Tengo un buen amigo que cada que nos vemos, quizá cada año o algo así, sale a relucir aquella ingrata mujer que lo bateó. Se trata de una que nunca le hizo caso a pesar de que él insistió por mucho tiempo. Muchos años.
No estoy yo para decir que ella le dio alas, o alas a medias. —"Estuviste cerca", me dice que le dijo ella un día.
La pregunta que yo me hago es ¿por cuánto tiempo uno puede estar enganchado al pasado? A algo "que pudo haber sido y no fue".
Ahora pienso así, pero no siempre lo puse en práctica. Me costó trabajo. Tengo que reconocer que recibí ayuda y que al principio uno no lo dice pero no lo hace, porque no está convencido.
Volviendo a mi amigo, creo que han pasado unos 26 o 27 años desde que conoció a Margarita, que así se llamaba aquella infausta mujer, ahora casada con un extranjero supuestamente de mucha lana. Aún la recuerda y aún cree que él le habría hecho muy feliz tanto como ella a él.
Hoy, que ya no pienso así, pero que durante años fui como mi querido amigo, veo las cosas con otra perspectiva.
Por ejemplo, cuando el pretendiente insiste e insiste, y la mujer en cuestión se hace mucho del rogar. No sé, me da tristeza o lástima que se emplee tanto tiempo en una causa que quién sabe, son obsesiones que consumen tiempo y eneregía. Y uno creo que ya no está para eso. La vida es otra cosa, no estar gastándola así.
Qué bien se siente uno cuando aprende a soltar, a ver que lo que uno es capaz de entregar es tan valioso como lo que uno podría y merece recibir, no menos, y que a fuerza ni los zapatos.
Conociéndome, un día volveré a tener pareja y probablemente a hacer vida en común. Me agrada mucho vivir en pareja como lo viví en el pasado no lejano, pero a veces pienso también en la posibilidad de vivir cada uno en su casa. No estaría mal.
Pero ya me desvié del tema. Hablaba de la inútilidad de ciertas obsesiones, que nadie nos obliga a ello ni nos promete nada, y sin embargo ahí estamos. Hoy, a mis cuarenta y pico, entiendo, entiendo más. No llevo prisa pero tampoco quiero perder mi tiempo. Cada vez actúo con mayor claridad y mis expectativas son más realistas, principalmente porque hago dependerlas directamente de mí, y trato en lo posible de que no dependan mucho de los demás.
De los demás espero cada vez menos y me gusta eso. Lo que tengo que hacer yo sí es bastante y es para hoy. Así que mientras uno se enfoca en su propia vida y se aplica a ella, las obsesiones tienden a ser fantasmas completamente inútiles.
Dejemos las obsesiones solamente para la literatura.
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domingo, 20 de septiembre de 2015
domingo, 21 de marzo de 2010
Dejemos el amor para después
Empecé a escribir como la mayoría de los que empezaron a escribir muy jóvenes, por una mujer, o para conseguir novia, o para tener algo que le pudiera llamar la atención a una mujer.
Cuando entré a la prepa no había tenido ninguna novia, pero bueno, no llevaba un registro de eso. Al poco tiempo me fui acercando a la compañera de junto, una chava que me interesó, morena, pelo rizado, muy seria y aplicada. Se llamaba Mirthala. Y la imagen que guardo de ella es del día que llevaba falda de mezclilla, blusa color acua de manga corta y las pestañas pintadas de no sé qué color. A las pocas semana le dije: ¿Quieres ser mi novia? Y un sábado de septiembre me dijo que sí por teléfono. Duramos unos 15 días de novios, luego la cambiaron de grupo al de enseguida porque había habido un error en las listas. Me quedé un poco triste. Lo más que pasó fue que le di un sopresivo beso en la mejilla camino a su casa.
Como Mirthala se había ido al salón de enseguida, me acerqué a su mejor amiga. Ella se conmovió de que la hubieran cambiado de salón y pues me acompañó un poco en el trance. Y nos hicimos muy amigos. De Mirthala ya ni hablábamos. Ahora éramos ella y yo. De hecho con Mirthala creo que ni nos conocimos bien pues no platicábamos ni salimos. Luego me debió haber cortado, supongo. Pero no me acuerdo. El caso es que la amiga y yo nos hicimos terriblemente inseparables. Ella le gustaba leer y también se aplicaba en la escuela. Su nombre es Sofía.
