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sábado, 26 de julio de 2014

Deseo, amor y especie


El deseo, y su siguiente posible fase el amor, es una trampa de la naturaleza para formar familias con hijos y preservar la especie. Las sociedades más conservadoras enseñan a uno de los dos géneros a que el amor sea su proyecto, y lo cuide porque es el requisito para la sociedad conyugal; y al otro género a reafirmarse a sí mismo con la idea de que procrear con o sin amor es un buen síntoma.


Tal es la idealización del amor.

domingo, 12 de septiembre de 2010

De por qué cogemos

De pronto me quedé ido, anonadado, absorto en un pensamiento al que le he estado dando vueltas el día de hoy. Las mujeres, o mejor dicho, una mujer, puede llegar a atraernos tanto que podemos actuar de manera muy poco sensata.

Pero también me llama muchísimo la atención que en el discurso de las mujeres, o lo poco que he visto, ellas no hablan tanto de la atracción, del deseo que pueden sentir por un hombre. Hablan de lo que yo llamo el perfil moral del tipo en cuestión, que es la lista de su mapa afectivo y el modo en que él lo maneja. Aquí se espera que no sea un hijo de la chingada, sino al contrario, un hombre de bien, de buenos sentimientos, inteligente, sensible, qué sé yo, de buen actuar, honesto, y lo más importante de todo: que sea capaz de comprometerse por amor en una relación seria y de manera honesta, y eso incluye todas las muestras de amor y que evidentemente le dé su lugar a la amada en cuestión... en dónde hablan de que si el tipo es atractivo. Según yo, de eso casi no hablan o casi no importa, importa más lo otro, lo que tiene que ver con una relación a largo plazo.

Me he quedado sorprendido de que tantos hombres pensemos y actuemos de manera opuesta o al menos muy diferente a como proceden muchas mujeres.

Una mujer muy joven y atractiva garantiza, o al menos promete buena generación de la especie, promete y casi cumple con el proceso fértil de procrear. Creo que el deseo es muy importante para el hombre por esta razón. El deseo nos mantiene interesados en el sexo, lo que aumenta la posibilidad de procrear. Incluso en algunos contextos, la capacidad generativa del varón se asocia a una mayor virilidad u hombría.

Pero la hombría no sólo se mide socialmente por su poder de fertilización, sino por el acceso que puede tener a mujeres más deseables.

Porque las más deseables son las más jóvenes, las de caderas y pechos firmes, como si fuera una especie de garantía para concebir, alumbrar y amamantar.

Mi sorpresa es también darme cuenta que para las mujeres el deseo casi no existe para relacionarse, vamos, no es motor inicial. Y me extraña que no lo vean en los hombres como salta a la vista. Porque pienso que el deseo, a diferencia como funciona en las mujeres, es deseo de posesión, es el deseo que querer obtener ese cuerpo femenino deseado, ese lograr seducir, comprar, acceder de la manera posible según sea el caso.

Y ese deseo de posesión también me resulta paradójico porque en una relación sexual es la mujer quen posee al miembro del hombre.

En las mujeres he notado que su discurso sobre el sexo está asociado a una idea de más bien de goce o de disfrute, incluso a la idea de ser dueñas de su propio cuerpo y su propio placer, como si tuvieran que asumir las riendas de su sexualidad de manera consciente y fueran´por ese camino las protagonistas de un proceso liberador que comienza le da cinco kilos de peso al verbo decidir. Creo que coger es más simple.

¿Y que acaso los hombres no gozamos? A huevo que sí, pero diferente. En primer lugar las mujeres pueden disfrutar por medio de gran parte de su piel, con muchas zonas de su cuerpo que son sensibles al contacto, a las caricias. En cambio a los hombres nuestra proceder es más genital y orgasmocéntrico, es decir, el fin último es experimentar un orgasmo, y si no, sentimos como si nos quedáramos a medias, con cara de bueno, ni modo. El orgasmo ese es nuestro mayor goce, lo malo es que dura muy poco. En las mujeres no, si su capacidad multiorgásmica fuera explotada a la mitad, una catástrofe haría presa a nuestro planeta, caería la bolsa y la productividad de todas las empresas del mundo entrarían en recesión. Una verdadera tragedia mundial.

