sábado 17 de diciembre de 2011

Una helvetica en el florero que nos mira

Carmen es diseñadora. Bueno, eso ya lo saben. Mi cuate Martín también es diseñador y nos conocimos chambeando. Él en su papel, y yo como editor. Varios diseñadores más conozco, de los tiempos en el periódico y ahora mismo, en mi actual chamba. Mi problema, mi asunto es el siguiente: ¿Cómo llegar a una mejor comprensión, como si de un matrimonio se tratara, del papel del otro?
Los editores culpamos a los diseñadores de que no leen y que no les interesa el texto más que como la mancha esa que hay que acomodar junto a unas imágenes que deben lucir lo mejor posible (corregidas, con buena resolución, etc.). Cuando un trozo de texto queda fuera, pues ni modo, que venga el editor a acomodar (y tienen razón).
Los diseñadores nos echan en cara que no les damos el texto completo de una vez y para siempre, y que a veces deseamos poner textos y fotos en un espacio no apto para ello. Nos echan en cara los tiempos de entrega porque luego los andamos presionando que nos tengan todo a tiempo cuando no hemos entregado el material completo o debidamente ordenado (y tienen razón).
Pero creo que en la mesa de esta pareja que está discutiendo, tratando de ponerse de acuerdo, hay una carta común interesante.
Hay un tema concreto que reúne el asunto de la menor o mayor legibilidad con el asunto del diseño. Este tema de bisutería editorial es la tipografía, ingrediente que pone en juego lo mejor de dos mundos. Nada mejor que ambos, diseñador y editor, se muevan en la mesa del diseño editorial, y que ambos, más el diseñador, tenga un amplio conocimiendo del mundo de la tipografía.
Un editor siempre agradecerá, estoy seguro, que el diseñador sepa haga un descolgado del andamio de la Helvética para los titulares, y se reúna con nosotros en el interletrado, interlineado y remates. Se agradecerá que se meta un poco a los pasillos de las fuentes humanistas a ver si hay algo interesante que traer, o quiera pisar en calcetines para traer algo más geométrico para los sumario, digamos.
Recientemente me acabo de encontrar con un artículo que toca el tema de la selección tipográfica. Lo escribió Mariana López González (@MarianaLogon), quien estudia en la Ibero en Puebla y tiene tres años de trayectoria en estos terrenos. El texto se titula

Ensayo Helvética
¿La selección tipográfica debe tener relación con el contenido del texto?

Se puede decir ‘te amo’ en Helvetica, y se puede decir en Helvetica Extra Light si se quiere ser elegante, o se puede decir en Extra Bold si es muy intenso y apasionado, y podría funcionar. También se puede decir ‘te odio’».1 Massimo Vignelli

Después de ver el documental de Gary Hustwit, Helvética, algo llamó mi atención. Un concepto de la tipografía en el que hay desacuerdos entre diseñadores. Todos saben que la tipografía debe expresar algo, pero es en «el cómo» y «el qué», donde surgen ideas contrarias. Massimo Vignelli parece insinuar que puedes decir cualquier cosa con Helvética y, por el contrario, David Carson cree que hay cosas que Helvética no puede decir. Para poder saber quién de los dos tiene razón (si es que solo uno de los dos la tiene) debemos primero definir si la tipografía debe ser expresiva en sí misma, o si la expresión debe darla el contexto. Conviene hacer un análisis sobre la historia de Helvética y su evolución para encontrar una respuesta.

En 1956, Edouard Hoffmann de la Fundidora Haas, encargó a Max Miedinger el diseño de una nueva tipografía sans serif que fuera neutra, legible y clara. Esta tipografía debía ser un rediseño de Akzidenz Grotesk. Para no hacer el cuento largo, la tipografía Neue Haas Grotesk nació en 1957. Luego se cambió el nombre por Helvética (proveniente de Helvetia, nombre latín para Suiza) para comercializarla. Pero ese no es el dato que quiero resaltar. Lo importante de la historia son las características que se buscaban en la tipografía; la legibilidad es un punto que siempre se ha buscado, pero además debía ser neutra. Una tipografía que no tuviera connotaciones en sus trazos, que no tuviera ideas implícitas ni mensajes ya inscritos en ella. Una tipografía para todos. Limpia, clara, ordenada. Helvética fue muy bien recibida; por el punto de la historia en que nació, por la estética de la época, etc. Pueden argumentarse muchas cosas, pero funcionaba. Su claridad y limpieza convenció a diseñadores de todo el mundo.

En los noventas llega David Carson con su «tipografía experimental» y da pie a la «Tipografía grunge». Este movimiento da un giro completo a los conceptos que se tenían sobre tipografía. Un enfoque totalmente diferente en el que la tipografía es expresiva por sí sola. Las letras se cortan, se deforman y se crean composiciones con ellas de tal manera que lo más importante es la expresión, más que la claridad. Y si bien los diseñadores de más experiencia no aprobaron este movimiento, los diseñadores más jóvenes lo aceptaron porque rompía con las reglas que conocían sobre tipografía: claridad, legibilidad, retículas, etc. Así como la Helvética nació de un deseo de romper con lo que se conocía, ahora era reemplazada por la misma razón. Pero, como se ve en el documental, una vez «superado» el movimiento grunge, los diseñadores desearon regresar al orden que se había perdido y reencontrarse con los tipógrafos tradicionales como Bodoni, Garamond, Manuzio, Baskerville, etc.