Meses después le dije que estaba enamorado de ella y me dejó de hablar. Vinieron las vacaciones y al siguiente semestre me dejó de hablar. Luego pasó otro semestre y tampoco me habló. Para el último semestre me levantó el castigo y me volvió a dirigir la palabra, a condición de que el tema aquel quedara en el olvido. Pero en esos dos semestres empecé a escribir. En ese tiempo sabía menos que ahora de lo que era la poesía, pero para mí la poesía tenía que ser rimada, así que le escribía "poesías" que no eran otra cosa que cartitas pero todas rimadas, y por eso, porque eran rimadas, se escuchaban bien. Recuerdo que una de esas cartas, de unas 10 o 15 estrofas, terminaba diciendo:
El asunto es que no me conformaba con escribir esto, sino que además lo publicaba en el periódico mural de la escuela, de tal modo que todo el mundo se enteró que yo me traía algo con la tal Sofía. Al salir yo me fui a Ingeniería y ella se esperó un semestre y luego entró a Filosofía y Letras. Un día ella me invitó de oyente y empecé a ir a la facultad por unos tres años. Bueno, pero esa es otra historia. Sofía fue mi mejor amiga por muchos muchos años, y mis primeros poemas y cuentos fueron para ella, para el amor puro y sublimado que le profesaba. Nada de deseo ni de ningún acercamiento, era una especie de amor platónico. En ella está la génesis de aquella ciudad llamada Yadivia, que no es sino la historia de esa amistad ofrecida en una enorme metáfora de idealización. Una historia vocacional.
Pero desde esos lejanos días yo me proponía ser "escritor". Debería tener 16 ó 17 años. Y de mujeres, nada. Bueno, sí, alguna, una, que cuando me cortó me juré, como cualquier drama de adolescente despechado en toda forma, que se arrepentiría. Muchos años después me la volví a encontrar y me dijo algo muy bonito. Pero esa es otra historia.
Decía que estaba convencido que alguna gracia debía yo de tener, pues no era el mejor goleador, ni el más guapo, ni el más inteligente. Las chavas siempre se fijaban en otros. Tristemente se fijaban en los más patanes.
Creo que me pasó algo similiar que a un escritor muy conocido que cuando estaba en tercer año de primaria la maestra preguntó al grupo que qué querían ser de grandes. El escritor, bueno, el niño, dijo que él quería ser presidente. La maestra casi se burló de él diciéndole que no podía ser presidente porque su familia era protestante. El niño yo creo que que se quedó un poco traumado al escuchar algo así como que no tenía la capacidad. Pues cuando creció, si bien no se hizo presidente, sí desarrolló una inteligencia bien cabrona para critcar al presidente jaja, al poder, a los funcionarios, a toda la clase política. La maestra lo sobajó bien cabrón y el alumno sacó la casta: se hizo inteligente. O al menos lo que socialmente se conoce como inteligente, capacidad de crítica, buena memoria y, muy especialmente, lector de un chingo, pero un chingo de libros.
Bueno, pues si yo recibí alguna vez el mensaje de no ser digno de atención para ninguna mujer, pues me fui al lado opuesto, y desarrollé la capacidad de llamar la atención por medio de lo que escribía. Más de una vez un poema mío fue el detonante, la excusa, la servilleta, el roce. No era un seductor: me involucraba, lo que terminaba de resultar convincente.
Pero dejemos el amor para después: cada vez esto de escribir lo siento más difícil.
Al paso de los años esto de escribir fue adquiriendo otra tónica. Antes escribía más, ahora le pienso, le doy vueltas; es fácil que no me guste del todo lo que hago porque a veces siento que me puedo estar engañando yéndome por la fácil. Creo que me exigo un poco más, o más bien es más difícil que me dé gusto.
Para mí escribir ya no tiene que ver con la opinión de alguna mujer. Tampoco con si ando deprimido o triste. Hoy tiene que ver más con trabajar un sentimiento, una sensación, una imagen, un concepto, y darle la forma en que me gustaría que se leyera. Es algo así como intentar poner sobre la mesa un platillo calentado a 54 grados centígrados, pero sin termómetro a la mano, sólo calculando, quitando o poniendo el calor adecuado, como intuyendo cada palabra, pero teniendo muy claro el resultado final.
