Está por salir mi nuevo libro.
Haré lo posible por concretar varias presentaciones en la ciudad de Monterrey, NL, todas ellas durante la primera semana de abril del 2014.
En Ensenada, BC, hasta el momento hay una fecha pactada: es el lunes 17 de marzo a las 20:00 horas en La Covacha Foro Galería.
Hay otras ciudades aún por confirmar.
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lunes, 24 de febrero de 2014
sábado, 4 de enero de 2014
Vino blanco, luna roja
Dos cosas. Primero, no diré mi nombre, segundo, contaré lo que hago a sabiendas de que posiblemente provoque un escándalo en las mentes civilizadas y racionales que con una mano las dan y con otra las reciben.
Mi nombre no lo mencionó por razones obvias. Y en cuanto a lo segundo, yo no mato ni por dinero ni por droga. Si gustan verlo así, lo hago por venganza.
En estas calles todos los días muere alguien con olor a alcohol, a semen o con la nariz mormada de polvo blanco. También está de moda morir rociado de plomo o encajuelado en un silencio de tres días, sepulcral y maldito.
Pero antes de seguir tienen que ver lo que yo vi, lo que viví un día, hace muchos años en el que el tiempo se acabó para siempre, en que fue un hoyo negro como una explosión en la que todo desaparece. En realidad no lo vi yo, sino el niño de cinco años que hace un siglo dejé de ser. Esto que digo es literal, pues envejecí de golpe cuando se cerró la puerta y me dejaron solo para siempre. Solo con mi madre.
O con lo que habían hecho "de" ella.
Yo estaba en el clóset. Habría corrido la misma suerte. Me cagué y me oriné como lo hice por muchos años y muchas noches después. Eran dos. Ahora estoy viendo sus manos, los músculos de sus manos sobre la piel de mi madre. Cuando se cansaron usaron también una botella. La abofetearon.
Después, no supe de ella. Crecí en el hogar de niños. Ahí soñé sus gritos. Viví otras cosas. Pero lo peor ya había pasado.
O quizá siempre estuvo presente.
*
El primer paso es comenzar. Obvio. Pero comenzar significa ser cuidadoso, conocer cuáles son las debilidades del tipo en cuestión, qué lugares frecuenta. Incluso se les puede clasificar de acuerdo a sus prioridades. Los hay que les da por sólo por el alcohol, o sólo por las mujeres, o por meterse cosas. Y los hay combinados. Pero todos sufren por algo, algo que pronto no será "nada".
Me gustaría tanto que me vieran sonreír.
Hay unos que con la mera insinuación comienzan a llorar a implorar y a pedir. Otros simplemente sufren un accidente. Vamos, hay de todo. Pero los peores son los hombres que poseen muchos bienes, mucho dinero; con ellos es un poquito más complicado porque les importan más las apariencias y tienen a la mujer bien atada.
Dije mujer, no dije esposa.
Conocí a uno que se jactaba de no haber pisado la cárcel gracias a sus influencias. Bebí con él, nos fuimos a un antro, el mejor que he pisado en mi vida. Y sí, me reí, me reí mucho, pero por dentro pensaba. Pensaba en la cara que pondría. Pensaba y planeaba. Ya no vi su cara.
Ah, otra cosa. Procuro guardar una foto.
¿Que cuál es el objetivo?
El dolor. O el placer, dependiendo de qué lado estés parado.
Sí, ya sé. Sé que a estas alturas las mentes civilizadas y racionales, esas mentes que fueron a la universidad o que fueron sólo a la primaria, esas mentes que pisan alfombra o que pisan el lodo de su casa, esas mentes racionales que miran futbol los domingos y cuya mujer es un costal o en el mejor de los casos una vaca que se atraviesa por la casa, esas mentes civilizadas estarán pensando lo peor de mí, un ser criminal, un ser indigno, un animal suelto en la calle. Pero no me importa. No me importa. ¿Lo ven? No me importa.
*
Hay un caso que requiere toda mi atención. Sólo diré que es policía y que cuando se enteraron lo dieron de baja. Su esposa lo perdonó, pero nosotros no.
¿Acabo de decir nosotros?
*
No creo en las leyes.