El deseo masculino está de hueva
Las mujeres actúan como si el deseo masculino fuera una cosa a veces divertida, y la mayor parte de las veces de una hueva fenomenal. Cada vez que saben que un bato hizo una pendejada por irse detrás de unas faldas, dicen en medio de un bostezo: "es que no piensan con la cabeza". Se les olvida que ese mismo deseo es el disparador, es el arranque para que el bato que les llena el ojo, lo tengan ahí, detrás de su aroma.

El deseo es importante y no lo ven. Pero lo provocan. ¿Qué quiero decir con esto?
Sí, lo provocan porque el cuerpo femenino es una zona vedada, sancionada, de algún modo prohibida. Una chava puede pasar y darle una nalgada a un bato que le gusta, y fuera de des concierto seguramente no pasa a mayores, vamos, no es ningún atentado a su intimidad. El caso inverso sí es grave. Es sancionable. En el Metro del DF se sanciona hasta las miradas libidinosas. El cuerpo femenino es una zona prohibida. Y por ende, más deseada aún.

Lo que me parece bastante paradójico, mejor dicho francamente contradictorio, es que muestren algo íntimo como lo es su cuerpo, como si no fuera íntimo, como si fuera, de algún modo, público.

***

Creo que la frase esta que me comentaron hace unos días, "una mujer como la que no te puedes comprar", expresa precisamente el grado de poder necesario para acceder a mujeres socialmente más deseables.

¿Cuáles son los patrones de hombres más deseables?

viernes, 10 de septiembre de 2010

Pregunta 2

Para el acto de procrear ¿para quién es requisito el deseo sexual?¿para el hombre o para la mujer?

domingo, 21 de marzo de 2010

Dejemos el amor para después

Empecé a escribir como la mayoría de los que empezaron a escribir muy jóvenes, por una mujer, o para conseguir novia, o para tener algo que le pudiera llamar la atención a una mujer.

Cuando entré a la prepa no había tenido ninguna novia, pero bueno, no llevaba un registro de eso. Al poco tiempo me fui acercando a la compañera de junto, una chava que me interesó, morena, pelo rizado, muy seria y aplicada. Se llamaba Mirthala. Y la imagen que guardo de ella es del día que llevaba falda de mezclilla, blusa color acua de manga corta y las pestañas pintadas de no sé qué color. A las pocas semana le dije: ¿Quieres ser mi novia? Y un sábado de septiembre me dijo que sí por teléfono. Duramos unos 15 días de novios, luego la cambiaron de grupo al de enseguida porque había habido un error en las listas. Me quedé un poco triste. Lo más que pasó fue que le di un sopresivo beso en la mejilla camino a su casa.

Como Mirthala se había ido al salón de enseguida, me acerqué a su mejor amiga. Ella se conmovió de que la hubieran cambiado de salón y pues me acompañó un poco en el trance. Y nos hicimos muy amigos. De Mirthala ya ni hablábamos. Ahora éramos ella y yo. De hecho con Mirthala creo que ni nos conocimos bien pues no platicábamos ni salimos. Luego me debió haber cortado, supongo. Pero no me acuerdo. El caso es que la amiga y yo nos hicimos terriblemente inseparables. Ella le gustaba leer y también se aplicaba en la escuela. Su nombre es Sofía.