Pero es cierto, esa sensación o esa imagen o esa idea ya está dentro de uno. Ya la traigo, pero ahora trato de darle forma, escribir en el pentagrama de la hoja en blanco, el ritmo, la velocidad, la textura, la atmósfera que será interpretada por otra persona. En una palabra, hacer que lea (entiéndase piense y sienta) lo que yo quiero que lea y al ritmo que deseo.
Y sobre lo otro, con escribirle a una mujer, ahí están todos los poemas que me ha inspirado mi amada Nube, mi Carmen, mi mujer, que algún día voy a recopilar.
Por expresar ese lado del corazón, sigo sin batallar, bendito sea Dios.
Cuando entré a la prepa no había tenido ninguna novia, pero bueno, no llevaba un registro de eso. Al poco tiempo me fui acercando a la compañera de junto, una chava que me interesó, morena, pelo rizado, muy seria y aplicada. Se llamaba Mirthala. Y la imagen que guardo de ella es del día que llevaba falda de mezclilla, blusa color acua de manga corta y las pestañas pintadas de no sé qué color. A las pocas semana le dije: ¿Quieres ser mi novia? Y un sábado de septiembre me dijo que sí por teléfono. Duramos unos 15 días de novios, luego la cambiaron de grupo al de enseguida porque había habido un error en las listas. Me quedé un poco triste. Lo más que pasó fue que le di un sopresivo beso en la mejilla camino a su casa.
Como Mirthala se había ido al salón de enseguida, me acerqué a su mejor amiga. Ella se conmovió de que la hubieran cambiado de salón y pues me acompañó un poco en el trance. Y nos hicimos muy amigos. De Mirthala ya ni hablábamos. Ahora éramos ella y yo. De hecho con Mirthala creo que ni nos conocimos bien pues no platicábamos ni salimos. Luego me debió haber cortado, supongo. Pero no me acuerdo. El caso es que la amiga y yo nos hicimos terriblemente inseparables. Ella le gustaba leer y también se aplicaba en la escuela. Su nombre es Sofía.
Meses después le dije que estaba enamorado de ella y me dejó de hablar. Vinieron las vacaciones y al siguiente semestre me dejó de hablar. Luego pasó otro semestre y tampoco me habló. Para el último semestre me levantó el castigo y me volvió a dirigir la palabra, a condición de que el tema aquel quedara en el olvido. Pero en esos dos semestres empecé a escribir. En ese tiempo sabía menos que ahora de lo que era la poesía, pero para mí la poesía tenía que ser rimada, así que le escribía "poesías" que no eran otra cosa que cartitas pero todas rimadas, y por eso, porque eran rimadas, se escuchaban bien. Recuerdo que una de esas cartas, de unas 10 o 15 estrofas, terminaba diciendo:
Si aceptases mi amistad
perdonando lo que he sido
no dudes que estaré
infinitamente agradecido
El asunto es que no me conformaba con escribir esto, sino que además lo publicaba en el periódico mural de la escuela, de tal modo que todo el mundo se enteró que yo me traía algo con la tal Sofía. Al salir yo me fui a Ingeniería y ella se esperó un semestre y luego entró a Filosofía y Letras. Un día ella me invitó de oyente y empecé a ir a la facultad por unos tres años. Bueno, pero esa es otra historia. Sofía fue mi mejor amiga por muchos muchos años, y mis primeros poemas y cuentos fueron para ella, para el amor puro y sublimado que le profesaba. Nada de deseo ni de ningún acercamiento, era una especie de amor platónico. En ella está la génesis de aquella ciudad llamada Yadivia, que no es sino la historia de esa amistad ofrecida en una enorme metáfora de idealización. Una historia vocacional.
Pero desde esos lejanos días yo me proponía ser "escritor". Debería tener 16 ó 17 años. Y de mujeres, nada. Bueno, sí, alguna, una, que cuando me cortó me juré, como cualquier drama de adolescente despechado en toda forma, que se arrepentiría. Muchos años después me la volví a encontrar y me dijo algo muy bonito. Pero esa es otra historia.