Al analizar mi trabajo de diseño, me doy cuenta de que está más bien influenciado por la etapa post-grunge, que recupera el orden, incluso por la tendencia del minimalismo. Me gustan los diseños limpios y claros. Quizás por eso me gusta la Helvética, la limpieza y casi perfección de sus líneas. Pero aunque esa sea mi forma de diseñar, no puedo decir que estoy cien por ciento de acuerdo con Vignelli cuando dice que una palabra debe expresar lo que dice la palabra, más no la tipografía. O con Wim Crowel que también está en desacuerdo con diseñar con muchas tipografías diferentes. Sobre este tema Vignelli dice: «No es que no crea en la tipografía, es que no creo que haya muchas tipografías buenas».

En su Diccionario Crítico de Diseño, Juan Guillermo Tejeda aborda este tema: «¿Hay una sobrecarga de tipografías, una Babel de textos?». Habla de Rudy VanDerlans, parte de un grupo que se dedica a la tipografía digital. VanDerlans piensa que seguir diseñando tipos es innecesario e incluso crea ruido. Parece entonces estar de acuerdo con los diseñadores que mencioné anteriormente, cuya idea es que sólo se debe trabajar con unas cuantas tipografías, y más es redundante. En el documental de Helvética se habla de la costumbre de usar muchas tipografías dependiendo de cada caso como una característica de los diseñadores jóvenes.

Pero no todos los diseñadores entrevistados piensan así. Mencioné ya a David Carson con el caso de la tipografía grunge, pero hay más diseñadores que tampoco consideran oportuno usar pocas tipografías. Stefan Sagmeister, con un punto de vista más radical, hace la comparación entre un diseñador y un escritor: el diseñador que sólo utiliza una cantidad limitada de tipografías es como un escritor que solo escribe con un número limitado de temas. Se pregunta por qué teniendo un mundo de diferentes tipografías que escoger, solo trabajarías con unas cuantas.2

Tantas opiniones diferentes me impulsaron a buscar la mía. Tal vez no hay una respuesta correcta, o ambas posturas son correctas. Si nos apegamos a la definición de tipografía, las letras hechas a mano quedarían fuera. Sin embargo, hoy en día con la revolución digital, esa definición ha cambiado. Porque la tipografía está al alcance de todos, y no solo puede cualquier usuario acceder a diferentes tipos, sino que también puede modficiar sus características, como grosor, familia, tamaño, interlínea, etc. Tejeda lo llama una «alfabetización tipográfica universal». Si la tipografía ya es universal, entonces por definición debe ser diversa.

Para resolver la pregunta que planteé al inicio, vuelvo a citar a Tejeda:

«El diseño de letras, finalmente, se alimenta de la necesidad de devolverle al texto escrito la vivacidad del habla».

La vivacidad del habla, eso es lo que se busca, y estoy de acuerdo con ese planteamiento. Entonces la tipografía que se use debe de ir relacionada con el tipo de habla que se va a traducir: un logotipo, un libro, una portada de CD. Todos estos productos de diseño tienen diferentes entonaciones, por decirlo de alguna manera. Un profesor, un amigo, un padre, todos hablan diferente. Así, los productos de diseño deben de hablar diferente. El mundo no sería igual sin los alocados diseños de Carson, pero tampoco lo sería sin los ordenados diseños de Crowel. Todos los diseñadores tienen parte de razón, y esos desacuerdos, esos puntos de vista opuestos, son los que convierten al diseño en una disciplina que visualmente da resultados muy ricos. La tipografía es parte del diseño, ¿por qué entonces no nos sabría igual de rico? Solamente es cuestión de descubrir qué tipo de sabores nos gustan para saber si vamos a trabajar con Garamond, Helvética Regular, con Futura Condensed Extra Bold, o nuestra propia caligrafía.


1.Cita original en inglés: «You can say ‘I love you’ in Helvetica, and you can say it in Helvetica Extra Light, if you want to be fancy, or you can say it in extra bold if it’s really intense and passionate, and it might work. You can also say ‘I hate you’».
2.Sagmeister trabaja también con letras trazadas a mano, y en ocasiones para el mundo de la música, en portadas de discos.

Las manos y el verano

Quizá fuiste el país natural o sueño de lo que empezaba a ser, no como esta historia que se llora absurdamente en la ventana, ni como la otra, la que garabateaba en una libretita entre un trayecto y otro, mirándome los pies y pensando.

Porque uno puede creer en la lluvia o en la playa, porque los pies la saludan y nos hace sonreír, pero no se puede creer en lo que no es cierto, o en aquello que es un error de algún Dios oculto y mentiroso.