Meses después le dije que estaba enamorado de ella y me dejó de hablar. Vinieron las vacaciones y al siguiente semestre me dejó de hablar. Luego pasó otro semestre y tampoco me habló. Para el último semestre me levantó el castigo y me volvió a dirigir la palabra, a condición de que el tema aquel quedara en el olvido. Pero en esos dos semestres empecé a escribir. En ese tiempo sabía menos que ahora de lo que era la poesía, pero para mí la poesía tenía que ser rimada, así que le escribía "poesías" que no eran otra cosa que cartitas pero todas rimadas, y por eso, porque eran rimadas, se escuchaban bien. Recuerdo que una de esas cartas, de unas 10 o 15 estrofas, terminaba diciendo:


Si aceptases mi amistad
perdonando lo que he sido
no dudes que estaré
infinitamente agradecido

El asunto es que no me conformaba con escribir esto, sino que además lo publicaba en el periódico mural de la escuela, de tal modo que todo el mundo se enteró que yo me traía algo con la tal Sofía. Al salir yo me fui a Ingeniería y ella se esperó un semestre y luego entró a Filosofía y Letras. Un día ella me invitó de oyente y empecé a ir a la facultad por unos tres años. Bueno, pero esa es otra historia. Sofía fue mi mejor amiga por muchos muchos años, y mis primeros poemas y cuentos fueron para ella, para el amor puro y sublimado que le profesaba. Nada de deseo ni de ningún acercamiento, era una especie de amor platónico. En ella está la génesis de aquella ciudad llamada Yadivia, que no es sino la historia de esa amistad ofrecida en una enorme metáfora de idealización. Una historia vocacional.

Pero desde esos lejanos días yo me proponía ser "escritor". Debería tener 16 ó 17 años. Y de mujeres, nada. Bueno, sí, alguna, una, que cuando me cortó me juré, como cualquier drama de adolescente despechado en toda forma, que se arrepentiría. Muchos años después me la volví a encontrar y me dijo algo muy bonito. Pero esa es otra historia.

Decía que estaba convencido que alguna gracia debía yo de tener, pues no era el mejor goleador, ni el más guapo, ni el más inteligente. Las chavas siempre se fijaban en otros. Tristemente se fijaban en los más patanes.

Creo que me pasó algo similiar que a un escritor muy conocido que cuando estaba en tercer año de primaria la maestra preguntó al grupo que qué querían ser de grandes. El escritor, bueno, el niño, dijo que él quería ser presidente. La maestra casi se burló de él diciéndole que no podía ser presidente porque su familia era protestante. El niño yo creo que que se quedó un poco traumado al escuchar algo así como que no tenía la capacidad. Pues cuando creció, si bien no se hizo presidente, sí desarrolló una inteligencia bien cabrona para critcar al presidente jaja, al poder, a los funcionarios, a toda la clase política. La maestra lo sobajó bien cabrón y el alumno sacó la casta: se hizo inteligente. O al menos lo que socialmente se conoce como inteligente, capacidad de crítica, buena memoria y, muy especialmente, lector de un chingo, pero un chingo de libros.

Bueno, pues si yo recibí alguna vez el mensaje de no ser digno de atención para ninguna mujer, pues me fui al lado opuesto, y desarrollé la capacidad de llamar la atención por medio de lo que escribía. Más de una vez un poema mío fue el detonante, la excusa, la servilleta, el roce. No era un seductor: me involucraba, lo que terminaba de resultar convincente.

Pero dejemos el amor para después: cada vez esto de escribir lo siento más difícil.

Al paso de los años esto de escribir fue adquiriendo otra tónica. Antes escribía más, ahora le pienso, le doy vueltas; es fácil que no me guste del todo lo que hago porque a veces siento que me puedo estar engañando yéndome por la fácil. Creo que me exigo un poco más, o más bien es más difícil que me dé gusto.

Para mí escribir ya no tiene que ver con la opinión de alguna mujer. Tampoco con si ando deprimido o triste. Hoy tiene que ver más con trabajar un sentimiento, una sensación, una imagen, un concepto, y darle la forma en que me gustaría que se leyera. Es algo así como intentar poner sobre la mesa un platillo calentado a 54 grados centígrados, pero sin termómetro a la mano, sólo calculando, quitando o poniendo el calor adecuado, como intuyendo cada palabra, pero teniendo muy claro el resultado final.

