Tengo un buen amigo que cada que nos vemos, quizá cada año o algo así, sale a relucir aquella ingrata mujer que lo bateó. Se trata de una que nunca le hizo caso a pesar de que él insistió por mucho tiempo. Muchos años.
No estoy yo para decir que ella le dio alas, o alas a medias. —"Estuviste cerca", me dice que le dijo ella un día.
La pregunta que yo me hago es ¿por cuánto tiempo uno puede estar enganchado al pasado? A algo "que pudo haber sido y no fue".
Ahora pienso así, pero no siempre lo puse en práctica. Me costó trabajo. Tengo que reconocer que recibí ayuda y que al principio uno no lo dice pero no lo hace, porque no está convencido.
Volviendo a mi amigo, creo que han pasado unos 26 o 27 años desde que conoció a Margarita, que así se llamaba aquella infausta mujer, ahora casada con un extranjero supuestamente de mucha lana. Aún la recuerda y aún cree que él le habría hecho muy feliz tanto como ella a él.
Hoy, que ya no pienso así, pero que durante años fui como mi querido amigo, veo las cosas con otra perspectiva.
Por ejemplo, cuando el pretendiente insiste e insiste, y la mujer en cuestión se hace mucho del rogar. No sé, me da tristeza o lástima que se emplee tanto tiempo en una causa que quién sabe, son obsesiones que consumen tiempo y eneregía. Y uno creo que ya no está para eso. La vida es otra cosa, no estar gastándola así.
Qué bien se siente uno cuando aprende a soltar, a ver que lo que uno es capaz de entregar es tan valioso como lo que uno podría y merece recibir, no menos, y que a fuerza ni los zapatos.
Conociéndome, un día volveré a tener pareja y probablemente a hacer vida en común. Me agrada mucho vivir en pareja como lo viví en el pasado no lejano, pero a veces pienso también en la posibilidad de vivir cada uno en su casa. No estaría mal.
Pero ya me desvié del tema. Hablaba de la inútilidad de ciertas obsesiones, que nadie nos obliga a ello ni nos promete nada, y sin embargo ahí estamos. Hoy, a mis cuarenta y pico, entiendo, entiendo más. No llevo prisa pero tampoco quiero perder mi tiempo. Cada vez actúo con mayor claridad y mis expectativas son más realistas, principalmente porque hago dependerlas directamente de mí, y trato en lo posible de que no dependan mucho de los demás.
De los demás espero cada vez menos y me gusta eso. Lo que tengo que hacer yo sí es bastante y es para hoy. Así que mientras uno se enfoca en su propia vida y se aplica a ella, las obsesiones tienden a ser fantasmas completamente inútiles.
Dejemos las obsesiones solamente para la literatura.
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domingo, 20 de septiembre de 2015
viernes, 13 de febrero de 2015
Amor de un día no es amor
No nos conformamos con querer el amor. Ya que vemos que lo podemos tener, lo queremos tener para toda nuestra vida.
sábado, 26 de julio de 2014
Deseo, amor y especie
El deseo, y su siguiente posible fase el amor, es una trampa de la naturaleza para formar familias con hijos y preservar la especie. Las sociedades más conservadoras enseñan a uno de los dos géneros a que el amor sea su proyecto, y lo cuide porque es el requisito para la sociedad conyugal; y al otro género a reafirmarse a sí mismo con la idea de que procrear con o sin amor es un buen síntoma.
Tal es la idealización del amor.
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lunes, 23 de junio de 2014
La experiencia amorosa en los varones
Las preguntas son:
¿En qué situaciones se siente amado un varón?
¿Hay diferencia en la manera en que se siente amado, en relación a como lo hace una mujer?
Finalmente, en la vida emocional de los varones, ¿qué prioridad tiene sentirse amados? ¿o bastará con sentirse admirados/deseados?¿qué lugar ocupa el recibir amor?
miércoles, 6 de octubre de 2010
Del amor
Hace unos días platicaba con mi jefa acerca de si había maneras más saludables que otras de enamorarse. Antes pensaba que este asunto estaba ligado necesariamente al dolor, incluso al sufrimiento. Y sí, en las relaciones puede haber momentos de dolor, como en la vida, pero ahora pienso que no es un requisito; de ningún modo hay algo así como una cuota mínima (como el salario mínimo) para una relación estable y madura, es decir, para que sea feliz, pues.
Hace falta, eso sí, que cada una de las partes tenga la cabeza muy libre para pensar y haber resuelto esos problemas que todos venimos cargando tal vez desde la infancia, o con nuestros padres. Esos asuntos que nos hacen repetir patrones y seguirla cagando por el mundo, enamorándonos o emparejándonos de una manera que nunca va a ser profunda.
Desgraciadamente hay quienes nunca adquieren las herramientas necesarias; es más, no saben que se pueden adquirir y así mejorar la relación con nosotros mismos.
Todo esto salió porque veo personas que siguen cumpliendo años, pero no siguen cumpliendo sueños, es más, son adultos de más de 40 o 50 años y siguen actuando como adolescentes, casi con los mismos tropiezos y actitudes ante la vida y el amor.
En resumen, creo que primero debe estar bien uno para luego poder estar bien con el otro. Lo digo yo que durante años fui en la dirección opuesta, que durante años hice lo que no se debe. En fin. Pero muy contento ahora.
Vuelvo a la pregunta. ¿Hay maneras más sanas que otras de enamorarse y de estar en pareja?
No sé, se me ocurre.
Hace falta, eso sí, que cada una de las partes tenga la cabeza muy libre para pensar y haber resuelto esos problemas que todos venimos cargando tal vez desde la infancia, o con nuestros padres. Esos asuntos que nos hacen repetir patrones y seguirla cagando por el mundo, enamorándonos o emparejándonos de una manera que nunca va a ser profunda.