Estoy ahora en el Golfo y miro la playa del Pacífico, como si mirara mi mano izquierda, desde la derecha que está escondida en la distancia. El sol ya duerme bajo la tierra, y el aire, que había bajado la cara humillado, ahora respira. Del mismo modo ahora respiro e intento juntar mis manos, no para orar, sino para volver en paz a mí mismo en donde me recojo en dos a la mitad de mi vida.

Tal vez vivir y amar sea una contradicción, pero no lo es juntar estas manos que alguna vez te acariciaron, y esperar a que pase este verano para que llegue otro más grande y más lejano.
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Los diseñadores

Como editor, mi vida laboral tiene el destino manifiesto de hacer mancuerda con diseñadores. En los últimos años me ha tocado convivir y contrabajar al lado de estos oficiantes del buen gusto visual con fines comerciales. Ellos me han enseñado mucho.
Primero en una revista del Congreso por dos números, y después en Conarte por unos cincuenta números, me tocó conocer y de inmediato hacer pareja con Martín. Hoy somos cuates, pero en los primeros años me tocó lidiar con su mutismo, con su aparente indiferencia ante el mundo exterior y con su humor. Nos quedábamos hasta la madrugada cuando era necesario, revisábamos las pruebas en la imprenta, la calidad de la impresión, diálogos mínimos.
Juntos hicimos medio centenar de números de 64 a 68 páginas cada quincena. Más tarde me fui al periódico, ahí fueron tres páginas diarias durante casi dos años, más un suplemento diario adicional con esto del Fórum de las Culturas. El diseñador no tenía tiempo de decir pío, mucho menos de quejarse.
Para el Urbanario también trabajo con una diseñadora, y aquí en La huella del coyote lo mismo. (El trato con el diseñador es un capítulo aparte)
Alguna vez tomé un curso de diseño editorial, por ahí otro de corrección de estilo y en otro tiempo uno de periodismo digital. Con esto quiero decir que he intentado revisar mi trabajo tratar de mejorarlo.
Pero volvamos con los diseñadores.
En otro momento ya he comentado que la gran mayoría de los diseñadores editoriales provienen del campo del diseño gráfico. Tal vez sea la rama más cercana que hay a la mano, pues se manejan casi las mismas herramientas (excepto el fundamental Indesign que pocos diseñadores gráficos conocen bien), pero con el tiempo las diferencias entre ambos tipos de diseñadores me parecen cada vez más grandes.
En principio, los DG tiene su base en la cultura visual y publicitaria, esa que atiende a proporciones, colores, equilibrio, mensaje, y que le apuesta a un único impacto eficaz. Los DE, por otra parte, deben o deberían tener sólidas bases en una cultura de la letra impresa. No encuentro otro modo de encuadrar el trabajo de aquellos que cuyo objetivo es armar libros, periódicos y revistas (no sólo carteles). Es elemental que estén familiarizados con estos tres objetos.
Por desgracia, según he visto de cerca, los diseñadores (gráficos) y buena parte de una instancia empleadora tienen la creencia de que el diseño editorial lo puede realizar sin mayores problemas un diseñador gráfico. El problema es que sí hay problemas.
Estoy acostumbrado a que la chamba sale o sale, no importa cuántas horas continuas hay que trabajar. Ese es un problema mío, porque no en todos lugares piensan así. El asunto es que si hay que quedarse toda la noche, o si hay que elaborar una muy buena coartada, en ambos casos el diseñador tiene que ser tu sombra, debe haber una coordinación absoluta, casi telepática (exagero)
Sin embargo, cuántas veces mi diseñador y yo pensábamos lo mismo al escuchar el timbre del teléfono, o cuántas veces uno entendió perfectamente cómo iba a estar la jugada con sólo escuchar el tono de voz del otro al teléfono.
Dios: danos muchos diseñadores editoriales. Dios: danos muchos y muy buenos diseñadores editoriales, que tu santo reino de la letra impresa necesita más de estos que amen y veneren con mucha devoción al menos al santo de su familia tipográfica, y tengan el placer de posar su vista, Dios por tu merced, en un libro, por favor Señor nuestro, bien diseñado. Te lo pedimos por tu santo nombre amén.

jueves 8 de diciembre de 2011

Mitomanías

Admiro a algunos creadores de historias, pero inventárselas y vivirlas es otra cosa. He conocido a dos grandes mitómanos, uno fue Iván Uranga, un verdadero mago de las personalidades, todo un artista. Iba por el mundo engañando gente, estafando, pidiendo prestado, contando historias, lo curioso es que lo hacía muy bien y nadie sospechaba. Cuando lo descubrían desaparecía, se iba a otra ciudad. Lo conocí en Monterrey como en el 98, y en el 2002 acababa de dejar su rastro con una amiga que conocí en el DF. Muchas anécdotas interesantes salieron de conocerlo, algunas muy tristes. Espero que no cause más daños.
La otra persona es una chava que conocí muy de cerca. Interesante la tipa. Mentía a la perfección, algo no le funcionaba bien en su cabecita. Creo que no tiene ningún caso hablar de ella si no voy a decir algo bueno. Y menos si es una persona muy conocida, al menos en el ámbito del periodismo.
Pero tristes casos.