Pero es cierto, esa sensación o esa imagen o esa idea ya está dentro de uno. Ya la traigo, pero ahora trato de darle forma, escribir en el pentagrama de la hoja en blanco, el ritmo, la velocidad, la textura, la atmósfera que será interpretada por otra persona. En una palabra, hacer que lea (entiéndase piense y sienta) lo que yo quiero que lea y al ritmo que deseo.

Y sobre lo otro, con escribirle a una mujer, ahí están todos los poemas que me ha inspirado mi amada Nube, mi Carmen, mi mujer, que algún día voy a recopilar.

Por expresar ese lado del corazón, sigo sin batallar, bendito sea Dios.

viernes, 25 de diciembre de 2009

Hombre manta, hombre andamio y otras ideas sueltas

Mi hermana podrá estar en Budapest, en Liverpool, en Niza o en Seúl, pero invariablemente, cada vez que nos conectemos por la cámara de internet, mi mamá hablará de las noticias de la familia, y yo le preguntaré sobre distancias, aeropuertos y cultura.

***

Lo tengo. Concluí que la seducción es violencia sin hostilidad.

***

Un amigo muy mujeriego dice que las chicas más peligrosas son las que buscan casarse. No, me quedé pensando yo, la verdad no, creo que las más peligrosas son las que no piensan en el matrimonio. Quizá sea difícil de explica esto.

Primero ¿peligrosas en qué sentido? No he sabido de ninguna que pistola en mano, obligue a un hombre a casarse con ella. Si la soltería es un valor (primero quién sabe qué tan valor sea) uno debe saber proteger lo que considerá valioso y luego no andarse quejando. Segundo, si el matrimonio es un estado que aspiran más mujeres que hombres, pues eso también es digno de revisarse. En todo caso mujeres y hombres, pienso yo, le damos un significado un poco distinto al mismo hecho, es decir, al matrimonio, pero eso es otro tema.

Volviendo a las mujeres que mi cuate considera peligrosas. Las intenciones de casarse son claras y están muy bien delimitadas; no hay ningún problema en entender eso. Uno puede estar de acuerdo o no, o alejarse o continuar, pero sabe en qué puede desembocar. No quiero decir que las mujeres traigan un letrero que diga, "ya quiero casarme", aunque luego de un tiempo, según mi punto de vista, a muchas se les va notando que sí lo tienen en mente "algún día y con la persona adecuada" (y en este punto creo que sí les importa un tanto la edad, no a todas igual, pero sí importa).

En cambio, esta es mi opinión basada en lo que he visto a lo largo de varios años, las mujeres que no ven al matrimonio como una de sus ilusiones, antes han roto con otros paradigmas igual o más fuertes.

No he visto mucho, pero me he fijado atentamente en ciertas cosas. Mujeres que rompieron con la cultura son mucho más dueñas de su vida, de su cuerpo, su sexualidad, sus ideas, sus proyectos. Varoneras les dicen algunos, empoderadas, compas, mujeres fálicas, mujeres "qué pedo" les digo yo (a partir de un comentario de una mujer así, quien me decía que cuando un tipo se le quedaba mirando de coche a coche, ella era capaz de decirle con la expresión de su rostro "¿qué pedo, qué quieres, güey?"). Como comentario adicional, a este tipo de mujeres es muy sencillo verlas más como personas que como mujeres, en otras palabras, como sujetos que como objetos que se adquieren o a los que se pude tener acceso. Son mujeres frontales que se expresan la mayor parte de las veces con una franqueza que puede ser incómoda pero que a ellas les vale madre. En otras palabras no se andan con mamadas. Para que me entiendan mejor.

¿A qué me refiero con eso de que han roto con la cultura? En términos muy concretos y específicos, a que, teniendo o no pareja, no están bajo la tutela de ningún hombre, sea su bato o su padre. De nadie. Y tal parece que ya no la aceptarían más. Por tanto, esa independencia vital les da una libertad, muchas veces incomprensible en nuestra cultura masculina. De este punto me gustaría hablar después.