Desgraciadamente hay quienes nunca adquieren las herramientas necesarias; es más, no saben que se pueden adquirir y así mejorar la relación con nosotros mismos.
Todo esto salió porque veo personas que siguen cumpliendo años, pero no siguen cumpliendo sueños, es más, son adultos de más de 40 o 50 años y siguen actuando como adolescentes, casi con los mismos tropiezos y actitudes ante la vida y el amor.
En resumen, creo que primero debe estar bien uno para luego poder estar bien con el otro. Lo digo yo que durante años fui en la dirección opuesta, que durante años hice lo que no se debe. En fin. Pero muy contento ahora.
Vuelvo a la pregunta. ¿Hay maneras más sanas que otras de enamorarse y de estar en pareja?
No sé, se me ocurre.
martes, 22 de junio de 2010
sábado, 3 de abril de 2010
La pasión según yo
En la pasión según yo, hay crucifixión pero no hay muerte.
Hay un beso pero no hay una traición.
Hay un milagro pero no de la mano divina.
Hay un cordero que más bien es chivito.
Al final no hay siete palabras, porque con dos alcanza.
***
Estos días deberíamos retozar todos impunemente y renovar los votos que nos mantienen cercanos a nuestros seres amados. Digo.
Hay un beso pero no hay una traición.
Hay un milagro pero no de la mano divina.
Hay un cordero que más bien es chivito.
Al final no hay siete palabras, porque con dos alcanza.
***
Estos días deberíamos retozar todos impunemente y renovar los votos que nos mantienen cercanos a nuestros seres amados. Digo.
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domingo, 21 de marzo de 2010
Dejemos el amor para después
Empecé a escribir como la mayoría de los que empezaron a escribir muy jóvenes, por una mujer, o para conseguir novia, o para tener algo que le pudiera llamar la atención a una mujer.
Cuando entré a la prepa no había tenido ninguna novia, pero bueno, no llevaba un registro de eso. Al poco tiempo me fui acercando a la compañera de junto, una chava que me interesó, morena, pelo rizado, muy seria y aplicada. Se llamaba Mirthala. Y la imagen que guardo de ella es del día que llevaba falda de mezclilla, blusa color acua de manga corta y las pestañas pintadas de no sé qué color. A las pocas semana le dije: ¿Quieres ser mi novia? Y un sábado de septiembre me dijo que sí por teléfono. Duramos unos 15 días de novios, luego la cambiaron de grupo al de enseguida porque había habido un error en las listas. Me quedé un poco triste. Lo más que pasó fue que le di un sopresivo beso en la mejilla camino a su casa.
Como Mirthala se había ido al salón de enseguida, me acerqué a su mejor amiga. Ella se conmovió de que la hubieran cambiado de salón y pues me acompañó un poco en el trance. Y nos hicimos muy amigos. De Mirthala ya ni hablábamos. Ahora éramos ella y yo. De hecho con Mirthala creo que ni nos conocimos bien pues no platicábamos ni salimos. Luego me debió haber cortado, supongo. Pero no me acuerdo. El caso es que la amiga y yo nos hicimos terriblemente inseparables. Ella le gustaba leer y también se aplicaba en la escuela. Su nombre es Sofía.
Meses después le dije que estaba enamorado de ella y me dejó de hablar. Vinieron las vacaciones y al siguiente semestre me dejó de hablar. Luego pasó otro semestre y tampoco me habló. Para el último semestre me levantó el castigo y me volvió a dirigir la palabra, a condición de que el tema aquel quedara en el olvido. Pero en esos dos semestres empecé a escribir. En ese tiempo sabía menos que ahora de lo que era la poesía, pero para mí la poesía tenía que ser rimada, así que le escribía "poesías" que no eran otra cosa que cartitas pero todas rimadas, y por eso, porque eran rimadas, se escuchaban bien. Recuerdo que una de esas cartas, de unas 10 o 15 estrofas, terminaba diciendo:
El asunto es que no me conformaba con escribir esto, sino que además lo publicaba en el periódico mural de la escuela, de tal modo que todo el mundo se enteró que yo me traía algo con la tal Sofía. Al salir yo me fui a Ingeniería y ella se esperó un semestre y luego entró a Filosofía y Letras. Un día ella me invitó de oyente y empecé a ir a la facultad por unos tres años. Bueno, pero esa es otra historia. Sofía fue mi mejor amiga por muchos muchos años, y mis primeros poemas y cuentos fueron para ella, para el amor puro y sublimado que le profesaba. Nada de deseo ni de ningún acercamiento, era una especie de amor platónico. En ella está la génesis de aquella ciudad llamada Yadivia, que no es sino la historia de esa amistad ofrecida en una enorme metáfora de idealización. Una historia vocacional.
Pero desde esos lejanos días yo me proponía ser "escritor". Debería tener 16 ó 17 años. Y de mujeres, nada. Bueno, sí, alguna, una, que cuando me cortó me juré, como cualquier drama de adolescente despechado en toda forma, que se arrepentiría. Muchos años después me la volví a encontrar y me dijo algo muy bonito. Pero esa es otra historia.
Decía que estaba convencido que alguna gracia debía yo de tener, pues no era el mejor goleador, ni el más guapo, ni el más inteligente. Las chavas siempre se fijaban en otros. Tristemente se fijaban en los más patanes.
Creo que me pasó algo similiar que a un escritor muy conocido que cuando estaba en tercer año de primaria la maestra preguntó al grupo que qué querían ser de grandes. El escritor, bueno, el niño, dijo que él quería ser presidente. La maestra casi se burló de él diciéndole que no podía ser presidente porque su familia era protestante. El niño yo creo que que se quedó un poco traumado al escuchar algo así como que no tenía la capacidad. Pues cuando creció, si bien no se hizo presidente, sí desarrolló una inteligencia bien cabrona para critcar al presidente jaja, al poder, a los funcionarios, a toda la clase política. La maestra lo sobajó bien cabrón y el alumno sacó la casta: se hizo inteligente. O al menos lo que socialmente se conoce como inteligente, capacidad de crítica, buena memoria y, muy especialmente, lector de un chingo, pero un chingo de libros.