Quiero que me vean tomar este vaso de vino, es vino blanco.
Creo en el dolor que purifica.
Mi nombre no lo mencionó por razones obvias. Y en cuanto a lo segundo, yo no mato ni por dinero ni por droga. Si gustan verlo así, lo hago por venganza.
En estas calles todos los días muere alguien con olor a alcohol, a semen o con la nariz mormada de polvo blanco. También está de moda morir rociado de plomo o encajuelado en un silencio de tres días, sepulcral y maldito.
Pero antes de seguir tienen que ver lo que yo vi, lo que viví un día, hace muchos años en el que el tiempo se acabó para siempre, en que fue un hoyo negro como una explosión en la que todo desaparece. En realidad no lo vi yo, sino el niño de cinco años que hace un siglo dejé de ser. Esto que digo es literal, pues envejecí de golpe cuando se cerró la puerta y me dejaron solo para siempre. Solo con mi madre.
O con lo que habían hecho "de" ella.
Yo estaba en el clóset. Habría corrido la misma suerte. Me cagué y me oriné como lo hice por muchos años y muchas noches después. Eran dos. Ahora estoy viendo sus manos, los músculos de sus manos sobre la piel de mi madre. Cuando se cansaron usaron también una botella. La abofetearon.
Después, no supe de ella. Crecí en el hogar de niños. Ahí soñé sus gritos. Viví otras cosas. Pero lo peor ya había pasado.
O quizá siempre estuvo presente.
*
El primer paso es comenzar. Obvio. Pero comenzar significa ser cuidadoso, conocer cuáles son las debilidades del tipo en cuestión, qué lugares frecuenta. Incluso se les puede clasificar de acuerdo a sus prioridades. Los hay que les da por sólo por el alcohol, o sólo por las mujeres, o por meterse cosas. Y los hay combinados. Pero todos sufren por algo, algo que pronto no será "nada".
Me gustaría tanto que me vieran sonreír.
Hay unos que con la mera insinuación comienzan a llorar a implorar y a pedir. Otros simplemente sufren un accidente. Vamos, hay de todo. Pero los peores son los hombres que poseen muchos bienes, mucho dinero; con ellos es un poquito más complicado porque les importan más las apariencias y tienen a la mujer bien atada.
Dije mujer, no dije esposa.
Conocí a uno que se jactaba de no haber pisado la cárcel gracias a sus influencias. Bebí con él, nos fuimos a un antro, el mejor que he pisado en mi vida. Y sí, me reí, me reí mucho, pero por dentro pensaba. Pensaba en la cara que pondría. Pensaba y planeaba. Ya no vi su cara.
Ah, otra cosa. Procuro guardar una foto.
¿Que cuál es el objetivo?
El dolor. O el placer, dependiendo de qué lado estés parado.
Sí, ya sé. Sé que a estas alturas las mentes civilizadas y racionales, esas mentes que fueron a la universidad o que fueron sólo a la primaria, esas mentes que pisan alfombra o que pisan el lodo de su casa, esas mentes racionales que miran futbol los domingos y cuya mujer es un costal o en el mejor de los casos una vaca que se atraviesa por la casa, esas mentes civilizadas estarán pensando lo peor de mí, un ser criminal, un ser indigno, un animal suelto en la calle. Pero no me importa. No me importa. ¿Lo ven? No me importa.
*
Hay un caso que requiere toda mi atención. Sólo diré que es policía y que cuando se enteraron lo dieron de baja. Su esposa lo perdonó, pero nosotros no.
¿Acabo de decir nosotros?
*
No creo en las leyes.
Quiero que me vean tomar este vaso de vino, es vino blanco.
Creo en el dolor que purifica.
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domingo, 21 de marzo de 2010
Dejemos el amor para después
Empecé a escribir como la mayoría de los que empezaron a escribir muy jóvenes, por una mujer, o para conseguir novia, o para tener algo que le pudiera llamar la atención a una mujer.