Quien se enamora perdidamente de alguien así, nomás le queda la fe. Es como tirarse de un avión con un paracaídas que se abrirá en cualquier momento, excepto cuando nosotros queramos. Más o menos.

***
Pendiente lo de Hombres manta y hombres andamio.

viernes, 18 de diciembre de 2009

¿Por qué amamos?



Por María José Casado Ruiz de Lóizaga. Nacida en Nueva York hace 59 años, Helen Fisher es profesora de investigación de la Rutgers University de New Jersey. Ha estudiado 58 culturas de todo el mundo y publicado entre otros libros Anatomía del amor: historia natural de la monogamia, adulterio y divorcio y Por qué amamos: naturaleza y química del amor romántico.

Es la mayor experta en sexualidad, matrimonio y divorcio desde el punto de vista evolutivo, además de autora de best-sellers y una de las más prestigiosas antropólogas de Estados Unidos. Vive junto al Metropolitan Museum de Nueva York, entre piezas étnicas traídas de sus viajes, en los que ha estudiado 58 sociedades de todo el planeta. Y cada noche, disfruta de los placeres de Manhattan: los pequeños teatros donde ponen a los clásicos, las exposiciones, los restaurantes baratos con encanto, porque la investigación no da para lujos. Es lo que los estadounidenses llaman una “intelectual pública”, que combina el trabajo de laboratorio con presentaciones en televisiones, universidades y otros foros. Ahora aplica a su investigación las más modernas tecnologías y escanea cerebros enamorados y corazones rotos.

Hace 10 años empezó a estudiar el gran misterio de por qué amamos, cómo elegimos pareja y qué le pasa al cerebro enamorado para que el más cuerdo se vuelva loco. Lo cuenta en Por qué amamos: naturaleza y química del amor romántico, un libro que ha presentado en España.

–¿Hay alguna clave desconocida que nos lleve a enamorarnos de alguien?
–Son importantes el tiempo y los elementos culturales. Tienes que estar listo para poder enamorarte en ese momento, y también cuentan las experiencias de la infancia. Según crecemos elaboramos un perfil inconsciente de lo que vamos a buscar a base de la experiencia de nuestros padres, del colegio, de nuestros amigos, de lo que vemos en la tele... Y cuando estás en el momento adecuado y encuentras a la persona que encaja en ese perfil, los circuitos cerebrales pueden ponerse en funcionamiento y se desencadenan las reacciones químicas. Pero la decisión de elegir una persona quizá se basa en elementos culturales: la belleza y la juventud mueven a los hombres, y a las mujeres les impresiona la riqueza y la buena posición. Y si a ellos el amor les entra por los ojos, las mujeres son más sensibles a la palabra y los detalles. La forma en que nos sentimos al enamorarnos funciona con la química de los circuitos cerebrales.

Helen puso carteles por la Universidad Rutgers, en New Jersey: “¿Acabas de enamorarte locamente?” Con 839 voluntarios de variadas edades, razas y condiciones que pasaron por la resonancia magnética nuclear demostró que el amor es universal y apenas se diferencia de unos a otros.

–¿Cuando ha explorado el cerebro enamorado qué ha encontrado ahí dentro?
–Ésa es la parte más novedosa de mi trabajo, aquella en la que hemos explorado las zonas y sustancias implicadas en el amor romántico. Cuando vi por primera vez las imágenes del cerebro enamorado con las regiones activas iluminadas de amarillo brillante y naranja sentí una admiración sobrecogedora. He visto la actividad del flujo sanguíneo en esas áreas y comprobado las sustancias químicas. Hay dos regiones muy activas: el núcleo caudado, una primitiva región en forma de C descubierta hace poco y relacionada con el sistema de recompensa del cerebro, la excitación sexual, las sensaciones de placer y la motivación para lograr recompensas. La otra es el área tegmental ventral, ATV, la veta madre de las células que producen dopamina.

