses en el trabajo, quiero decir, en mi extrabajo. Además, es el escritor favorito de Ana.
García Márquez voltea para los lados. Luego se acerca un paso y me dice más con el rostro que con la voz:
— Que si es usted Miguel Fartúa, el botones del Hotel Monterrey, el que queda de aquí a dos cuadras.
Ahora sí noto un acento definitivamente extranjero. Nomás eso faltaba: que después de ser despedido algún cliente todavía me busque para reclamarme.
— No señor, le contesto, soy mesero de un bar. Para luego corregirme en voz baja: “era”.
— Perdone usted, me dice, y se retira. No puedo resistir la tentación. Apenas da dos pasos, lo llamo:
— Disculpe. Él se detiene. Su figura parece la de un abuelo a quien le gusta bromear.
— ¿Sí?
— ¿Es usted Gabriel García Márquez, el que escribe?
Levanta las cejas, en gesto que parece más de sorpresa que de molestia. Y dice en tono divertido:
-Hombre, pero acá las preguntas las hago yo. Y al decir esto pienso que está a punto de soltar la risotada.
— ¿Cómo se llama usted?, revira. Yo me pongo nervioso.
— Aurelio.
— ¿Aurelio qué?
— Aurelio Martínez.
— Mire señor Martínez, busco a un tal Miguel Fartúa, que es el botones del hotel en el que me hospedo, me dijo la recamarera que lo podía encontrar aquí.
 ¿Y podría saber para qué lo busca? digo, si no es indiscreción.
García Márquez se acerca un poco hacia mí y lo invito a sentarse. Él titubea y finalmente se sienta. Me parece que de cansancio. Estaba a punto de responderme cuando aparece una muchacha muy joven que le pide un autógrafo. Y detrás de ella otra que al parecer venía con la primera. Cuando nos dejan solos el escritor saca un sobre amarillo de entre su saco. Me sudan las manos y me muerdo la uña del dedo meñique. Dos señoras mayores lo han reconocido y se acercan; una de ellas por poco se cae encima de él al querer abrazarlo. Las dos señoras y García Márquez se ríen: si esto hubiera pasado hace 25 años se lo habrían comido a besos. Comienzo a incomodarme; me dan ganas de levantarme y salir corriendo. Varias mesas murmuran y algunos voltean hacia acá. Más bien la mayoría. Se aproximan tres muchachos juntos de diferentes edades, y detrás un señor calvo con un chaleco a cuadros.
— Le sonará raro, dice con la mirada en mi taza de café, pero quise recordar mis tiempos. El botones del hotel se llevó mi maleta así que salí a buscarlo. Como si fuera a escribir una nota para el periódico, haga de cuenta. Y me muestra las uñas al terminar la frase. Me fijé que dijo “se llevó”, y no “me robó”.
Uno de los tres muchachos le pide un autógrafo y detrás de ellos el calvo del chaleco. Ya se habían juntado además otras tres señoras, un señor que traía un maletín y una mesera que decía compermiso, compermiso, mientras alargaba un trozo de papel para que se lo firmara. Ocho en total. Siento que me falta el aire. García Márquez saca el reverso de una foto que dice “Empleado del mes”. Al voltearla me doy cuenta que es una foto mía.
— Don Miguel: tiene usted cojones, pero usted me regresa mis libros ahora mismo.

Qué dirá Ana cuando le cuente.

viernes, 18 de abril de 2014

Postales con García Márquez


Tengo 10 años. Mi mamá platica con una amiga de la familia que había ido de visita a la casa. Por la conversación que escucho en partes, deduzco que hablan de una familia que está pasando por ciertos problemas. Algunas partes suenan raro y en ambas, mi mamá y su amiga, buscan una explicación. Descubro que hablan de un libro de título extraño: Cien años de soledad.
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Estoy de oyente en la facultad. Es el primer día del semestre. El maestro pregunta por autores favoritos. De los siete, cuatro contestan que Gabriel García Márquez, dos que Julio Cortázar y uno que Carlos Cuauhtémoc Cárdenas (sic).
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Durante varios años la ceremonia era parecida: La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano entregaba su premio en el Museo de Arte Contemporáneo, Marco, en Monterrey, dirigido por Nina Zambrano, hermana de Lorenzo Zambrano, uno de los principales promotores del premio desde la empresa Cemex que él maneja. Al final del acto, aparecía el cantante Celso Piña interpretando La cumbia sampuesana y la consabida pieza Macondo, para alegría del Nobel y de los presentes. Un día Celso no se presentó al evento para desconcierto de algunos asistentes. Rubén Mujica, representante en ese tiempo de Celso, se lamentaba conmigo del desaire: "Yo que le di todo el apoyo, ahora me hace esto. ¿Te parece justo, Gerardo?". Al día siguiente, los periódicos mostraban al mismo Gabo alegre de siempre.
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El crítico peruano Julio Ortega, buen conocedor de la obra de García Márquez, además de su amigo, relataba que al subir a un avión solía contar la cantidad de personas que leían un libro del Gabo. "Un día conté a 14", señala.
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Esta historia comienza con un jovenzuelo que  conoce a una chica involucrada en la lectura más que en cualquier cosa en la vida. Autodidacta ella, podía leer más rápido y recordar tres o cuatro veces más que él, que en ese tiempo era un estudiante de la carrera de Letras. Cuando Juvenal Urbino se cae de la escalera tratando de ir tras su loro en El amor en los tiempos del cólera, la pareja ya está comprometida. Tendrán dos hijos varones y los libros de García Márquez rodando por la casa.