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jueves, 17 de septiembre de 2015

Los niños

Al comienzo no lo pensé. Estábamos en una de las dos habitaciones del segundo piso, y bajo la cobija no se escuchaba nada excepto el sonido de los labios, el aliento entrecortado de alguno de los dos, y afuera, un coche ocasional que parecía lejano en la tranquilidad del barrio.
De pronto ella se quedó inmóvil, mirando a nada, girando los ojos en varias posiciones mientras aguzaba el oído. Yo me mantuve quieto a unos centímetros de su nariz, esperando alguna reacción adicional.

C. y yo nos conocimos desde hacía doce o trece años. Debo ser más exacto: yo la conocía a ella, pero ella no sabía de mi existencia. En ese entonces coincidimos en un diplomado de tres días, y C. no podía menos que llamar la atención, no sólo porque era la más hermosa de las asistentes, sino porque a pesar de su corta edad, era de las mejores diseñadoras del grupo de estudiantes.
Durante el receso del tercer día, ella se tuvo que ir y no la volví a ver. Tiempo después alguien dijo que se había casado o que se había ido a otra ciudad, o las dos cosas a la vez, pero no volví a saber de ella.

Se quedó inmóvil mientras aguzaba el oído. Había murmurado: “Los niños”, pero yo no sabía exactamente si se trataba de dos o de tres, que se supone estarían dormidos en el cuarto de junto Ninguno de los dos se movió. Luego fue cerrando los ojos, y entreabrió la boca en algo que se reanuda, en recibir mi beso que se había quedado inconcluso.
Al principio no lo pensé, o mejor dicho no recordé que tenía niños. Teníamos meses saliendo y no le quise decir que ya la conocía.

Había regresado a la ciudad un año atrás y puso un despacho de diseño junto a otra persona, pero no explicó más sobre la identidad de esa otra persona, sólo dijo que las cosas mejoraban mes con mes.
Mi empresa solicitó un trabajo urgente y alguien recomendó el despacho de C. Lo entregaron en dos días, pero nuestro pago por un descuido se retrasó siete. C. pidió hablar conmigo y a mí se me fue la sangre a los talones cuando la vi entrar. Diez minutos después el cheque estaba en mi escritorio y yo intentaba sacarle una cita. Me dijo que no podía por exceso de trabajo, pero a los dos se nos olvidó el mundo durante los 40 minutos que duramos platicando. Así fue mi reencuentro con C.

Era la primera vez que estábamos en su habitación. Esa noche me enamoré de ella. O no, quizá fue al despedirnos, cuando ella afirmó algo que empezaba con las palabras: “Si nos volvemos a ver…”, pero que en el fondo era una pregunta. O quizá fue cuando le llamé al día siguiente a las nueve de la mañana y ella, lo percibí por el teléfono, sonrió al saber que era yo.

jueves, 2 de abril de 2015

1. P

Creo en esto, por eso lo hago.

Desde hace muchos años husmeo en libros, revistas, blogues y muros de Facebook, y de vez en cuando hallo textos que me parece valen la pena. Me gustan esos poemas breves, redondos, o relatos de gente conocida o desconocida. Me gustaría poder difundir todo esto porque pienso, supongo, que eso justo le gustará a alguien más, a alguien que al igual que yo, percibirá ese algo que tiene el texto y que nos deja una pequeña marquita en la mente, una sensación, una impresión, un aguijón, un guiño. Una punzada.

Me he dedicado a la promoción cultural desde hace muchos años. He estado en cantinas ofreciendo "suscripciones" para un proyecto que de momento sólo yo conozco. He estado en cruceros ofreciendo mi publicación a cambio de un cooperación voluntaria, he trabajado en instancias de gobierno como editor de guías culturales de alcance regional, también he sido editor de Cultura en periódicos, he ido por mi cuenta a la papelera como quien va al mercado a comprar la mejor fruta, he escuchado lo que el impresor puede y no puede hacer desde su cama plana del offset, he publicado a autores que no valen la pena, he cometido errores importantes que he pagado, he publicado a autores premiados, no he perdido contacto con los autores/amigos y con los autores/colegas y con los autores/periodistas, he tomado algunos cursos, casi todos enviado por el lugar en donde trabajo.
Me gusta este mundo y si estuviera preso en una penitenciaria sin más pertenencia que la ropa que traigo puesta seguro me encargaría de publicar la gaceta con las historias de vida de mis compañeros. Lo mismo si viviera en París, en Barcelona, en Berlín o en San Cristóbal, estaría cerca de este mundo, y pienso que en este mundo de publicaciones moriré.

Creo en esto, por eso lo hago.