Decía que estaba convencido que alguna gracia debía yo de tener, pues no era el mejor goleador, ni el más guapo, ni el más inteligente. Las chavas siempre se fijaban en otros. Tristemente se fijaban en los más patanes.
Creo que me pasó algo similiar que a un escritor muy conocido que cuando estaba en tercer año de primaria la maestra preguntó al grupo que qué querían ser de grandes. El escritor, bueno, el niño, dijo que él quería ser presidente. La maestra casi se burló de él diciéndole que no podía ser presidente porque su familia era protestante. El niño yo creo que que se quedó un poco traumado al escuchar algo así como que no tenía la capacidad. Pues cuando creció, si bien no se hizo presidente, sí desarrolló una inteligencia bien cabrona para critcar al presidente jaja, al poder, a los funcionarios, a toda la clase política. La maestra lo sobajó bien cabrón y el alumno sacó la casta: se hizo inteligente. O al menos lo que socialmente se conoce como inteligente, capacidad de crítica, buena memoria y, muy especialmente, lector de un chingo, pero un chingo de libros.
Bueno, pues si yo recibí alguna vez el mensaje de no ser digno de atención para ninguna mujer, pues me fui al lado opuesto, y desarrollé la capacidad de llamar la atención por medio de lo que escribía. Más de una vez un poema mío fue el detonante, la excusa, la servilleta, el roce. No era un seductor: me involucraba, lo que terminaba de resultar convincente.
Pero dejemos el amor para después: cada vez esto de escribir lo siento más difícil.
Al paso de los años esto de escribir fue adquiriendo otra tónica. Antes escribía más, ahora le pienso, le doy vueltas; es fácil que no me guste del todo lo que hago porque a veces siento que me puedo estar engañando yéndome por la fácil. Creo que me exigo un poco más, o más bien es más difícil que me dé gusto.
Para mí escribir ya no tiene que ver con la opinión de alguna mujer. Tampoco con si ando deprimido o triste. Hoy tiene que ver más con trabajar un sentimiento, una sensación, una imagen, un concepto, y darle la forma en que me gustaría que se leyera. Es algo así como intentar poner sobre la mesa un platillo calentado a 54 grados centígrados, pero sin termómetro a la mano, sólo calculando, quitando o poniendo el calor adecuado, como intuyendo cada palabra, pero teniendo muy claro el resultado final.
Pero es cierto, esa sensación o esa imagen o esa idea ya está dentro de uno. Ya la traigo, pero ahora trato de darle forma, escribir en el pentagrama de la hoja en blanco, el ritmo, la velocidad, la textura, la atmósfera que será interpretada por otra persona. En una palabra, hacer que lea (entiéndase piense y sienta) lo que yo quiero que lea y al ritmo que deseo.
Y sobre lo otro, con escribirle a una mujer, ahí están todos los poemas que me ha inspirado mi amada Nube, mi Carmen, mi mujer, que algún día voy a recopilar.
Por expresar ese lado del corazón, sigo sin batallar, bendito sea Dios.
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domingo, 7 de marzo de 2010
Desvanecimiento de los recuerdos
No sé en qué momento dejé de voltear atrás, pero seguro fue en algún momento de los últimos doce meses.No sé cómo el barco de mis recuerdos se fue separando de la orilla de mi vida, del pedazo de playa que hoy descalzo camino. No sé cómo esos recuerdos fueron desapareciendo en el horizonte. Sólo hasta que quienes aún intentan caminar con el agua a la cintura muestran un trozo de mi arqueología sentimental que se han encontrado tan fácilmente como si nunca se hubieran alejado lo suficiente de mis naufragios amorosos, sólo hasta entonces yo me descubro extrañado.
Me dicen: "¿Recuerdas este punto de la ciudad?¿Recuerdas aquella llamada a las tantas? No, no me acuerdo. "¿Recuerdas cómo me llamabas, lo escribiste?". No, tampoco me acuerdo.
Yo, que he fijado tantas fechas con alfileres en un mapa que se está haciendo pedazos, que he levantado un reporte puntual de la noticia que siempre ha sido para mí el amor, hoy no encuentro novedad ni asombro, intensidad ni sentido en recuperar lo vivido, lo ya muerto.
Cómo es posible, me pregunto, que reciba impávido una señal de vida, un guiño, una palabra de alguien por quien hace unos años habría sido capaz de levantarme dos horas antes y cruzar la ciudad para estar con ella quince munutos.