Bueno, pues si yo recibí alguna vez el mensaje de no ser digno de atención para ninguna mujer, pues me fui al lado opuesto, y desarrollé la capacidad de llamar la atención por medio de lo que escribía. Más de una vez un poema mío fue el detonante, la excusa, la servilleta, el roce. No era un seductor: me involucraba, lo que terminaba de resultar convincente.
Pero dejemos el amor para después: cada vez esto de escribir lo siento más difícil.
Al paso de los años esto de escribir fue adquiriendo otra tónica. Antes escribía más, ahora le pienso, le doy vueltas; es fácil que no me guste del todo lo que hago porque a veces siento que me puedo estar engañando yéndome por la fácil. Creo que me exigo un poco más, o más bien es más difícil que me dé gusto.
Para mí escribir ya no tiene que ver con la opinión de alguna mujer. Tampoco con si ando deprimido o triste. Hoy tiene que ver más con trabajar un sentimiento, una sensación, una imagen, un concepto, y darle la forma en que me gustaría que se leyera. Es algo así como intentar poner sobre la mesa un platillo calentado a 54 grados centígrados, pero sin termómetro a la mano, sólo calculando, quitando o poniendo el calor adecuado, como intuyendo cada palabra, pero teniendo muy claro el resultado final.
Pero es cierto, esa sensación o esa imagen o esa idea ya está dentro de uno. Ya la traigo, pero ahora trato de darle forma, escribir en el pentagrama de la hoja en blanco, el ritmo, la velocidad, la textura, la atmósfera que será interpretada por otra persona. En una palabra, hacer que lea (entiéndase piense y sienta) lo que yo quiero que lea y al ritmo que deseo.
Y sobre lo otro, con escribirle a una mujer, ahí están todos los poemas que me ha inspirado mi amada Nube, mi Carmen, mi mujer, que algún día voy a recopilar.
Por expresar ese lado del corazón, sigo sin batallar, bendito sea Dios.
Cuando entré a la prepa no había tenido ninguna novia, pero bueno, no llevaba un registro de eso. Al poco tiempo me fui acercando a la compañera de junto, una chava que me interesó, morena, pelo rizado, muy seria y aplicada. Se llamaba Mirthala. Y la imagen que guardo de ella es del día que llevaba falda de mezclilla, blusa color acua de manga corta y las pestañas pintadas de no sé qué color. A las pocas semana le dije: ¿Quieres ser mi novia? Y un sábado de septiembre me dijo que sí por teléfono. Duramos unos 15 días de novios, luego la cambiaron de grupo al de enseguida porque había habido un error en las listas. Me quedé un poco triste. Lo más que pasó fue que le di un sopresivo beso en la mejilla camino a su casa.
Como Mirthala se había ido al salón de enseguida, me acerqué a su mejor amiga. Ella se conmovió de que la hubieran cambiado de salón y pues me acompañó un poco en el trance. Y nos hicimos muy amigos. De Mirthala ya ni hablábamos. Ahora éramos ella y yo. De hecho con Mirthala creo que ni nos conocimos bien pues no platicábamos ni salimos. Luego me debió haber cortado, supongo. Pero no me acuerdo. El caso es que la amiga y yo nos hicimos terriblemente inseparables. Ella le gustaba leer y también se aplicaba en la escuela. Su nombre es Sofía.
Meses después le dije que estaba enamorado de ella y me dejó de hablar. Vinieron las vacaciones y al siguiente semestre me dejó de hablar. Luego pasó otro semestre y tampoco me habló. Para el último semestre me levantó el castigo y me volvió a dirigir la palabra, a condición de que el tema aquel quedara en el olvido. Pero en esos dos semestres empecé a escribir. En ese tiempo sabía menos que ahora de lo que era la poesía, pero para mí la poesía tenía que ser rimada, así que le escribía "poesías" que no eran otra cosa que cartitas pero todas rimadas, y por eso, porque eran rimadas, se escuchaban bien. Recuerdo que una de esas cartas, de unas 10 o 15 estrofas, terminaba diciendo:
Si aceptases mi amistad
perdonando lo que he sido
no dudes que estaré
infinitamente agradecido
El asunto es que no me conformaba con escribir esto, sino que además lo publicaba en el periódico mural de la escuela, de tal modo que todo el mundo se enteró que yo me traía algo con la tal Sofía. Al salir yo me fui a Ingeniería y ella se esperó un semestre y luego entró a Filosofía y Letras. Un día ella me invitó de oyente y empecé a ir a la facultad por unos tres años. Bueno, pero esa es otra historia. Sofía fue mi mejor amiga por muchos muchos años, y mis primeros poemas y cuentos fueron para ella, para el amor puro y sublimado que le profesaba. Nada de deseo ni de ningún acercamiento, era una especie de amor platónico. En ella está la génesis de aquella ciudad llamada Yadivia, que no es sino la historia de esa amistad ofrecida en una enorme metáfora de idealización. Una historia vocacional.
Pero desde esos lejanos días yo me proponía ser "escritor". Debería tener 16 ó 17 años. Y de mujeres, nada. Bueno, sí, alguna, una, que cuando me cortó me juré, como cualquier drama de adolescente despechado en toda forma, que se arrepentiría. Muchos años después me la volví a encontrar y me dijo algo muy bonito. Pero esa es otra historia.
Decía que estaba convencido que alguna gracia debía yo de tener, pues no era el mejor goleador, ni el más guapo, ni el más inteligente. Las chavas siempre se fijaban en otros. Tristemente se fijaban en los más patanes.