–Dopamina, norepinefrina, serotonina... son las sustancias que ha detectado. ¿Somos una fábrica de drogas naturales cuando nos enamoramos?
–Creo que esa locura la producen los niveles altos de dopamina y norepinefrina, y un nivel bajo de serotonina. La dopamina en grandes cantidades, además de aumentar el nivel de testosterona – la hormona del deseo sexual–, está asociada con una gran capacidad de concentración, euforia y dependencia, que son síntomas de adicción. El colocón del enamorado lo producen las sustancias que fabrica su cerebro: el alto nivel de norepinefrina, que produce euforia y pérdida del apetito; el bajo nivel de serotonina tiene que ver con la obsesión de estar con el amado.

–Usted distingue entre atracción sexual, amor romántico y cariño, cada uno con su circuito cerebral. Y dijo que el amor dura 4 años. ¿Sigue creyendo que tiene esa fecha de caducidad?
–Después de conocer tantas culturas y tribus vi que las mujeres de todo el mundo tendían a tener niños cada cuatro años, el plazo más habitual del divorcio, tras el matrimonio; y que en otras especies que forman vínculos entre iguales, padres e hijos están juntos al menos el tiempo para criar a la prole. Así elaboré la teoría del ciclo reproductor de 4 años. El índice de divorcios crece mucho, según la mujer es más independiente económicamente, pero ese patrón no cambia. El animal humano quizá fue creado para tener una serie de relaciones sucesivas, aunque no todos se separan. Hay matrimonios que duran toda una vida, como más del 50 por 100 de los de EE UU. Parece que tenemos muchos modelos reproductivos diferentes. El cerebro es un órgano muy flexible, y diferentes personas manejan esos sistemas cerebrales de forma distinta; unas forman un matrimonio para siempre y otras sienten gran cariño por su pareja, pero al tiempo pueden enamorarse de otro.

–¿Es posible identificar de qué tipo es alguien al conocerle?
–Ése es el problema; ni siquiera puedes saber en qué patrón vas a encajar tú hoy. Supongo que por eso hemos desarrollado el lenguaje, y el lenguaje de signos, para mostrar nuestras intenciones.

–¿Cómo encaja aquí la figura del latin lover, el don Juan?
–Está por todas partes, en Nueva York y entre los esquimales. A los estadounidenses no nos gusta la infidelidad, pero algunas culturas mediterráneas pasan por alto este pequeño detalle y son muy permisivas con los hombres.

–También ha demostrado que los animales se enamoran.
–En más de 100 especies, desde elefantes a roedores, vi que eligen pareja y sienten un amor romántico primitivo: no comen, apenas beben... Darwin fue de los pocos que lo reconoció.

–¿Qué sociedades le han enseñado más ?
–Los bosquimanos kung, una tribu de cazadores con arco y recolectores del desierto de Kalahari que vive como hace millones de años, y en concreto una mujer llamada Nisa, cuya vida amorosa es prácticamente como la nuestra.

–¿Tiene futuro el matrimonio?
–Hay dos tipos de matrimonio: el tradicional y el simétrico o entre iguales; en estos últimos en que ambos trabajan, las mujeres lo que buscan es un buen compañero. Todo puede funcionar.

–Usted es de las personas que más sabe del amor. ¿Le ha servido para aplicárselo a sí misma?
–No. Me casé hace mucho y mi matrimonio duró menos de un año. He tenido 3 parejas largas y ahora tengo otra desde hace 2 años. El amor es como un pastel de chocolate: no vale con conocer sus ingredientes, hay que probarlo.

