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miércoles, 17 de agosto de 2016
Escribir para mí
Una amiga me ha sugerido que escriba, ya sea en un blog privado, en una libreta, donde sea. Pero me dijo que escribiera para mí, sólo para mí. Me quedé pensando desde cuándo que no hago eso y no lo recuerdo.
Desde hace muchos años escribo para ser leído; no me siento capaz de hacer ahora escritura automática, como flujo de conciencia. Creo que eso lo podría hacer solamente con mi psicólogo, y tendría un sentido al final de cuentas.
Por eso en mucha ocasiones, o en todas, escribo poemas o relatos para publicarlos y que sean leídos, es decir, hago una pieza para causar cierto efecto. Y sí, yo sería mi primer lector, el que avalúa según yo si ese texto cumple su cometido. Pero escribir para mí mismo, sólo así, eso me costaría mucho trabajo. Escribir sin un fin estético, literario o comunicativo me parece como disparos al aire, nomás por gastar tiempo y esfuerzo.
miércoles, 7 de abril de 2010
Locura, cordura y calentura
Hace poco estaba viendo en el canal 22 un programa dedicado a la locura. Fue interesante porque soltaban breves reflexiones-entrevistas de especialistas, como siquiatras, etc. También me pareció interesante el enfoque que le dieron en relación con los trabajos artísticos, de especialmente escritores y poetas famosos.
Me quedé pensando en la locura. Y hoy tuve la sensación de que he recorrido un amplio espectro del catálogo de padecimientos mentales a través de las personas con las que he convivido de cerca.
El programa ese tenía razón: la locura muchas veces tiene que ver con cierto tipo de creación artística. Pienso que yo me fui con la finta en cierto modo: al descubrir personas muy interesantes, con mucho talento y buena capacidad creativa, pues me les pegaba (en algunas ocasiones ellas se me pegaron).
Así me relacioné con la mitomanía, la paranoia, la esquizofrenia, la bipolaridad, la cleptomanía, con las relaciones dependientes, las depresiones crónicas, con las adicciones a los fármacos y al alcohol... un bello catálogo.
Por supuesto que estoy simplificando al extremo y estoy siendo injusto; sabemos que una persona es muchas cosas al mismo tiempo (muchas realmente extraordinarias), sin embargo lo mío, lo mío, lo mío, (no necesito decir qué era: ya sabemos que era platicar bien sabroso).
Ya mencioné que la gran mayoría fueron personas sumamente talentosas, inteligentes, con habilidades que me dejaban asombrado. Aprendí, me enseñaron cosas y tuve muchísimos momentos de alegría y felicidad... pero. (Siempre hay un pero). Cuando las cosas no giran como deben girar, seguro hay un falso contacto en la toma de corriente.
¿Por qué dejé de frecuentar a esas personas, con las que bien podría haber mantenido, posiblemente, una amistad?
¿Cuál fue ese pero? No lo sé.
Diría que no quiero complicaciones.
Diría que ya batallé mucho tratando de entender de a gratis.
Diría que ahora estoy mucho menos loco que antes.
Podría decir muchas cosas, pero tengo la sensación de que los asuntos que ahora me importan realmente, no pasan de tres,
y en ellos no puedo dejar entrar a la locura.
Me quedé pensando en la locura. Y hoy tuve la sensación de que he recorrido un amplio espectro del catálogo de padecimientos mentales a través de las personas con las que he convivido de cerca.
El programa ese tenía razón: la locura muchas veces tiene que ver con cierto tipo de creación artística. Pienso que yo me fui con la finta en cierto modo: al descubrir personas muy interesantes, con mucho talento y buena capacidad creativa, pues me les pegaba (en algunas ocasiones ellas se me pegaron).
Así me relacioné con la mitomanía, la paranoia, la esquizofrenia, la bipolaridad, la cleptomanía, con las relaciones dependientes, las depresiones crónicas, con las adicciones a los fármacos y al alcohol... un bello catálogo.
Por supuesto que estoy simplificando al extremo y estoy siendo injusto; sabemos que una persona es muchas cosas al mismo tiempo (muchas realmente extraordinarias), sin embargo lo mío, lo mío, lo mío, (no necesito decir qué era: ya sabemos que era platicar bien sabroso).
Ya mencioné que la gran mayoría fueron personas sumamente talentosas, inteligentes, con habilidades que me dejaban asombrado. Aprendí, me enseñaron cosas y tuve muchísimos momentos de alegría y felicidad... pero. (Siempre hay un pero). Cuando las cosas no giran como deben girar, seguro hay un falso contacto en la toma de corriente.