Creo que me pasó algo similiar que a un escritor muy conocido que cuando estaba en tercer año de primaria la maestra preguntó al grupo que qué querían ser de grandes. El escritor, bueno, el niño, dijo que él quería ser presidente. La maestra casi se burló de él diciéndole que no podía ser presidente porque su familia era protestante. El niño yo creo que que se quedó un poco traumado al escuchar algo así como que no tenía la capacidad. Pues cuando creció, si bien no se hizo presidente, sí desarrolló una inteligencia bien cabrona para critcar al presidente jaja, al poder, a los funcionarios, a toda la clase política. La maestra lo sobajó bien cabrón y el alumno sacó la casta: se hizo inteligente. O al menos lo que socialmente se conoce como inteligente, capacidad de crítica, buena memoria y, muy especialmente, lector de un chingo, pero un chingo de libros.
Bueno, pues si yo recibí alguna vez el mensaje de no ser digno de atención para ninguna mujer, pues me fui al lado opuesto, y desarrollé la capacidad de llamar la atención por medio de lo que escribía. Más de una vez un poema mío fue el detonante, la excusa, la servilleta, el roce. No era un seductor: me involucraba, lo que terminaba de resultar convincente.
Pero dejemos el amor para después: cada vez esto de escribir lo siento más difícil.
Al paso de los años esto de escribir fue adquiriendo otra tónica. Antes escribía más, ahora le pienso, le doy vueltas; es fácil que no me guste del todo lo que hago porque a veces siento que me puedo estar engañando yéndome por la fácil. Creo que me exigo un poco más, o más bien es más difícil que me dé gusto.
Para mí escribir ya no tiene que ver con la opinión de alguna mujer. Tampoco con si ando deprimido o triste. Hoy tiene que ver más con trabajar un sentimiento, una sensación, una imagen, un concepto, y darle la forma en que me gustaría que se leyera. Es algo así como intentar poner sobre la mesa un platillo calentado a 54 grados centígrados, pero sin termómetro a la mano, sólo calculando, quitando o poniendo el calor adecuado, como intuyendo cada palabra, pero teniendo muy claro el resultado final.
Pero es cierto, esa sensación o esa imagen o esa idea ya está dentro de uno. Ya la traigo, pero ahora trato de darle forma, escribir en el pentagrama de la hoja en blanco, el ritmo, la velocidad, la textura, la atmósfera que será interpretada por otra persona. En una palabra, hacer que lea (entiéndase piense y sienta) lo que yo quiero que lea y al ritmo que deseo.
Y sobre lo otro, con escribirle a una mujer, ahí están todos los poemas que me ha inspirado mi amada Nube, mi Carmen, mi mujer, que algún día voy a recopilar.
Por expresar ese lado del corazón, sigo sin batallar, bendito sea Dios.
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domingo, 7 de marzo de 2010
Desvanecimiento de los recuerdos
No sé en qué momento dejé de voltear atrás, pero seguro fue en algún momento de los últimos doce meses.No sé cómo el barco de mis recuerdos se fue separando de la orilla de mi vida, del pedazo de playa que hoy descalzo camino. No sé cómo esos recuerdos fueron desapareciendo en el horizonte. Sólo hasta que quienes aún intentan caminar con el agua a la cintura muestran un trozo de mi arqueología sentimental que se han encontrado tan fácilmente como si nunca se hubieran alejado lo suficiente de mis naufragios amorosos, sólo hasta entonces yo me descubro extrañado.
Me dicen: "¿Recuerdas este punto de la ciudad?¿Recuerdas aquella llamada a las tantas? No, no me acuerdo. "¿Recuerdas cómo me llamabas, lo escribiste?". No, tampoco me acuerdo.
Yo, que he fijado tantas fechas con alfileres en un mapa que se está haciendo pedazos, que he levantado un reporte puntual de la noticia que siempre ha sido para mí el amor, hoy no encuentro novedad ni asombro, intensidad ni sentido en recuperar lo vivido, lo ya muerto.
Cómo es posible, me pregunto, que reciba impávido una señal de vida, un guiño, una palabra de alguien por quien hace unos años habría sido capaz de levantarme dos horas antes y cruzar la ciudad para estar con ella quince munutos.
Uno decide cómo se gasta el parque, pero en cuanto a los cañonazos de amor, esos no se compran ni con 50 mil pesos. No, el amor no se compra. Claro que no.
***
Las relaciones suelen tener tantas ventanas que a veces con una que se quede abierta es suficiente para que el viento revuelva el escritorio, las negociaciones y las esperanzas, y al volver encontremos un pequeño desorden ahí donde había flores y un aroma de amor en el ambiente. Nada de gravedad.
***
No envidio al rico ni al poderoso, sino al que, dueño de su silencio, puede sentirse acompañado siempre por su voz interior y sentir paz.
***
Me cité con dos chavos este fin de semana en un sitio de gratos recuerdos. Les llevé unos libros míos que me habían pedido y algunos de otros autores. Sus comentarios me hicieron saber no sólo que me habían leído con amable interés, sino que aún se acordaban. Gracias a Anaís y a Daniel, que me mostraron su credencial de lectores de este humilde tecleador. Chingado.
***
Regresé a mi otra realidad pero me traje lo más esencial. Me fijé y ya vi que sí me lo traje.
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miércoles, 17 de febrero de 2010
Del amor y otras fantasías
Dos fantasías recurrentes. La primera ya me sucedió más veces de las que hubiese deseado. La segunda sólo parcialmente.
1) Primera. Mi pareja y yo tenemos un idilio de muchos meses juntos. Soñados, plenos. Ya ideamos algunos planes. Un día ella levanta el teléfono y me dice que es mejor terminar. Levanta el teléfono o me manda un correo o se baja del coche o me escribe una carta. Pero la película es la misma, y no la vuelvo a ver por más que la busco. Por quince días con sus noches me observo crecer las uñas de los pies borronándome los cachetes y tratando de encontrar alguna explicación donde no la hay, es decir, en las uñas de mis pies.