miércoles 9 de noviembre de 2011

Un balón de futbol

A mi hijo mayor le gusta el futbol, ya lo he dicho, y además le va a las Chivas, lo cual tampoco me da problema. Yo no soy futbolero y los equipos esencialmente no me interesan.
Mis dos hijos y yo casi cada fin de semana vamos a un centro deportivo a jugar o a que ellos jueguen.
El otro día, de rergeso de jugar, observé cómo se divertían, o más bien, cómo celebraban. ¿Qué celebraban en sí? Nada. Todo. Jugar. Venir de jugar. La vida.
Mi hijo mayor tiene 13 años y no hace mucho recuerdo que yo tenía su edad. El menor tiene 10 años y estoy enamorado de él. Ambos me hacen ver los detalles de la vida que había dejado de ver con el tiempo.
Hace unas semanas compramos un balón de fut. Costó 63 pesos. Y es la inversión más curiosa y significativa que he hecho. Porque con ese balón jugamos, a veces hemos jugado los dos niños de Carmen y los dos míos, los cinco. Ese balón nos ha dado alegrías. Qué importante puede ser un balón de 63 pesos.
Sí, ya sé que lo importante es el juego, no el juguete. Pero el asunto es que aquí el futbol es importante. Veo con sorpresa que Andrés, mi hijo menor, era malo, le daba hueva patear el balón, pero hoy es tiempo que no se arremanga ante un riflazo venga de quien venga. Puedo pegarle al balón con toda el alma, estar ellos en la portería y entrarle a pararlo. No se arrugan los canijos. Agarro vuelo y le pego el balón. Y mientras se lanzan a pararlo veo que me gustaría que así fueran ante la vida, entrarle sin miedo a como venga.
Tal vez me estoy volviendo marisco por estar amando a dos hombres y al mismo tiempo. Pero me vale.

domingo 30 de octubre de 2011

Las cargadoras

Un tema recurrente en las pláticas de Carmen y yo es la forma en que las mujeres buscan, consiguen, se relacionan en pareja.
Ella me ha ayudado a ver que el tema es más profundo de lo que parece, pues esto de conseguir y conservar una pareja estable es un asunto importante para muchas mujeres. Por lo general, casi en todos los casos, llegamos a la conclusión que una mujer con pocas herramientas, inmadura o que le faltó concluir etapas anteriores, se relaciona de una manera poco sana. Lo curioso es que no se da cuenta y se empeña en buscar en donde no hay. O se conforma con lo poquito que recibe.
Es el caso de las mujeres muy jóvenes que se fijan en un tipo inmaduro pero ejercitado en el alarde "masculino", me llama la atención que estas mujeres aguantan ser mal tratadas, y a veces hasta les causa gracia. Parece que les gusta.
En conclusión, tengo para mí dos cosas: una, que es bien común que la chava venga arrastrando una bolsa enorme de basura en la espalda. A qué le llamo bolsa de basura, pues a la carga del ex, a las expectativas de los padres, a la culpa que no las deja y a la presión de ciertas amistades, ah, también al peso de ciertos prejuicios inútiles.
La segunda cosa que tengo clara es que el padecimiento más común en las mujeres con las que he tratado, es su bajísima autoestima como para creer que merecen ser amadas por alguien especial y en exclusiva, por supuesto. Creo que muchísimas lo desean, pero no saben cómo conseguirlo, o bien piensan que eso no se hizo para ellas. Muchas prefieren (dicen que porque así lo decidieron y yo les creo) tener una relación libre (algo que los anglófilos llaman free) en lugar de establecerse con alguien en una relación amorosa estable. Me recuerda a los niños que dicen "que al cabo que ni quería" por no reconocer su incapacidad de obtenerlo.
Aquí entre nos les voy a confesar algo que para mí tiene un atractivo afrodisíaco muy peculiar, es la seguridad y la buena autoestima que se traduce en independencia.