Cuando entré a la prepa no había tenido ninguna novia, pero bueno, no llevaba un registro de eso. Al poco tiempo me fui acercando a la compañera de junto, una chava que me interesó, morena, pelo rizado, muy seria y aplicada. Se llamaba Mirthala. Y la imagen que guardo de ella es del día que llevaba falda de mezclilla, blusa color acua de manga corta y las pestañas pintadas de no sé qué color. A las pocas semana le dije: ¿Quieres ser mi novia? Y un sábado de septiembre me dijo que sí por teléfono. Duramos unos 15 días de novios, luego la cambiaron de grupo al de enseguida porque había habido un error en las listas. Me quedé un poco triste. Lo más que pasó fue que le di un sopresivo beso en la mejilla camino a su casa.
Como Mirthala se había ido al salón de enseguida, me acerqué a su mejor amiga. Ella se conmovió de que la hubieran cambiado de salón y pues me acompañó un poco en el trance. Y nos hicimos muy amigos. De Mirthala ya ni hablábamos. Ahora éramos ella y yo. De hecho con Mirthala creo que ni nos conocimos bien pues no platicábamos ni salimos. Luego me debió haber cortado, supongo. Pero no me acuerdo. El caso es que la amiga y yo nos hicimos terriblemente inseparables. Ella le gustaba leer y también se aplicaba en la escuela. Su nombre es Sofía.
Meses después le dije que estaba enamorado de ella y me dejó de hablar. Vinieron las vacaciones y al siguiente semestre me dejó de hablar. Luego pasó otro semestre y tampoco me habló. Para el último semestre me levantó el castigo y me volvió a dirigir la palabra, a condición de que el tema aquel quedara en el olvido. Pero en esos dos semestres empecé a escribir. En ese tiempo sabía menos que ahora de lo que era la poesía, pero para mí la poesía tenía que ser rimada, así que le escribía "poesías" que no eran otra cosa que cartitas pero todas rimadas, y por eso, porque eran rimadas, se escuchaban bien. Recuerdo que una de esas cartas, de unas 10 o 15 estrofas, terminaba diciendo:
El asunto es que no me conformaba con escribir esto, sino que además lo publicaba en el periódico mural de la escuela, de tal modo que todo el mundo se enteró que yo me traía algo con la tal Sofía. Al salir yo me fui a Ingeniería y ella se esperó un semestre y luego entró a Filosofía y Letras. Un día ella me invitó de oyente y empecé a ir a la facultad por unos tres años. Bueno, pero esa es otra historia. Sofía fue mi mejor amiga por muchos muchos años, y mis primeros poemas y cuentos fueron para ella, para el amor puro y sublimado que le profesaba. Nada de deseo ni de ningún acercamiento, era una especie de amor platónico. En ella está la génesis de aquella ciudad llamada Yadivia, que no es sino la historia de esa amistad ofrecida en una enorme metáfora de idealización. Una historia vocacional.
Pero desde esos lejanos días yo me proponía ser "escritor". Debería tener 16 ó 17 años. Y de mujeres, nada. Bueno, sí, alguna, una, que cuando me cortó me juré, como cualquier drama de adolescente despechado en toda forma, que se arrepentiría. Muchos años después me la volví a encontrar y me dijo algo muy bonito. Pero esa es otra historia.
Decía que estaba convencido que alguna gracia debía yo de tener, pues no era el mejor goleador, ni el más guapo, ni el más inteligente. Las chavas siempre se fijaban en otros. Tristemente se fijaban en los más patanes.
Creo que me pasó algo similiar que a un escritor muy conocido que cuando estaba en tercer año de primaria la maestra preguntó al grupo que qué querían ser de grandes. El escritor, bueno, el niño, dijo que él quería ser presidente. La maestra casi se burló de él diciéndole que no podía ser presidente porque su familia era protestante. El niño yo creo que que se quedó un poco traumado al escuchar algo así como que no tenía la capacidad. Pues cuando creció, si bien no se hizo presidente, sí desarrolló una inteligencia bien cabrona para critcar al presidente jaja, al poder, a los funcionarios, a toda la clase política. La maestra lo sobajó bien cabrón y el alumno sacó la casta: se hizo inteligente. O al menos lo que socialmente se conoce como inteligente, capacidad de crítica, buena memoria y, muy especialmente, lector de un chingo, pero un chingo de libros.