Tres o siete o diez años despúes, cuando soy muy feliz con mi mujer, aparece el angelito, mueve una alita, hace ojitos, da señales de vida.
2) Segunda. Mi mujer y yo tenemos ya tiempo juntos. Ya. No viviendo juntos, pues, sólo como pareja. Podemos hacer una lista larga de lo que nos ha pasado. Y decidimos, finalmente, vivir juntos. Pero no deseamos invitar a ningún juez a la casa para que homologue nuestro amor con el amor de la pareja de enfrente y con el que lleva en su diario . Entonces mi mujer y yo decidimos firmar una cartita donde nos decimos una par de cosas que deseamos hacer en pareja, y le ponemos un nombre como Acuerdo de Mayo, o Convenio de La Nube y el Negro, o bien Contrato de amor por un día (hoy), o Trato del 7 del Agosto (convertido con el tiempo simplemente en el 708). Entonces invitamos a cenar a diez o doce amigos muy queridos y les compartimos nuestra alegría de estar juntos.
***
Hoy en la noche quería ir a la presentación del libro de un cuate. Quería saludarlo. O quién sabe, ahora que se volvió famoso tal vez tenga compromisos. Yo lo sigo pensando igual de sencillo, igual de honesto. Me enteré que está pasando una etapa que podría cambiar su vida y quería verlo.
Ni hablar, lo seguiré leyendo en las revistas que publica y lo saludaré luego por el facebook.
Uno de mis hijos necesita unas cosas que hay que ir a comprar en la noche que llegue a la casa. Además de días para acá anda irritable, raro...
***
He pensado en las formas en que se puede alimentar el amor diariamente.
Dice el doctor Manuel Saravia Oliver:
1) Primera. Mi pareja y yo tenemos un idilio de muchos meses juntos. Soñados, plenos. Ya ideamos algunos planes. Un día ella levanta el teléfono y me dice que es mejor terminar. Levanta el teléfono o me manda un correo o se baja del coche o me escribe una carta. Pero la película es la misma, y no la vuelvo a ver por más que la busco. Por quince días con sus noches me observo crecer las uñas de los pies borronándome los cachetes y tratando de encontrar alguna explicación donde no la hay, es decir, en las uñas de mis pies.
Tres o siete o diez años despúes, cuando soy muy feliz con mi mujer, aparece el angelito, mueve una alita, hace ojitos, da señales de vida.
2) Segunda. Mi mujer y yo tenemos ya tiempo juntos. Ya. No viviendo juntos, pues, sólo como pareja. Podemos hacer una lista larga de lo que nos ha pasado. Y decidimos, finalmente, vivir juntos. Pero no deseamos invitar a ningún juez a la casa para que homologue nuestro amor con el amor de la pareja de enfrente y con el que lleva en su diario . Entonces mi mujer y yo decidimos firmar una cartita donde nos decimos una par de cosas que deseamos hacer en pareja, y le ponemos un nombre como Acuerdo de Mayo, o Convenio de La Nube y el Negro, o bien Contrato de amor por un día (hoy), o Trato del 7 del Agosto (convertido con el tiempo simplemente en el 708). Entonces invitamos a cenar a diez o doce amigos muy queridos y les compartimos nuestra alegría de estar juntos.
***
Hoy en la noche quería ir a la presentación del libro de un cuate. Quería saludarlo. O quién sabe, ahora que se volvió famoso tal vez tenga compromisos. Yo lo sigo pensando igual de sencillo, igual de honesto. Me enteré que está pasando una etapa que podría cambiar su vida y quería verlo.
Ni hablar, lo seguiré leyendo en las revistas que publica y lo saludaré luego por el facebook.
Uno de mis hijos necesita unas cosas que hay que ir a comprar en la noche que llegue a la casa. Además de días para acá anda irritable, raro...
***
He pensado en las formas en que se puede alimentar el amor diariamente.
Dice el doctor Manuel Saravia Oliver:
El amor saludable es compartir una visión de futuro, es ser consciente de los propios juegos de poder y los de la pareja. Es saber atender y conocer las necesidades afectivas del otro. Implica centrarse en lo que funciona y resaltar las cualidades de la pareja y la relación.
lunes, 28 de diciembre de 2009
De la geometría del amor a un sólo un gesto
Carmen:
A veces uno se desencanta del amor y le da por tomar parejas intempestivas, de esas que duran lo mismo que el entusiasmo por un grupo nuevo, un best seller, una película.
Pero otras veces uno cree que el amor es algo más duradero, que el próximo año la pareja aún estará ahí con menos entusiasmo y más amor, y que en el fondo, en el fondo, eso de vivir en pareja no tiene nada de enfermo.
A veces en el amor (esa mezcla de negociaciones, dudas, memorias y sueños) uno se expande. Y cree que el otro es la extensión de uno, y viceversa. Pero no. Porque al paso de un mismo puente, a uno le duele un brazo cuando a otro le aqueja un pie; a uno le da calor lo que a otro le da sonrisa.
Y resulta que las parejas intempestivas que duran lo mismo que el entusiasmo por un grupo nuevo no son para quedarse, al menos no cuando ya se ha acabado la música y lo que uno quiere es leer o platicar. O salir a caminar para ver si la tarde es igual a la que uno se imaginaba.
Esos sobresaltos del amor, no del todo mortales, pagan bien a quien se espera, bajo la condición de que no extienden garantía ni admiten intereses.
Sólo el amor puede engañar a la geometría euclidiana, que jura que "dados dos puntos se puede trazar una y sólo una recta que los une". Y también, sólo el amor puede comprobar que mil 732 kilómetros pueden ser del tamaño de un gesto pequeño. Digamos de la comisura de tu boca cuando sonríes. (diciembre del 2009).
A veces uno se desencanta del amor y le da por tomar parejas intempestivas, de esas que duran lo mismo que el entusiasmo por un grupo nuevo, un best seller, una película.