lunes 3 de octubre de 2011

La culpa fue de José Agustín

Pues si quieres me alcanzas y nos vemos allá, me dijo Javier Narváez al teléfono. Estábamos a punto de colgar, pero su propuesta de último momento me hizo pensar.
Era agosto del 95. Estaba en el DF en casa de mi amigo El Chore, a quien ya no le llamamos así porque me imagino que ya todos somos hombres de bien en donde no caben los apodos que insinúen una falta de tacto. Estaba con el Chore y su familia, como lo hicimos con frecuencia en esa época bohemia, de veladas, lecturas en vivo ante un pequeño pero entusiasta público.
Había publicado un mes antes un cuaderno con mis poemas, mi primera publicación individual. Tuve una presentación en Monterrey y otra en el DF, en la Casa del Poeta, y esa tarde hablaba con Javier Narváez, quien tenía un programa en Radio UNAM, buscando yo una entrevista.
No puedo, pero regreso el lunes, me dijo por teléfono. Estaba por salir de la ciudad a un homenaje a José Agustín en la ciudad de Cuautla. En mi vida había escuchado la ciudad, y mucho menos sabía cómo llegar. El sur de la ciudad de México era lo más al sur que había estado de todo el país y ahora Javier me sugería que lo alcanzara por allá.
Está bien, nos vemos allá, allá nos vemos. Y salí, siguiendo las indicaciones de Narváez, primero a la línea azul del Metro, llegué a Taxqueña, tomé un autobús con rumbo a Cuautla, a donde llegué después de casi dos horas de camino.
Homenaje de los jóvenes escritores a José Agustín, se llamaba el evento de dos días, el cual me perdí casi todo. El acapulqueño cumplía 51 años y en el homenaje había dos o tres caras conocidas, que luego no me interesaron porque en aquel viaje conocí a Lulú.
La ciudad y especialmente ella me habrían sido absolutamente olvidables de no ser porque un año después me casé con Lulú, tuvimos dos hijos y algunas otras cosas buenas antes de fumar el acta de divorcio 10 años después de aquel agosto del siglo pasado.
¿Cómo fui a ir a aquel homenaje? No lo sé. Azares del destino, pero a mí me gusta pensar que la culpa es de José Agustín.

sábado 1 de octubre de 2011

El iphone

Por Victoria Ojeda*
Mi primer hijo lo perdí a los 18 años, mi mamá me acompañó en el hospital, aquí en la casa, estuvo conmigo en todo. En verdad le agradezco que no me hubiera reprochado nada, ni antes ni después, antes al contrario. Soy yo la que no se ha podido reponer. Lucía, una amiga de mamá quien también perdió un bebé, dice que nunca se repone una, que nomás le queda sobrellevarlo, y que Dios quita, pero que también Dios enseña. “Todavía lloro, y no me gusta, pero a veces siento que no puedo”, le digo. Sé que me entiende, me gusta cómo me mira, cómo me abraza. Me gusta cuando Lucía y yo nos abrazamos.
***
Conocí a Roberto hace unos cinco meses al salir del trabajo. Me lo presentó Marta en el café. Marta es una amiga que conocí en donde trabajaba antes. Ahí todos eran muy serios, entraban a las 9 y se iban a las 6. Una vez nos quedamos más tarde y al final me dio aventón a la casa porque ese día tenía el coche en el taller.
Pues Marta y yo nos vemos al menos cada 15 días. Nos ponemos al corriente de nosotras mientras comemos un pastelito. Ese día llegó Roberto. Yo no lo había visto cuando se acercó con ella. Hablaron unos minutos y se despidió de mí con un “mucho gusto”.
A las tres semanas me invitó a tomar un café y desde ahí empezamos a salir. A conocernos, pues. Me contó que había enviudado a los tres años de casado y que desde entonces su vida era puro trabajo. Yo le conté lo de mi bebé y de estos seis años sin él.
En agosto en mi cumpleaños me regaló un IPhone. Él pasaba varios días en Mexicali y en ese tiempo yo me movía mucho entre Tijuana y Ensenada. Por las noches me mandaba un mensajito antes de dormir, luego fueron dos… la verdad es que yo también le contestaba.
Nos veíamos poco. Cada 15 días. No sabía si buscaba algo serio o si tenía miedo o si nomás buscaba tener compañía. Para los hombres eso se les hace fácil, pero yo no quería pasármela probando.
Confieso que cuando no tenía noticias de él me sentía algo incómoda. El Iphone era como una extensión de su mano o de su brazo. Me sentía segura aunque nunca le llamara. `
***

Era la primera vez que tenía un teléfono tan motherno. Es un G3 seminuevo que era de Roberto. Él se compró un G4. Veo que tiene muchas funciones. “No son funciones, se llaman aplicaciones, y le puedes poner más”, me explica Marta. “Ash, mientras me sirva para hablar con eso me conformo”.
***
Es muy raro, pero ya van tres veces que llaman y preguntan por una tal Michelle, muy raro porque este teléfono hasta donde sé Roberto lo compró nuevo. En una de esas llamadas vi en la pantalla la foto de una tal Denise. Era una foto extraña, tal vez de una fiesta de disfraces o de un carnaval porque era de un hombre vestido de mujer.
***
Hace poco descubrí que se podían tomar fotografías y después ponerlas en la computadora. Por varios días estuve tomando fotos: en la playa, en la calle, frente al espejo, con ropa de calle, con un vestido muy bonito que hacía mucho no me ponía, con Marta en el café… El sábado me senté a verlas. Junto a mis fotos aparecían las del hombre del carnaval, la Denise esa, al parecer es un amigo de Roberto, pues sí, salen los dos. No sabía que fueran actores.
Después de que Marta me explicó algunas cosas, apagué el iphone y no he querido saber nada de Roberto. Tal vez lo venda o lo dé por perdido, total, he tenido pérdidas más importantes.
*Narradora originaria de Mexicali. Contactos yadivia@hotmail.com