¿Por qué dejé de frecuentar a esas personas, con las que bien podría haber mantenido, posiblemente, una amistad?
¿Cuál fue ese pero? No lo sé.
Diría que no quiero complicaciones.
Diría que ya batallé mucho tratando de entender de a gratis.
Diría que ahora estoy mucho menos loco que antes.
Podría decir muchas cosas, pero tengo la sensación de que los asuntos que ahora me importan realmente, no pasan de tres,
y en ellos no puedo dejar entrar a la locura.
domingo, 21 de marzo de 2010
Dejemos el amor para después
Empecé a escribir como la mayoría de los que empezaron a escribir muy jóvenes, por una mujer, o para conseguir novia, o para tener algo que le pudiera llamar la atención a una mujer.
Cuando entré a la prepa no había tenido ninguna novia, pero bueno, no llevaba un registro de eso. Al poco tiempo me fui acercando a la compañera de junto, una chava que me interesó, morena, pelo rizado, muy seria y aplicada. Se llamaba Mirthala. Y la imagen que guardo de ella es del día que llevaba falda de mezclilla, blusa color acua de manga corta y las pestañas pintadas de no sé qué color. A las pocas semana le dije: ¿Quieres ser mi novia? Y un sábado de septiembre me dijo que sí por teléfono. Duramos unos 15 días de novios, luego la cambiaron de grupo al de enseguida porque había habido un error en las listas. Me quedé un poco triste. Lo más que pasó fue que le di un sopresivo beso en la mejilla camino a su casa.
Como Mirthala se había ido al salón de enseguida, me acerqué a su mejor amiga. Ella se conmovió de que la hubieran cambiado de salón y pues me acompañó un poco en el trance. Y nos hicimos muy amigos. De Mirthala ya ni hablábamos. Ahora éramos ella y yo. De hecho con Mirthala creo que ni nos conocimos bien pues no platicábamos ni salimos. Luego me debió haber cortado, supongo. Pero no me acuerdo. El caso es que la amiga y yo nos hicimos terriblemente inseparables. Ella le gustaba leer y también se aplicaba en la escuela. Su nombre es Sofía.
Meses después le dije que estaba enamorado de ella y me dejó de hablar. Vinieron las vacaciones y al siguiente semestre me dejó de hablar. Luego pasó otro semestre y tampoco me habló. Para el último semestre me levantó el castigo y me volvió a dirigir la palabra, a condición de que el tema aquel quedara en el olvido. Pero en esos dos semestres empecé a escribir. En ese tiempo sabía menos que ahora de lo que era la poesía, pero para mí la poesía tenía que ser rimada, así que le escribía "poesías" que no eran otra cosa que cartitas pero todas rimadas, y por eso, porque eran rimadas, se escuchaban bien. Recuerdo que una de esas cartas, de unas 10 o 15 estrofas, terminaba diciendo:
El asunto es que no me conformaba con escribir esto, sino que además lo publicaba en el periódico mural de la escuela, de tal modo que todo el mundo se enteró que yo me traía algo con la tal Sofía. Al salir yo me fui a Ingeniería y ella se esperó un semestre y luego entró a Filosofía y Letras. Un día ella me invitó de oyente y empecé a ir a la facultad por unos tres años. Bueno, pero esa es otra historia. Sofía fue mi mejor amiga por muchos muchos años, y mis primeros poemas y cuentos fueron para ella, para el amor puro y sublimado que le profesaba. Nada de deseo ni de ningún acercamiento, era una especie de amor platónico. En ella está la génesis de aquella ciudad llamada Yadivia, que no es sino la historia de esa amistad ofrecida en una enorme metáfora de idealización. Una historia vocacional.
Pero desde esos lejanos días yo me proponía ser "escritor". Debería tener 16 ó 17 años. Y de mujeres, nada. Bueno, sí, alguna, una, que cuando me cortó me juré, como cualquier drama de adolescente despechado en toda forma, que se arrepentiría. Muchos años después me la volví a encontrar y me dijo algo muy bonito. Pero esa es otra historia.
Decía que estaba convencido que alguna gracia debía yo de tener, pues no era el mejor goleador, ni el más guapo, ni el más inteligente. Las chavas siempre se fijaban en otros. Tristemente se fijaban en los más patanes.