Pero otras veces uno cree que el amor es algo más duradero, que el próximo año la pareja aún estará ahí con menos entusiasmo y más amor, y que en el fondo, en el fondo, eso de vivir en pareja no tiene nada de enfermo.
A veces en el amor (esa mezcla de negociaciones, dudas, memorias y sueños) uno se expande. Y cree que el otro es la extensión de uno, y viceversa. Pero no. Porque al paso de un mismo puente, a uno le duele un brazo cuando a otro le aqueja un pie; a uno le da calor lo que a otro le da sonrisa.
Y resulta que las parejas intempestivas que duran lo mismo que el entusiasmo por un grupo nuevo no son para quedarse, al menos no cuando ya se ha acabado la música y lo que uno quiere es leer o platicar. O salir a caminar para ver si la tarde es igual a la que uno se imaginaba.
Esos sobresaltos del amor, no del todo mortales, pagan bien a quien se espera, bajo la condición de que no extienden garantía ni admiten intereses.
Sólo el amor puede engañar a la geometría euclidiana, que jura que "dados dos puntos se puede trazar una y sólo una recta que los une". Y también, sólo el amor puede comprobar que mil 732 kilómetros pueden ser del tamaño de un gesto pequeño. Digamos de la comisura de tu boca cuando sonríes. (diciembre del 2009).
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viernes, 18 de diciembre de 2009
¿Por qué amamos?


Por María José Casado Ruiz de Lóizaga. Nacida en Nueva York hace 59 años, Helen Fisher es profesora de investigación de la Rutgers University de New Jersey. Ha estudiado 58 culturas de todo el mundo y publicado entre otros libros Anatomía del amor: historia natural de la monogamia, adulterio y divorcio y Por qué amamos: naturaleza y química del amor romántico.
Es la mayor experta en sexualidad, matrimonio y divorcio desde el punto de vista evolutivo, además de autora de best-sellers y una de las más prestigiosas antropólogas de Estados Unidos. Vive junto al Metropolitan Museum de Nueva York, entre piezas étnicas traídas de sus viajes, en los que ha estudiado 58 sociedades de todo el planeta. Y cada noche, disfruta de los placeres de Manhattan: los pequeños teatros donde ponen a los clásicos, las exposiciones, los restaurantes baratos con encanto, porque la investigación no da para lujos. Es lo que los estadounidenses llaman una “intelectual pública”, que combina el trabajo de laboratorio con presentaciones en televisiones, universidades y otros foros. Ahora aplica a su investigación las más modernas tecnologías y escanea cerebros enamorados y corazones rotos.
Hace 10 años empezó a estudiar el gran misterio de por qué amamos, cómo elegimos pareja y qué le pasa al cerebro enamorado para que el más cuerdo se vuelva loco. Lo cuenta en Por qué amamos: naturaleza y química del amor romántico, un libro que ha presentado en España.
–¿Hay alguna clave desconocida que nos lleve a enamorarnos de alguien?
–Son importantes el tiempo y los elementos culturales. Tienes que estar listo para poder enamorarte en ese momento, y también cuentan las experiencias de la infancia. Según crecemos elaboramos un perfil inconsciente de lo que vamos a buscar a base de la experiencia de nuestros padres, del colegio, de nuestros amigos, de lo que vemos en la tele... Y cuando estás en el momento adecuado y encuentras a la persona que encaja en ese perfil, los circuitos cerebrales pueden ponerse en funcionamiento y se desencadenan las reacciones químicas. Pero la decisión de elegir una persona quizá se basa en elementos culturales: la belleza y la juventud mueven a los hombres, y a las mujeres les impresiona la riqueza y la buena posición. Y si a ellos el amor les entra por los ojos, las mujeres son más sensibles a la palabra y los detalles. La forma en que nos sentimos al enamorarnos funciona con la química de los circuitos cerebrales.
Helen puso carteles por la Universidad Rutgers, en New Jersey: “¿Acabas de enamorarte locamente?” Con 839 voluntarios de variadas edades, razas y condiciones que pasaron por la resonancia magnética nuclear demostró que el amor es universal y apenas se diferencia de unos a otros.
–¿Cuando ha explorado el cerebro enamorado qué ha encontrado ahí dentro?
–Ésa es la parte más novedosa de mi trabajo, aquella en la que hemos explorado las zonas y sustancias implicadas en el amor romántico. Cuando vi por primera vez las imágenes del cerebro enamorado con las regiones activas iluminadas de amarillo brillante y naranja sentí una admiración sobrecogedora. He visto la actividad del flujo sanguíneo en esas áreas y comprobado las sustancias químicas. Hay dos regiones muy activas: el núcleo caudado, una primitiva región en forma de C descubierta hace poco y relacionada con el sistema de recompensa del cerebro, la excitación sexual, las sensaciones de placer y la motivación para lograr recompensas. La otra es el área tegmental ventral, ATV, la veta madre de las células que producen dopamina.
–Dopamina, norepinefrina, serotonina... son las sustancias que ha detectado. ¿Somos una fábrica de drogas naturales cuando nos enamoramos?
–Creo que esa locura la producen los niveles altos de dopamina y norepinefrina, y un nivel bajo de serotonina. La dopamina en grandes cantidades, además de aumentar el nivel de testosterona – la hormona del deseo sexual–, está asociada con una gran capacidad de concentración, euforia y dependencia, que son síntomas de adicción. El colocón del enamorado lo producen las sustancias que fabrica su cerebro: el alto nivel de norepinefrina, que produce euforia y pérdida del apetito; el bajo nivel de serotonina tiene que ver con la obsesión de estar con el amado.
–Usted distingue entre atracción sexual, amor romántico y cariño, cada uno con su circuito cerebral. Y dijo que el amor dura 4 años. ¿Sigue creyendo que tiene esa fecha de caducidad?