Aquí comienza una historia, y adivino que será larga.
Intentaré irla comtando para que no se me olvide cómo empezó todo (Aquí está hablando el optimista que vive en mí y que se resiste a morir).


lunes, 12 de agosto de 2013

Los niños

Al comienzo no lo pensé. Estábamos en una de las dos habitaciones del segundo piso, y bajo la cobija no se escuchaba nada excepto el sonido de los labios, el aliento entrecortado de alguno de los dos, y afuera, un coche ocasional que parecía lejano en la tranquilidad del barrio. De pronto ella se quedó inmóvil, mirando a nada, girando los ojos en varias posiciones mientras aguzaba el oído. Yo me mantuve quieto a unos centímetros de su nariz, esperando alguna reacción adicional.

Carmina y yo nos conocimos desde hacía doce o trece años. Debo ser más exacto: yo la conocía a ella, pero ella no sabía de mi existencia. En ese entonces coincidimos en un diplomado de tres días, y Carmina no podía menos que llamar la atención, no sólo porque era la más guapa de las asistentes, sino porque a pesar de su corta edad, era de las mejores diseñadoras de entre las  estudiantes. Durante el receso del tercer día ella se tuvo que ir y no la volví a ver. Tiempo después alguien dijo que se había casado o que se había ido a otra ciudad, o las dos cosas a la vez, pero no volví a saber de ella.
Se quedó inmóvil mientras aguzaba el oído. Había murmurado: “los niños”, pero yo no sabía exactamente si se trataba de dos o de tres, que se supone estarían dormidos en el cuarto de junto. Ninguno de los dos se movió. Luego fue cerrando los ojos y entreabrió la boca en algo que se reanuda, en recibir mi beso que se había quedado inconcluso.
Al principio no lo pensé, o mejor dicho no recordé que tenía niños. Teníamos meses saliendo y no le quise decir que ya la conocía.
Había regresado a la ciudad un año atrás y puso un despacho de diseño junto a otra persona, pero no explicó más sobre la identidad de esa otra persona, sólo dijo que las cosas mejoraban mes con mes. Mi empresa solicitó un trabajo urgente y alguien recomendó el despacho de Carmina.  Nuestro trabajo terminado se entregó en tres días, pero nuestro pago, por un descuido absurdo, se retrasó siete. Carmina pidió hablar conmigo y a mí se me fue la sangre a los talones cuando la vi entrar. Diez minutos después el cheque estaba en mi escritorio y yo intentaba sacarle una cita. Me dijo que no podía por exceso de trabajo, pero a los dos se nos olvidó el mundo durante los 40 minutos que duramos platicando.
Así fue mi reencuentro con Carmina.
Era la primera vez que estábamos en su habitación.
Esa noche me enamoré de ella.
O no, quizá fue al despedirnos, cuando ella afirmó algo que empezaba con la frase: “Si nos volvemos a ver…”, pero que en el fondo era una pregunta.
O quizá fue cuando le llamé al día siguiente a las nueve de la mañana y ella, lo percibí a través del teléfono, sonrió al saber que era yo.

domingo, 25 de noviembre de 2012

La camisa

Don Ricardo tenía 70 años de edad y 35 de trabajar en la fábrica. Como se había hecho amigo del ahora único dueño fundador, y por mantenerse activo, ni él se había querido jubilar ni el patrón lo había querido mandar a su casa.

Un día don Ricardo, siempre amable con todo mundo, se encuentra con Roberto Plaza durante la Posada. Roberto es un contador de 38 años que recién acaba de llegar a la empresa. Usa una camioneta de vidrios polarizados en donde caben ocho personas y unos lentes oscuros que sólo se quita en la oficina y en el interior de su casa.


Don Ricardo le hace un comentario amable a Plaza sobre su camisa, un diseño de moda en colores vivos con un estampado de una hoz y un martillo.

—¿En dónde la compró?, pregunta don Ricardo.
—No es por presumir, pero la compré en Nueva York.

Don Ricardo sólo conoce su pueblo y la ciudad en donde vive desde hace 40 años, nada más. Plaza sonríe satisfecho como un vendedor de seguros que acaba de hacer su mejor oferta, con los pagos soñados. Inútil que agregue que su camisa es Versace.

—Es una lástima que los muchachos de hoy en día no sepan todas esas cosas que han pasado, ¿verdad?— dice don Ricardo, quien llama "estudiado" a todo aquel que terminó una carrera y por lo tanto conoce de historia.

Plaza sonríe. Asiente. Trata de ser amable, aunque lo que realmente es irse a sentar a una mesa, entre una recepcionista y una directora de área donde localizó un lugar aún vacío.

—Hay tanta gente —continúa don Ricardo—, que no sabe lo que significa la hoz y el martillo.