lunes 26 de septiembre de 2011

Toros

Mi infancia se desenvolvió ajena a los espectáculos masivos. No me atrapó un partido futbol por televisión los domingos, mucho menos fui a un estadio. Nunca pisé una función de box ni de lucha libre. Los únicos dos espectáculos masivos que seguí con atención, a través de la pequeña televisión en blanco y negro que tuvimos hasta mis 15 ó 16 años, fueron la visita del papa Juan Pablo II el 31 de enero de 1979 y el campeonato de futbol que Tigres ganó en el año 82.
Los setenta y por poco los ochenta fueron décadas perdidas para mí. Llegué a los artistas masivos hasta el 86 con los Hombres G. Enseguida algo de Bosé de principios de los noventa y se acabó. Un par de veces fui a una discoteca en aquellos años, la primera fue una tardeada el domingo 3 de diciembre de 1989 en el bar Uno, que también se llamó SS Club, en el Centrito del Valle en San Pedro.
Un único espectáculo masivo presencié desde mis cinco o seis años hasta los 12 o 13: La fiesta brava, las corridas de toros. Mi papá me llevaba a la Monumental Monterrey, no muy seguido, pero sí con alguna frecuencia. Al principio, pues no entendía nada, comía mocos.
Es una tradición algo dogmática, como a los pequeños que se les lleva a misa los domingos y de grandes a su vez llevan a sus hijos a misa. Son ese tipo de verdades que no se cuestionan, si te gustan, vas, si no, pues no vas.
Así yo, llevé a mis hijos años más tarde. Algunas corridas recuerdo, como la del sábado 18 de noviembre del 2006 en que se fue la luz al momento en que el matador estaba a punto de matar. Toda la plaza quedó a oscuras. Una luz pequeña pero potente hizo un cono. Era una cámara al parecer de televisión. En ese momento Eloy Cavazos, el maestro, el anfitrión, el papá de los pollitos, el que no iba dejar que nada malo pasara, brinco al ruedo y mató al toro ante la ovación de todos los asistentes.
Eloy mismo, ahora ya retirado, se caracterizaba por algunos hábitos en la plaza. Una de ellas era que cuando la banda de música andaba pescando moscas, tocando otra rola de relleno, él los llamaba desde la arena, muleta en mano, ey, sí, ustedes, y con el índice apuntaba el piso, aquí, el de aquí. Tronaban los primeros acordes del Corrido de Monterrey. Los asistentes decían, ándale, ahora sí, pues que no aprenden (refiriéndose a los músicos).
Los toros son el único espectáculo masivo que adopté. Hoy está muy de moda esto de la protección a los animales. Entiendo que son gente cuyo padre nunca se quiso comunicar con su hijo llevándolo a los toros. Quizá a esas personas que se oponen a las corridas les parezca algo atroz. Seguramente tienen razón. Los toros, como la lucha libre, incluso creo que el futbol, son aficiones que uno más bien las pesca de pequeño o no las pesca nunca.
Dice el periódico que ayer se llevó a cabo la última corrida en la región autónoma de Cataluña antes de que entre en vigor, el 1º de enero del 2012, la prohibición para la fiesta brava en aquella zona de España.
Es probable que en México terminan por prohibirse en los próximos años. Ni pedo. No voy a salir con mis mantas a defender el derecho de los toros, ni tampoco el de los toreros a matar toros. Una le leí o le escuché Fernando Savater decir que los animales no tienen derechos porque no tienen obligaciones. Sí, entiendo el tema de la crueldad, hay países que lo tienen más clarito que otros. Sin embargo creo que hay una relación más estrecha y más compleja que se da entre el toro y el matador y entre éstos y el público.

viernes 23 de septiembre de 2011

Primerear y segundear

Son dos actividades comunes en el puerto. La primera se refiere a recorrer, a pie o en coche, la calle Primera.
Ensenada se caracteriza por que las calles de su primer cuadro y paralelas a la playa están numeradas. De la Primera a la número 18. La que bordea la costa se llama Bulevard Costero, la que sigue ya es la Primera. Es la mejor cara para que paseen los gringos que bajan del crucero dos o tres veces por semana. Hay cafés, restaurantes, salas de masajes (la mayoría de los gringos son adultos mayores), farmacias (ídem), hoteles.
La calle Primera, en esta cara bonita, tiene nueve cuadras de largo. La calle quiebra un poco, no mucho, dos veces y hace forma de serpiente. Las banquetas a ambos lados son relativamente anchas, unos cuatro metros en promedio, y la calle es de dos carriles, uno en cada sentido. En algunas partes la calle le come unos tramos a la banqueta para que se estacionen lo coches y los dos carriles queden igual de libres. Los fines de semana parece desfile de camionetas y muchachas y jóvenes que salen a primerear.
En otras partes, sobre la banqueta, hay unos recintos de madera con mesas adentro. La mitad de arriba es de vidrio y son como una extensión del restaurante o café que tienen a un lado. En el interior se puede ver familias, amigos, turistas, gringos, tomando cerveza o fumando o comiendo una ensalada. La calle Primera está diseñada para caminarse sin sentir la distancia que ya recorriste. Siempre hay algo que ver y no cansa.
De la calle Primera a la frontera con Estados Unidos hay una distancia no mayor a 115 kilómetros. Esta condición fronteriza hace no sólo que sea común ir de compras o de paseo a San Diego, sino que un volumen de los productos que se consumen en la ciudad provenga de aquel lado de la frontera.
Un automóvil mediano, por ejemlo, modelo 96 puede adquirirse en mil dólares. Son comunes los locales, establecimientos semiinformales, en donde se venden artículos usados en buen estado: lavadoras, ropa, mesas, juguetes, zapatos. Da la impresión de que los armarios gringos terminan aquí.
Segundear se refiere a recorrer y comprar artículos en las “segundas”, que es como llaman aquí a las tiendas de objetos usados.