Creo que me pasó algo similiar que a un escritor muy conocido que cuando estaba en tercer año de primaria la maestra preguntó al grupo que qué querían ser de grandes. El escritor, bueno, el niño, dijo que él quería ser presidente. La maestra casi se burló de él diciéndole que no podía ser presidente porque su familia era protestante. El niño yo creo que que se quedó un poco traumado al escuchar algo así como que no tenía la capacidad. Pues cuando creció, si bien no se hizo presidente, sí desarrolló una inteligencia bien cabrona para critcar al presidente jaja, al poder, a los funcionarios, a toda la clase política. La maestra lo sobajó bien cabrón y el alumno sacó la casta: se hizo inteligente. O al menos lo que socialmente se conoce como inteligente, capacidad de crítica, buena memoria y, muy especialmente, lector de un chingo, pero un chingo de libros.
Bueno, pues si yo recibí alguna vez el mensaje de no ser digno de atención para ninguna mujer, pues me fui al lado opuesto, y desarrollé la capacidad de llamar la atención por medio de lo que escribía. Más de una vez un poema mío fue el detonante, la excusa, la servilleta, el roce. No era un seductor: me involucraba, lo que terminaba de resultar convincente.
Pero dejemos el amor para después: cada vez esto de escribir lo siento más difícil.
Al paso de los años esto de escribir fue adquiriendo otra tónica. Antes escribía más, ahora le pienso, le doy vueltas; es fácil que no me guste del todo lo que hago porque a veces siento que me puedo estar engañando yéndome por la fácil. Creo que me exigo un poco más, o más bien es más difícil que me dé gusto.
Para mí escribir ya no tiene que ver con la opinión de alguna mujer. Tampoco con si ando deprimido o triste. Hoy tiene que ver más con trabajar un sentimiento, una sensación, una imagen, un concepto, y darle la forma en que me gustaría que se leyera. Es algo así como intentar poner sobre la mesa un platillo calentado a 54 grados centígrados, pero sin termómetro a la mano, sólo calculando, quitando o poniendo el calor adecuado, como intuyendo cada palabra, pero teniendo muy claro el resultado final.
Pero es cierto, esa sensación o esa imagen o esa idea ya está dentro de uno. Ya la traigo, pero ahora trato de darle forma, escribir en el pentagrama de la hoja en blanco, el ritmo, la velocidad, la textura, la atmósfera que será interpretada por otra persona. En una palabra, hacer que lea (entiéndase piense y sienta) lo que yo quiero que lea y al ritmo que deseo.
Y sobre lo otro, con escribirle a una mujer, ahí están todos los poemas que me ha inspirado mi amada Nube, mi Carmen, mi mujer, que algún día voy a recopilar.
Por expresar ese lado del corazón, sigo sin batallar, bendito sea Dios.
Cuando entré a la prepa no había tenido ninguna novia, pero bueno, no llevaba un registro de eso. Al poco tiempo me fui acercando a la compañera de junto, una chava que me interesó, morena, pelo rizado, muy seria y aplicada. Se llamaba Mirthala. Y la imagen que guardo de ella es del día que llevaba falda de mezclilla, blusa color acua de manga corta y las pestañas pintadas de no sé qué color. A las pocas semana le dije: ¿Quieres ser mi novia? Y un sábado de septiembre me dijo que sí por teléfono. Duramos unos 15 días de novios, luego la cambiaron de grupo al de enseguida porque había habido un error en las listas. Me quedé un poco triste. Lo más que pasó fue que le di un sopresivo beso en la mejilla camino a su casa.
Como Mirthala se había ido al salón de enseguida, me acerqué a su mejor amiga. Ella se conmovió de que la hubieran cambiado de salón y pues me acompañó un poco en el trance. Y nos hicimos muy amigos. De Mirthala ya ni hablábamos. Ahora éramos ella y yo. De hecho con Mirthala creo que ni nos conocimos bien pues no platicábamos ni salimos. Luego me debió haber cortado, supongo. Pero no me acuerdo. El caso es que la amiga y yo nos hicimos terriblemente inseparables. Ella le gustaba leer y también se aplicaba en la escuela. Su nombre es Sofía.