Bueno, pues si yo recibí alguna vez el mensaje de no ser digno de atención para ninguna mujer, pues me fui al lado opuesto, y desarrollé la capacidad de llamar la atención por medio de lo que escribía. Más de una vez un poema mío fue el detonante, la excusa, la servilleta, el roce. No era un seductor: me involucraba, lo que terminaba de resultar convincente.
Pero dejemos el amor para después: cada vez esto de escribir lo siento más difícil.
Al paso de los años esto de escribir fue adquiriendo otra tónica. Antes escribía más, ahora le pienso, le doy vueltas; es fácil que no me guste del todo lo que hago porque a veces siento que me puedo estar engañando yéndome por la fácil. Creo que me exigo un poco más, o más bien es más difícil que me dé gusto.
Para mí escribir ya no tiene que ver con la opinión de alguna mujer. Tampoco con si ando deprimido o triste. Hoy tiene que ver más con trabajar un sentimiento, una sensación, una imagen, un concepto, y darle la forma en que me gustaría que se leyera. Es algo así como intentar poner sobre la mesa un platillo calentado a 54 grados centígrados, pero sin termómetro a la mano, sólo calculando, quitando o poniendo el calor adecuado, como intuyendo cada palabra, pero teniendo muy claro el resultado final.
Pero es cierto, esa sensación o esa imagen o esa idea ya está dentro de uno. Ya la traigo, pero ahora trato de darle forma, escribir en el pentagrama de la hoja en blanco, el ritmo, la velocidad, la textura, la atmósfera que será interpretada por otra persona. En una palabra, hacer que lea (entiéndase piense y sienta) lo que yo quiero que lea y al ritmo que deseo.
Y sobre lo otro, con escribirle a una mujer, ahí están todos los poemas que me ha inspirado mi amada Nube, mi Carmen, mi mujer, que algún día voy a recopilar.
Por expresar ese lado del corazón, sigo sin batallar, bendito sea Dios.
Cuando entré a la prepa no había tenido ninguna novia, pero bueno, no llevaba un registro de eso. Al poco tiempo me fui acercando a la compañera de junto, una chava que me interesó, morena, pelo rizado, muy seria y aplicada. Se llamaba Mirthala. Y la imagen que guardo de ella es del día que llevaba falda de mezclilla, blusa color acua de manga corta y las pestañas pintadas de no sé qué color. A las pocas semana le dije: ¿Quieres ser mi novia? Y un sábado de septiembre me dijo que sí por teléfono. Duramos unos 15 días de novios, luego la cambiaron de grupo al de enseguida porque había habido un error en las listas. Me quedé un poco triste. Lo más que pasó fue que le di un sopresivo beso en la mejilla camino a su casa.
Como Mirthala se había ido al salón de enseguida, me acerqué a su mejor amiga. Ella se conmovió de que la hubieran cambiado de salón y pues me acompañó un poco en el trance. Y nos hicimos muy amigos. De Mirthala ya ni hablábamos. Ahora éramos ella y yo. De hecho con Mirthala creo que ni nos conocimos bien pues no platicábamos ni salimos. Luego me debió haber cortado, supongo. Pero no me acuerdo. El caso es que la amiga y yo nos hicimos terriblemente inseparables. Ella le gustaba leer y también se aplicaba en la escuela. Su nombre es Sofía.
Meses después le dije que estaba enamorado de ella y me dejó de hablar. Vinieron las vacaciones y al siguiente semestre me dejó de hablar. Luego pasó otro semestre y tampoco me habló. Para el último semestre me levantó el castigo y me volvió a dirigir la palabra, a condición de que el tema aquel quedara en el olvido. Pero en esos dos semestres empecé a escribir. En ese tiempo sabía menos que ahora de lo que era la poesía, pero para mí la poesía tenía que ser rimada, así que le escribía "poesías" que no eran otra cosa que cartitas pero todas rimadas, y por eso, porque eran rimadas, se escuchaban bien. Recuerdo que una de esas cartas, de unas 10 o 15 estrofas, terminaba diciendo:
Si aceptases mi amistad
perdonando lo que he sido
no dudes que estaré
infinitamente agradecido
El asunto es que no me conformaba con escribir esto, sino que además lo publicaba en el periódico mural de la escuela, de tal modo que todo el mundo se enteró que yo me traía algo con la tal Sofía. Al salir yo me fui a Ingeniería y ella se esperó un semestre y luego entró a Filosofía y Letras. Un día ella me invitó de oyente y empecé a ir a la facultad por unos tres años. Bueno, pero esa es otra historia. Sofía fue mi mejor amiga por muchos muchos años, y mis primeros poemas y cuentos fueron para ella, para el amor puro y sublimado que le profesaba. Nada de deseo ni de ningún acercamiento, era una especie de amor platónico. En ella está la génesis de aquella ciudad llamada Yadivia, que no es sino la historia de esa amistad ofrecida en una enorme metáfora de idealización. Una historia vocacional.