–Después de conocer tantas culturas y tribus vi que las mujeres de todo el mundo tendían a tener niños cada cuatro años, el plazo más habitual del divorcio, tras el matrimonio; y que en otras especies que forman vínculos entre iguales, padres e hijos están juntos al menos el tiempo para criar a la prole. Así elaboré la teoría del ciclo reproductor de 4 años. El índice de divorcios crece mucho, según la mujer es más independiente económicamente, pero ese patrón no cambia. El animal humano quizá fue creado para tener una serie de relaciones sucesivas, aunque no todos se separan. Hay matrimonios que duran toda una vida, como más del 50 por 100 de los de EE UU. Parece que tenemos muchos modelos reproductivos diferentes. El cerebro es un órgano muy flexible, y diferentes personas manejan esos sistemas cerebrales de forma distinta; unas forman un matrimonio para siempre y otras sienten gran cariño por su pareja, pero al tiempo pueden enamorarse de otro.
–¿Es posible identificar de qué tipo es alguien al conocerle?
–Ése es el problema; ni siquiera puedes saber en qué patrón vas a encajar tú hoy. Supongo que por eso hemos desarrollado el lenguaje, y el lenguaje de signos, para mostrar nuestras intenciones.
–¿Cómo encaja aquí la figura del latin lover, el don Juan?
–Está por todas partes, en Nueva York y entre los esquimales. A los estadounidenses no nos gusta la infidelidad, pero algunas culturas mediterráneas pasan por alto este pequeño detalle y son muy permisivas con los hombres.
–También ha demostrado que los animales se enamoran.
–En más de 100 especies, desde elefantes a roedores, vi que eligen pareja y sienten un amor romántico primitivo: no comen, apenas beben... Darwin fue de los pocos que lo reconoció.
–¿Qué sociedades le han enseñado más ?
–Los bosquimanos kung, una tribu de cazadores con arco y recolectores del desierto de Kalahari que vive como hace millones de años, y en concreto una mujer llamada Nisa, cuya vida amorosa es prácticamente como la nuestra.
–¿Tiene futuro el matrimonio?
–Hay dos tipos de matrimonio: el tradicional y el simétrico o entre iguales; en estos últimos en que ambos trabajan, las mujeres lo que buscan es un buen compañero. Todo puede funcionar.
–Usted es de las personas que más sabe del amor. ¿Le ha servido para aplicárselo a sí misma?
–No. Me casé hace mucho y mi matrimonio duró menos de un año. He tenido 3 parejas largas y ahora tengo otra desde hace 2 años. El amor es como un pastel de chocolate: no vale con conocer sus ingredientes, hay que probarlo.
Es la mayor experta en sexualidad, matrimonio y divorcio desde el punto de vista evolutivo, además de autora de best-sellers y una de las más prestigiosas antropólogas de Estados Unidos. Vive junto al Metropolitan Museum de Nueva York, entre piezas étnicas traídas de sus viajes, en los que ha estudiado 58 sociedades de todo el planeta. Y cada noche, disfruta de los placeres de Manhattan: los pequeños teatros donde ponen a los clásicos, las exposiciones, los restaurantes baratos con encanto, porque la investigación no da para lujos. Es lo que los estadounidenses llaman una “intelectual pública”, que combina el trabajo de laboratorio con presentaciones en televisiones, universidades y otros foros. Ahora aplica a su investigación las más modernas tecnologías y escanea cerebros enamorados y corazones rotos.
Hace 10 años empezó a estudiar el gran misterio de por qué amamos, cómo elegimos pareja y qué le pasa al cerebro enamorado para que el más cuerdo se vuelva loco. Lo cuenta en Por qué amamos: naturaleza y química del amor romántico, un libro que ha presentado en España.
–¿Hay alguna clave desconocida que nos lleve a enamorarnos de alguien?
–Son importantes el tiempo y los elementos culturales. Tienes que estar listo para poder enamorarte en ese momento, y también cuentan las experiencias de la infancia. Según crecemos elaboramos un perfil inconsciente de lo que vamos a buscar a base de la experiencia de nuestros padres, del colegio, de nuestros amigos, de lo que vemos en la tele... Y cuando estás en el momento adecuado y encuentras a la persona que encaja en ese perfil, los circuitos cerebrales pueden ponerse en funcionamiento y se desencadenan las reacciones químicas. Pero la decisión de elegir una persona quizá se basa en elementos culturales: la belleza y la juventud mueven a los hombres, y a las mujeres les impresiona la riqueza y la buena posición. Y si a ellos el amor les entra por los ojos, las mujeres son más sensibles a la palabra y los detalles. La forma en que nos sentimos al enamorarnos funciona con la química de los circuitos cerebrales.
Helen puso carteles por la Universidad Rutgers, en New Jersey: “¿Acabas de enamorarte locamente?” Con 839 voluntarios de variadas edades, razas y condiciones que pasaron por la resonancia magnética nuclear demostró que el amor es universal y apenas se diferencia de unos a otros.
–¿Cuando ha explorado el cerebro enamorado qué ha encontrado ahí dentro?
–Ésa es la parte más novedosa de mi trabajo, aquella en la que hemos explorado las zonas y sustancias implicadas en el amor romántico. Cuando vi por primera vez las imágenes del cerebro enamorado con las regiones activas iluminadas de amarillo brillante y naranja sentí una admiración sobrecogedora. He visto la actividad del flujo sanguíneo en esas áreas y comprobado las sustancias químicas. Hay dos regiones muy activas: el núcleo caudado, una primitiva región en forma de C descubierta hace poco y relacionada con el sistema de recompensa del cerebro, la excitación sexual, las sensaciones de placer y la motivación para lograr recompensas. La otra es el área tegmental ventral, ATV, la veta madre de las células que producen dopamina.
–Dopamina, norepinefrina, serotonina... son las sustancias que ha detectado. ¿Somos una fábrica de drogas naturales cuando nos enamoramos?