jueves 22 de septiembre de 2011

"Enteipar"

Los romanos llevaron el latín, el latín de la banda, se entiende, no el de los “léidos”, a la Hipania, es decir, a lo que conocemos hoy como España. Don Antonio Alatorre, que es, o más bien era un erudito filólogo porque se nos fue hace menos de un año, ubica el nacimiento del español entre el año 950 y mil de nuestra era, o sea hace unos diez siglos. Mil años, pues, pa’ redondear.
Decía que estos romanos, muchos de ellos con más masa muscular para conquistar territorios que interés en crear escuelas de idiomas, entraron a la Península Ibérica en oleadas y por zonas. A donde fueron, latinizaron los pueblos. Se pelearon con muchas tribus que se oponían a esta colonización, pero al final de cuentas se impusieron.
La ciudad de León, por ejemplo, guarda bajo sus sábanas el nombre de aquella legionem romana. La ciudad de César Augusta derivó en Zaragoza. El Montjuic ibérico pasó a llamarse Favia Paterna Barcino y luego, siglos más tarde, ya se llamó Barcelona.
Una promiscuidad de lenguas debió ser aquello: Ibéricos, celtas, carpetovetónicos, mezclándose con el latín de los gandallas romanos.
¿Quién se impuso? El latín, por su puesto. O mejor dicho, el amasiato que tuvo el viril latinazo con las sometidas lenguas, y también la encerrona que se tuvo con el árabe sin límite de tiempo. O por unos cinco siglos que es casi lo mismo. Alabado sea el Señor y los cristianos dándole.
El latín cohabitó con varias parejas, unas aquí y otras allá al mismo tiempo, y también tuvo serios romances. Romance, ahora en el sentido original, significaba “al estilo de Roma”. Los maestros, entre ellos nuestro admirado Antonio Alatorre en sus Los 1,001 y un años de la lengua española, explica cómo el latín se romanceó y se trocó castellano.
El español es el hijo natural de una poderosa lengua con muchas amantes. No podemos meter las manos al fuego para defender su “pureza lingüística”, al contrario, el flujo se enriqueció y alimentó nuestra forma de percibir el mundo pues, como dijo Wittgestein, “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.
“Encuentran a hombre enteipado”, decía el titular del periódico local hace unas semanas. Me detuve y lo leí de nuevo. Leí bien: “Encuentran a enteipado”. No sabía qué era estar “enteipado”. Investigué, y resulta que el verbo significa amarrar con “teip”, que es como los naturales de este hermoso puerto llaman a la cinta adhesiva.
Escuchar el término “enteipar” a nadie sorprende aquí porque en los trabajos le llaman “teip” a las cintas. Y “teip”, como todo el mundo lo sabe o lo imaginaba menos yo, proviene de “tape”, que en el inglés más elemental significa cinta.
Esta historia se parece a la de los romanos que conquistaron ganaron tierras para el Imperio.
Hoy por hoy, el viril inglés, al mejor estilo de romance ibérico, nos está dando en cuatro patas y nosotros, ni hablar, mordemos la almohada porque de ahí comemos. Del desarrollo tecnológico cuyos manuales vienen en inglés.
Maestro Alatorre, volvamos a empezar.

miércoles 21 de septiembre de 2011

Dedicar un libro

Cuando empezaba a estar joven publiqué un pequeño cuaderno, plaquette se les llama, de poemas. Esa primera publicación individual la dediqué a una chica que pretendía, a mi mejor amiga de ese entonces, "y a mis cuates del taller".
Algunas otras veces he dedicado poemas. Sobre este punto unos amigos y yo alguna vez discutimos que una vez dedicado el texto, es de mal gusto borrar o cambiar esa dedicatoria, aun y los ojos o corazones retroactivos. Sea como fuere, y más allá del debate minucioso de que si es exactamente lo mismo decir para que decir a, antes del nombre del dedicado, para alguien dedicado a las letras tiene un valor simbólico muy especial el dedicar un artículo, un poema y, especialmente, un libro.
Queda claro, al menos para mí, que el acto de dedicar un trabajo escrito es uno de los regalos más delicados, exquisitos y finos que puede haber entre la gente que se dedica a las letras.
Hace unas semanas recibí por mensajería proveniente de la ciudad de México un libro, Llamadas de silbato. La dedicatoria que me hace su autor, Arturo Reyes Fragoso, casi hace que me caiga de la silla. Ahí estaba, en la página cinco, una dedicatoria, no de puño y letra, sino con la garantía del offset, y con unas palabras dedicadas a mí que presuntamente me describen.
No dejen que me ponga sentimental y que suelte una lágrima de emoción, más bien diré que siempre recordaré este detalle de un periodista que admiro.

martes 20 de septiembre de 2011

Federico Campbell



El texto de ayer pasó casi desapercibido para la persona que quería que lo leyera. En fin, así es esto, uno tira la botella al mar y quién sabe quién, cuándo ni cómo te van a leer. Se parece a la labor del periodista.

