Lo opuesto a Naturaleza, la huella del hombre en el mundo, diálogo con los muertos, amor al conocimiento, "lo que hace el hombre para no sentirse desnudo", cualquier definición que se le dé no sería exacta, pero en mi pútrida ciudad de Monterrey la definición más exacta de cultura sería amor al hambre, odio al trabajo o sencillamente
glamour de clase.
Ahora que murió Monsiváis dejando una biblioteca de más de 20 mil títulos, más de 50 libros escritos, miles de artículos periodísticos que algún día se terminarán de compilar, una turba de sus amados felinos entre los que destacan "Pío onoalco", "Carmelita", "Romero", "Evasiva", "Nana NinaRicci", "Chocorrol", "Posmoderna", "Fetiche de peluche", "Fray Gatolomé de las bardas", "Monja desmatecada", "Mito genial", "Ansia de militancia", "Miau Tse Tung", "Miss oginia", "Miss antropía", "Caso omiso", "Zulema Maraima", "Voto de castidad", "Catzinger", "Peligro para México", "Copelas o maullas"; ahora que se fue el licenciado Carlos Acevedo Monsiváis (o al revés, que no es lo mismo, pero es igual) y que todo el mundo no lo sube de hombre culto, me pongo a pensar en ese estandarte o distintivo de solapa que muchos llaman cultura. Perdón. La Cultura.
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Ayer comí con Efrén, un cuate joven, egresado de Comunicación pero muchísimo más clavado en el guionismo y en el cine, y que es por cierto es nieto de un pintor muy reconocido. De regreso me acordé de Daniel, quien salió de Derecho pero que es más periodista, y además es casi un erudito en Historia. Daniel, por cierto, es nieto de un prominente filósofo.
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Hoy en la mañana repasaba la biografía que Javier Menéndez Flores le hace a Joaquín Sabina. En un capítulo el autor le pregunta sobre su definición de cultura. El cantante da dos o tres ideas, y entre una risa, un chiste y una barrida, habla sobre el "salario mínimo cultural".
El poeta de Úbeda habla de, palabras más palabras menos, "al menos cuatro libros en la casa del más pobre" y que en dicha casa, desde el abuelo hasta el nieto tengan el andamiaje suficiente para poder entenderlos (Uno de Shakespeare,
La Odisea, El Quijote y
Cien años de soledad, sugiere él).
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Mis hijos leen mucho más que yo, sin duda. Seguro vivirán esa influencia de su madre. Y mía, claro. El punto, pienso, es que en casa el contacto con los libros debería ser lo más natural del mundo, como hacer pipi, como comer, como ver televisión. Uno no dice, "ayer hice pipí tres veces", o "tengo ganas de ver televisión", pues no. Simplemente se realiza y ya, y si hay algo especial pues se comenta y punto.
La madre de mis hijos en los tiempos en los que me era cercana, podía leer cuatro o cinco libros (novelas, pues) en una semana. Yo estudié Letras, así que tenía que leer me gustara o no el texto.
Pienso que mis hermanas y yo tuvimos mayor acceso a la educación formal, más que mis padres, quiero decir. En promedio. Mi mamá tiene una profesión y mi papá no. Pero es éste último a quien yo recuerdo más apegado a la lectura. A la lectura y la discusión de ideas, a la política, al cuestionamiento.
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Nota
Acabo de encontrar un recorte curioso en un cinturón de comentarios de un blog. Es extraño que te usen como referencia. En el contexto del comentario que copio enseguida, no supe si alegrarme o no:
"Hola Sandro, no sé cómo comunicarme contigo sin que mi correo se vaya a algun procesador automático, asi que escojo este medio para decirte primero que Leonora está bellísima, y que has de estar tan orgulloso de ella como yo de mi Jimena y mi Diego. Segundo, estoy ayudando a un amigo muy necesitado de trabajo a conseguir trabajo como editor y/o corrector de estilo. Como comentarista en cuestiones culturales tiene una pluma afiladísima, solamente hay que ver cómo trae a Gerardo Ortega en su blog de Lunes a diciembre en el diario Milenio.com Su nick es ***, su nombre real es ***. Ojala si te enteras de lo que sea, no importa el giro de la revista, me lo hagas saber. Mi correo es el mismo de siempre:"