El sexo en la lengua

Dos temas me gustan mucho, el del género y el de la lingüistica. Cuando se cruzan surgen cosas interesantes.
Del asunto del género me interesan esas diferencias entre hombres y mujeres, que muchos piensan que son naturales, ya dadas, pero que yo creo que son inculcadas por nuestra cultura. ¿De qué hablan hombres y mujeres?¿hablamos de lo mismo?¿abordamos igual los mismos temas?
Vivo en Monterrey, México. Considero que mi país es bastante conservador, pero dentro de las ciudades más conservadoras está Monterrey. Mi ciudad es rígida con los roles de género, con los compartamientos, incluso con lo que se espera de cada grupo social, a diferencia de otras ciudades.
Confieso que no conozco muchas otras partes del país ni del mundo. Alguna vez estuve en Barcelona, una ciudad ordenada donde las mujeres prácticamente no usan maquillaje. En otra ocasión visité Berlín, donde claramente el temperamento es muy otro y el carácter de la ciudad tiene otra respiración, entre antigua y memoriosa.
En otros momentos de mi vida he podido convivir con parejas originarias de Uruguay, Argentina y España, y de ellas, celosas de su cultura, he aprendido esas pequeñas grandes diferencias, tanto de los hábitos, gastronomía, pero especialmente de su habla. Por esto digo que en Monterrey somos rígidos, conservadores, y excluyentes con el otro, con el distinto.
Alérgicos a la otredad. Aún pensamos que buena parte de los males nos viene de fuera, porque lo de aquí, lo característico de aquí, nos decimos, lo nuestro, son tres cosas: el trabajo, el trabajo y el consumo como condición de felicidad.
En el Distrito Federal, tan padecientes de la contaminación y la inseguridad, no cargan con el designio de las relaciones humanas metalizadas. En el DF, en donde me tocó vivir por unos dos años y donde fui el hombre más feliz de mi vida, se vive una atmósfera realmente cosmopolita, con relaciones bastante horizontales frente al poder y con una riqueza de culturas apenas comparable muy de lejos, quizá, con Tijuana. Es estas dos ciudades, a mi juicio, tienen relativo poco valor aspectos que en Monterrey son difíciles de ignorar, tales como el nivel socioeconómico, la estirpe familiar (el apellido, pues) y la imagen que el individuo proyecta (acorde con los dos anteriores, se espera). En Monterrey las relaciones humanas en su mayoría pasan antes por las relaciones comerciales, laborales, utilitarias en más de un sentido. En otras palabras la gente no se conoce porque sí, porque se encontró en la calle, por ejemplo y se puso a platicar. Antes hay que asociar al nuevo conocido(a) con alguien o con algo satisfactorio (amistades del trabajo, amistades a partir de los clientes, etc.).
Pero tengo sangre regia, y de algunas cosas, aunque las critique, difícilmente me puedo sustraer. Por ejemplo el asunto del trabajo. Pienso que somos muy trabajadores (aunque sea la ciudad en donde más se violan las garantías laborales y los grupos de poder se jacten de que hace mucho años no estalle una huelga). Pienso que Monterrey tiene uno de los niveles de vida más altos de Latinoamérica, y que ya quisiéramos pagar tres pesos por un boleto a la red del metro que cuenta con 175 estaciones, y no 4.50 por un tren ligero con apenas 30 estaciones que no llegan a todos los estratos geoeconómicos. Pienso que si es cierto eso de que por cada peso que el estado aporta a la Federación se nos regresan 23 centavos, eso es inequitativo y nos da a pie a creer y creernos varias cosas.
En fin. Pero el asunto era otro. Decía que con quien esté y a donde vaya me fijo en los temas que abordan y especialmente cómo los tocan. Creo que tienen igual importancia lo que dicen como aquello que no dicen, o que sólo expresan de manera eufemística. En Monterrey somos campeones del eufemismo.
Monterrey. No puedo generalizar sobre todo el país, pero la gente con la que convivo aquí, digamos mis conocidos y amigos sí noto diferencias en su hablar.
Las mujeres son más dadas a hablar, al menos cuando están en confianza, entre amigos, que es lo que a mí más me interesa, sobre la familia y amistades. Son una especie de visitadoras de la calidad de los vínculos. También son bastante más empáticas que los hombres en el sentido de que es muy fácil que se pongan en el lugar del otro, de manera a veces generosa, a veces simplemente respetuosa. Pocas mujeres abordan temas públicos como la política, la economía, los medios de comunicación. El trabajo es para muchas una especie de estación en la que permanecen, cumplen, son eficientes, transgreden muy poco o nada, pero que al fin y al cabo la vida está más bien en otro lado, junto a los suyos. Incluso me ha tocado cuando nos hemos encontrado aquí en esta cantina, rara vez hablan del trabajo. Es como si el asunto laboral fuera una especie de mal necesario que es preciso cumplir para poder disfrutar de la vida en otros sentidos.
Por el contrario, muchos de los hombres con los que convivo jamás hablan de su vida ni su familia. Para ellos los asuntos públicos, incluyendo su trabajo, son lo más importante, al menos es de lo que más hablan. De algunos es imposible saber si acaban de tener un hijo o son divorciados o casados. Vamos, eso no es para ventilarlo, pero en grupo pequeños tampoco lo mencionan.
Mi conclusión es que ambos aspectos son importantes para mí. Creo que las personas con quien mejor platico, que más disfruto, son aquellas, mujeres y hombres, capaces de hablar, aquí en corto, tanto de lo doméstico como de lo público. Me agrada mucho platicar con personas que tienen opiniones acerca de ambos ámbitos, no sólo de uno.
Son pocas las personas así. En términos generales son hombres con un lado sensible muy desarrollado, y mujeres con un aspecto emprendedor, anticonformista dignas de imitar.
Las mayoría de las mujeres, ya en confianza, no quieren o no les interesa hablar de los detalles de su trabajo (triste porque se les puede aprender mucho), de los pormenores, es como si la chamba sólo exisitiera en la chamba. A los hombres no les interesa hablar de que su novia los acaba de cortar y andan que se los lleva la chingada. Ni de que se sienten deprimidos ni tampoco que están contentos por un regalo que recibió de tal persona. No es gratuito que uno de los diálogos-saludos más soccoridos en Monterrey es: "Qué onda quihabido", y el otro le contesta: "Nada nada puro jale compa're, puro jale".