Uno decide cómo se gasta el parque, pero en cuanto a los cañonazos de amor, esos no se compran ni con 50 mil pesos. No, el amor no se compra. Claro que no.
***
Las relaciones suelen tener tantas ventanas que a veces con una que se quede abierta es suficiente para que el viento revuelva el escritorio, las negociaciones y las esperanzas, y al volver encontremos un pequeño desorden ahí donde había flores y un aroma de amor en el ambiente. Nada de gravedad.
***
No envidio al rico ni al poderoso, sino al que, dueño de su silencio, puede sentirse acompañado siempre por su voz interior y sentir paz.
***
Me cité con dos chavos este fin de semana en un sitio de gratos recuerdos. Les llevé unos libros míos que me habían pedido y algunos de otros autores. Sus comentarios me hicieron saber no sólo que me habían leído con amable interés, sino que aún se acordaban. Gracias a Anaís y a Daniel, que me mostraron su credencial de lectores de este humilde tecleador. Chingado.
***
Regresé a mi otra realidad pero me traje lo más esencial. Me fijé y ya vi que sí me lo traje.
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lunes, 28 de diciembre de 2009
De la geometría del amor a un sólo un gesto
Carmen:
A veces uno se desencanta del amor y le da por tomar parejas intempestivas, de esas que duran lo mismo que el entusiasmo por un grupo nuevo, un best seller, una película.
Pero otras veces uno cree que el amor es algo más duradero, que el próximo año la pareja aún estará ahí con menos entusiasmo y más amor, y que en el fondo, en el fondo, eso de vivir en pareja no tiene nada de enfermo.
A veces en el amor (esa mezcla de negociaciones, dudas, memorias y sueños) uno se expande. Y cree que el otro es la extensión de uno, y viceversa. Pero no. Porque al paso de un mismo puente, a uno le duele un brazo cuando a otro le aqueja un pie; a uno le da calor lo que a otro le da sonrisa.
Y resulta que las parejas intempestivas que duran lo mismo que el entusiasmo por un grupo nuevo no son para quedarse, al menos no cuando ya se ha acabado la música y lo que uno quiere es leer o platicar. O salir a caminar para ver si la tarde es igual a la que uno se imaginaba.
Esos sobresaltos del amor, no del todo mortales, pagan bien a quien se espera, bajo la condición de que no extienden garantía ni admiten intereses.
Sólo el amor puede engañar a la geometría euclidiana, que jura que "dados dos puntos se puede trazar una y sólo una recta que los une". Y también, sólo el amor puede comprobar que mil 732 kilómetros pueden ser del tamaño de un gesto pequeño. Digamos de la comisura de tu boca cuando sonríes. (diciembre del 2009).
A veces uno se desencanta del amor y le da por tomar parejas intempestivas, de esas que duran lo mismo que el entusiasmo por un grupo nuevo, un best seller, una película.
Pero otras veces uno cree que el amor es algo más duradero, que el próximo año la pareja aún estará ahí con menos entusiasmo y más amor, y que en el fondo, en el fondo, eso de vivir en pareja no tiene nada de enfermo.
A veces en el amor (esa mezcla de negociaciones, dudas, memorias y sueños) uno se expande. Y cree que el otro es la extensión de uno, y viceversa. Pero no. Porque al paso de un mismo puente, a uno le duele un brazo cuando a otro le aqueja un pie; a uno le da calor lo que a otro le da sonrisa.
Y resulta que las parejas intempestivas que duran lo mismo que el entusiasmo por un grupo nuevo no son para quedarse, al menos no cuando ya se ha acabado la música y lo que uno quiere es leer o platicar. O salir a caminar para ver si la tarde es igual a la que uno se imaginaba.
Esos sobresaltos del amor, no del todo mortales, pagan bien a quien se espera, bajo la condición de que no extienden garantía ni admiten intereses.
Sólo el amor puede engañar a la geometría euclidiana, que jura que "dados dos puntos se puede trazar una y sólo una recta que los une". Y también, sólo el amor puede comprobar que mil 732 kilómetros pueden ser del tamaño de un gesto pequeño. Digamos de la comisura de tu boca cuando sonríes. (diciembre del 2009).
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