Pero desde esos lejanos días yo me proponía ser "escritor". Debería tener 16 ó 17 años. Y de mujeres, nada. Bueno, sí, alguna, una, que cuando me cortó me juré, como cualquier drama de adolescente despechado en toda forma, que se arrepentiría. Muchos años después me la volví a encontrar y me dijo algo muy bonito. Pero esa es otra historia.
Decía que estaba convencido que alguna gracia debía yo de tener, pues no era el mejor goleador, ni el más guapo, ni el más inteligente. Las chavas siempre se fijaban en otros. Tristemente se fijaban en los más patanes.
Creo que me pasó algo similiar que a un escritor muy conocido que cuando estaba en tercer año de primaria la maestra preguntó al grupo que qué querían ser de grandes. El escritor, bueno, el niño, dijo que él quería ser presidente. La maestra casi se burló de él diciéndole que no podía ser presidente porque su familia era protestante. El niño yo creo que que se quedó un poco traumado al escuchar algo así como que no tenía la capacidad. Pues cuando creció, si bien no se hizo presidente, sí desarrolló una inteligencia bien cabrona para critcar al presidente jaja, al poder, a los funcionarios, a toda la clase política. La maestra lo sobajó bien cabrón y el alumno sacó la casta: se hizo inteligente. O al menos lo que socialmente se conoce como inteligente, capacidad de crítica, buena memoria y, muy especialmente, lector de un chingo, pero un chingo de libros.
Bueno, pues si yo recibí alguna vez el mensaje de no ser digno de atención para ninguna mujer, pues me fui al lado opuesto, y desarrollé la capacidad de llamar la atención por medio de lo que escribía. Más de una vez un poema mío fue el detonante, la excusa, la servilleta, el roce. No era un seductor: me involucraba, lo que terminaba de resultar convincente.
Pero dejemos el amor para después: cada vez esto de escribir lo siento más difícil.
Al paso de los años esto de escribir fue adquiriendo otra tónica. Antes escribía más, ahora le pienso, le doy vueltas; es fácil que no me guste del todo lo que hago porque a veces siento que me puedo estar engañando yéndome por la fácil. Creo que me exigo un poco más, o más bien es más difícil que me dé gusto.
Para mí escribir ya no tiene que ver con la opinión de alguna mujer. Tampoco con si ando deprimido o triste. Hoy tiene que ver más con trabajar un sentimiento, una sensación, una imagen, un concepto, y darle la forma en que me gustaría que se leyera. Es algo así como intentar poner sobre la mesa un platillo calentado a 54 grados centígrados, pero sin termómetro a la mano, sólo calculando, quitando o poniendo el calor adecuado, como intuyendo cada palabra, pero teniendo muy claro el resultado final.
Pero es cierto, esa sensación o esa imagen o esa idea ya está dentro de uno. Ya la traigo, pero ahora trato de darle forma, escribir en el pentagrama de la hoja en blanco, el ritmo, la velocidad, la textura, la atmósfera que será interpretada por otra persona. En una palabra, hacer que lea (entiéndase piense y sienta) lo que yo quiero que lea y al ritmo que deseo.
Y sobre lo otro, con escribirle a una mujer, ahí están todos los poemas que me ha inspirado mi amada Nube, mi Carmen, mi mujer, que algún día voy a recopilar.
Por expresar ese lado del corazón, sigo sin batallar, bendito sea Dios.
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