Somos cuantitativos, todo lo que se pueda expresar en cantidades, en cifras, lo podemos entener mejor y nos es más fácil de manejar. En pocas palabras a muchos les importa el qué y el cuánto. Y dicho con pocas palabras. En cambio a las mujeres les llama más la atención el cómo y el por qué.
Yo me inclino por un equilibrio. Tan importante es hablar de lo que les pasa a mis hijos, o lo feliz que me siento con mi mujer, como el hecho de no encontrar trabajo o las a veces delirantes declaraciones de algunos políticos.
¿Conocen gente que se mueva en sendos ámbitos? Yo sí, pero quiero conocer más.

lunes, 7 de diciembre de 2009

Amas

"Hay quienes dicen que las armas, la guerra y el relámpago es lo más bello: yo digo que en verdad, los más hermoso es a quien y aquello tú amas." Safo de Lesbos.

martes, 1 de diciembre de 2009

Filosofando

Si el sexo es también una decisión, ¿tiene más de decisión en ellas que en ellos?

***

Muchas veces pienso que revela más de una persona lo que ha dejado ya de desear que las cosas que desea. Lo que desea suele ser sencillo, simple y a veces aburrido de entender: salud, trabajo, amor, sexo, poder, dinero, felicidad.
En cambio lo que ha dejado de desear encierra una transformación interior, a veces una evolución, una experiencia personal, un proceso individual vivido a veces a lo largo de varios años.

Creo que lo que ya no deseamos define una parte del camino que nos trajo hasta aquí.

***

Más o menos en el mismo tono, me parece más interesante aquello que rechazamos o que nos cae mal, que lo que nos agrada.
Que algo nos guste, que alguien nos caiga muy bien, no tiene el mayor atractivo; sucede en todas partes y por razones muy simples. Y ya, vamos, no me amargo la vida: se goza y punto.
En cambio lo que rechazamos muchas veces tiene motivaciones más oscuras, menos claras, y que si le rascamos tantito, pueden salir cosas muy interesantes de nosotros mismos. ¿Alguien se atreve?