Meses después le dije que estaba enamorado de ella y me dejó de hablar. Vinieron las vacaciones y al siguiente semestre me dejó de hablar. Luego pasó otro semestre y tampoco me habló. Para el último semestre me levantó el castigo y me volvió a dirigir la palabra, a condición de que el tema aquel quedara en el olvido. Pero en esos dos semestres empecé a escribir. En ese tiempo sabía menos que ahora de lo que era la poesía, pero para mí la poesía tenía que ser rimada, así que le escribía "poesías" que no eran otra cosa que cartitas pero todas rimadas, y por eso, porque eran rimadas, se escuchaban bien. Recuerdo que una de esas cartas, de unas 10 o 15 estrofas, terminaba diciendo:
Si aceptases mi amistad
perdonando lo que he sido
no dudes que estaré
infinitamente agradecido
El asunto es que no me conformaba con escribir esto, sino que además lo publicaba en el periódico mural de la escuela, de tal modo que todo el mundo se enteró que yo me traía algo con la tal Sofía. Al salir yo me fui a Ingeniería y ella se esperó un semestre y luego entró a Filosofía y Letras. Un día ella me invitó de oyente y empecé a ir a la facultad por unos tres años. Bueno, pero esa es otra historia. Sofía fue mi mejor amiga por muchos muchos años, y mis primeros poemas y cuentos fueron para ella, para el amor puro y sublimado que le profesaba. Nada de deseo ni de ningún acercamiento, era una especie de amor platónico. En ella está la génesis de aquella ciudad llamada Yadivia, que no es sino la historia de esa amistad ofrecida en una enorme metáfora de idealización. Una historia vocacional.
Pero desde esos lejanos días yo me proponía ser "escritor". Debería tener 16 ó 17 años. Y de mujeres, nada. Bueno, sí, alguna, una, que cuando me cortó me juré, como cualquier drama de adolescente despechado en toda forma, que se arrepentiría. Muchos años después me la volví a encontrar y me dijo algo muy bonito. Pero esa es otra historia.
Decía que estaba convencido que alguna gracia debía yo de tener, pues no era el mejor goleador, ni el más guapo, ni el más inteligente. Las chavas siempre se fijaban en otros. Tristemente se fijaban en los más patanes.
Creo que me pasó algo similiar que a un escritor muy conocido que cuando estaba en tercer año de primaria la maestra preguntó al grupo que qué querían ser de grandes. El escritor, bueno, el niño, dijo que él quería ser presidente. La maestra casi se burló de él diciéndole que no podía ser presidente porque su familia era protestante. El niño yo creo que que se quedó un poco traumado al escuchar algo así como que no tenía la capacidad. Pues cuando creció, si bien no se hizo presidente, sí desarrolló una inteligencia bien cabrona para critcar al presidente jaja, al poder, a los funcionarios, a toda la clase política. La maestra lo sobajó bien cabrón y el alumno sacó la casta: se hizo inteligente. O al menos lo que socialmente se conoce como inteligente, capacidad de crítica, buena memoria y, muy especialmente, lector de un chingo, pero un chingo de libros.
Bueno, pues si yo recibí alguna vez el mensaje de no ser digno de atención para ninguna mujer, pues me fui al lado opuesto, y desarrollé la capacidad de llamar la atención por medio de lo que escribía. Más de una vez un poema mío fue el detonante, la excusa, la servilleta, el roce. No era un seductor: me involucraba, lo que terminaba de resultar convincente.
Pero dejemos el amor para después: cada vez esto de escribir lo siento más difícil.
Al paso de los años esto de escribir fue adquiriendo otra tónica. Antes escribía más, ahora le pienso, le doy vueltas; es fácil que no me guste del todo lo que hago porque a veces siento que me puedo estar engañando yéndome por la fácil. Creo que me exigo un poco más, o más bien es más difícil que me dé gusto.
Para mí escribir ya no tiene que ver con la opinión de alguna mujer. Tampoco con si ando deprimido o triste. Hoy tiene que ver más con trabajar un sentimiento, una sensación, una imagen, un concepto, y darle la forma en que me gustaría que se leyera. Es algo así como intentar poner sobre la mesa un platillo calentado a 54 grados centígrados, pero sin termómetro a la mano, sólo calculando, quitando o poniendo el calor adecuado, como intuyendo cada palabra, pero teniendo muy claro el resultado final.
Pero es cierto, esa sensación o esa imagen o esa idea ya está dentro de uno. Ya la traigo, pero ahora trato de darle forma, escribir en el pentagrama de la hoja en blanco, el ritmo, la velocidad, la textura, la atmósfera que será interpretada por otra persona. En una palabra, hacer que lea (entiéndase piense y sienta) lo que yo quiero que lea y al ritmo que deseo.
Y sobre lo otro, con escribirle a una mujer, ahí están todos los poemas que me ha inspirado mi amada Nube, mi Carmen, mi mujer, que algún día voy a recopilar.
Por expresar ese lado del corazón, sigo sin batallar, bendito sea Dios.
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