–Creo que esa locura la producen los niveles altos de dopamina y norepinefrina, y un nivel bajo de serotonina. La dopamina en grandes cantidades, además de aumentar el nivel de testosterona – la hormona del deseo sexual–, está asociada con una gran capacidad de concentración, euforia y dependencia, que son síntomas de adicción. El colocón del enamorado lo producen las sustancias que fabrica su cerebro: el alto nivel de norepinefrina, que produce euforia y pérdida del apetito; el bajo nivel de serotonina tiene que ver con la obsesión de estar con el amado.
–Usted distingue entre atracción sexual, amor romántico y cariño, cada uno con su circuito cerebral. Y dijo que el amor dura 4 años. ¿Sigue creyendo que tiene esa fecha de caducidad?
–Después de conocer tantas culturas y tribus vi que las mujeres de todo el mundo tendían a tener niños cada cuatro años, el plazo más habitual del divorcio, tras el matrimonio; y que en otras especies que forman vínculos entre iguales, padres e hijos están juntos al menos el tiempo para criar a la prole. Así elaboré la teoría del ciclo reproductor de 4 años. El índice de divorcios crece mucho, según la mujer es más independiente económicamente, pero ese patrón no cambia. El animal humano quizá fue creado para tener una serie de relaciones sucesivas, aunque no todos se separan. Hay matrimonios que duran toda una vida, como más del 50 por 100 de los de EE UU. Parece que tenemos muchos modelos reproductivos diferentes. El cerebro es un órgano muy flexible, y diferentes personas manejan esos sistemas cerebrales de forma distinta; unas forman un matrimonio para siempre y otras sienten gran cariño por su pareja, pero al tiempo pueden enamorarse de otro.
–¿Es posible identificar de qué tipo es alguien al conocerle?
–Ése es el problema; ni siquiera puedes saber en qué patrón vas a encajar tú hoy. Supongo que por eso hemos desarrollado el lenguaje, y el lenguaje de signos, para mostrar nuestras intenciones.
–¿Cómo encaja aquí la figura del latin lover, el don Juan?
–Está por todas partes, en Nueva York y entre los esquimales. A los estadounidenses no nos gusta la infidelidad, pero algunas culturas mediterráneas pasan por alto este pequeño detalle y son muy permisivas con los hombres.
–También ha demostrado que los animales se enamoran.
–En más de 100 especies, desde elefantes a roedores, vi que eligen pareja y sienten un amor romántico primitivo: no comen, apenas beben... Darwin fue de los pocos que lo reconoció.
–¿Qué sociedades le han enseñado más ?
–Los bosquimanos kung, una tribu de cazadores con arco y recolectores del desierto de Kalahari que vive como hace millones de años, y en concreto una mujer llamada Nisa, cuya vida amorosa es prácticamente como la nuestra.
–¿Tiene futuro el matrimonio?
–Hay dos tipos de matrimonio: el tradicional y el simétrico o entre iguales; en estos últimos en que ambos trabajan, las mujeres lo que buscan es un buen compañero. Todo puede funcionar.
–Usted es de las personas que más sabe del amor. ¿Le ha servido para aplicárselo a sí misma?
–No. Me casé hace mucho y mi matrimonio duró menos de un año. He tenido 3 parejas largas y ahora tengo otra desde hace 2 años. El amor es como un pastel de chocolate: no vale con conocer sus ingredientes, hay que probarlo.
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lunes, 7 de diciembre de 2009
Amas
"Hay quienes dicen que las armas, la guerra y el relámpago es lo más bello: yo digo que en verdad, los más hermoso es a quien y aquello tú amas." Safo de Lesbos.
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martes, 1 de diciembre de 2009
Filosofando
Si el sexo es también una decisión, ¿tiene más de decisión en ellas que en ellos?
***
Muchas veces pienso que revela más de una persona lo que ha dejado ya de desear que las cosas que desea. Lo que desea suele ser sencillo, simple y a veces aburrido de entender: salud, trabajo, amor, sexo, poder, dinero, felicidad.
En cambio lo que ha dejado de desear encierra una transformación interior, a veces una evolución, una experiencia personal, un proceso individual vivido a veces a lo largo de varios años.
Creo que lo que ya no deseamos define una parte del camino que nos trajo hasta aquí.
***
Más o menos en el mismo tono, me parece más interesante aquello que rechazamos o que nos cae mal, que lo que nos agrada.
Que algo nos guste, que alguien nos caiga muy bien, no tiene el mayor atractivo; sucede en todas partes y por razones muy simples. Y ya, vamos, no me amargo la vida: se goza y punto.
En cambio lo que rechazamos muchas veces tiene motivaciones más oscuras, menos claras, y que si le rascamos tantito, pueden salir cosas muy interesantes de nosotros mismos. ¿Alguien se atreve?
***
Muchas veces pienso que revela más de una persona lo que ha dejado ya de desear que las cosas que desea. Lo que desea suele ser sencillo, simple y a veces aburrido de entender: salud, trabajo, amor, sexo, poder, dinero, felicidad.
En cambio lo que ha dejado de desear encierra una transformación interior, a veces una evolución, una experiencia personal, un proceso individual vivido a veces a lo largo de varios años.
Creo que lo que ya no deseamos define una parte del camino que nos trajo hasta aquí.
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Más o menos en el mismo tono, me parece más interesante aquello que rechazamos o que nos cae mal, que lo que nos agrada.
Que algo nos guste, que alguien nos caiga muy bien, no tiene el mayor atractivo; sucede en todas partes y por razones muy simples. Y ya, vamos, no me amargo la vida: se goza y punto.
En cambio lo que rechazamos muchas veces tiene motivaciones más oscuras, menos claras, y que si le rascamos tantito, pueden salir cosas muy interesantes de nosotros mismos. ¿Alguien se atreve?
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