¿Los periodistas escribirán para alguien en especial? Supongo que en algunos casos sí, pero, según Federico Campbell, el periodista escribe para ser leído, y además para ser leído con claridad.

Les recomiendo para este tema el libro Periodismo escrito, del autor tijuanense que por cierto acaba de cumplir la tierna edad de 70 años, en donde de manera un tanto didáctica y amena, nos explica géneros literarios, en un paqueño apartado para cada uno, pero también menciona, como si estuviera platicando, casos de periodistas célebres.

Aquí me quedó más clara la diferencia entre columna y artículo de opinión por ejemplo, también da una aproximación al llamado "Nuevo periodismo", cuyos primeros indicios, menciona, se dieron en un temprano 1966.

Esta "nueva"corriente de hacer periodismo deja de lado los convencionalismos de objetividad, y hace uso de otros recursos estilísticos más relacionados con la literatura que con los meros datos que responden al qué, cuándo, cómo, quiénes, etc.

Yo, que no soy periodista pero que tengo mis debilidades, estoy disfrutando la lectura de este novelista y maestro del periodismo. Hay que escribir todos los días, dicen los que saben. Y aquí me tienen.

lunes 19 de septiembre de 2011

Ensenadeándose

Contrario a Monterrey, Ensenada es una ciudad bastante segura. Aquí los coches generalmente se detienen para que pase el peatón, y en los siete meses y ocho días que llevo durmiendo en este puerto, no he escuchado ni siquiera por equivocación de algún disparo mal intencionado. Aquí la gente se puede morir de aburrimiento, o ahogada en el mar, pero difícilmente de un bombazo, una ráfaga de cuerno de chivo, o colgada de un puente.

Todo esto viene a cuento porque llevo meses pensando en la diferencias entre las dos ciudades. Me llaman la atención especialmente las diferencias en el habla, pero también aquellos rasgos en el comportamiento de los habitantes.

Luego de algunas pláticas con personas, algunas de ellas avecindadas desde hace años en la ciudad, pero no nativas de aquí, me he formado la idea de que Ensenada es una ciudad relativamente abierta a recibir a nuevos pobladores; quizá esto no tiene tanto mérito si tomamos en cuenta que posiblemente más de la mitad de los casi 700 mil habitantes que hay no nació en la ciudad.

Pero por otra parte, frente a esa relativa apertura al fuereño, noto que los nacidos y que han vivido aquí toda su vida, tienden a ser un poco más cerrados, más reacios a confrontar, discutir o ya de plano conocer otros puntos de vista.

Sí, seguramente varios de ustedes me dirán que en cualquier lugar pequeño o grande, las personas que no salen, que no viajan, se quedan atrapadas en sus prejuicios, que a la larga es como no salir de tu casa. No voy a contradecir eso ahora, más bien al contrario, yo provengo de Monterrey, un enorme rancho con un dudoso orgullo de ser del norte, que más bien se acerca a un prejuicio enraizado en no conocer ni querer conocer más allá de los centros comerciales de Laredo y vacacionar en la Isla del Padre.

Leo en internet que Ensenada es considerada dentro de las ciudades mexicanas con un más alto nivel de vida. Y sí, lo creo. Aquí las preocupaciones son otras. Pero no son muchas. Hay buen vino, playa, todo está cerca, el clima es muy amable (cuando se sale de la franja de los 17 a 24 grados la gente detiene al que va pasando para contarle que hace mucho frío, o que está haciendo mucho calor). Aquí no llueve caóticamente, pero cuando cae una lluviecita mediana que dure más de media hora, todo mundo lo comenta y me ha tocado que lo publiquen en el periódico.

La ciudad es noble (entre el día en que me bajé del autobús y mi primer día de chamba, pasaron 28 días, cuatro viernes exactamente).

Veo las dos ciudades y definitivamente elijo Ensenada. No sólo por el clima. No sólo por la playa. No sólo por la chamba (que para mí es muy importante, pues soy editor de publicaciones y encima me pagan). No sólo por eso. Sino porque aquí viven mis hijos y porque está conmigo la mujer a la que amo.

jueves 15 de septiembre de 2011

Los niños

Al comienzo no lo pensé. Estábamos en una de las dos habitaciones del segundo piso, y bajo la cobija no se escuchaba nada excepto el sonido de los labios, el aliento entrecortado de alguno de los dos, y afuera, un coche ocasional que parecía lejano en la tranquilidad del barrio.
De pronto ella se quedó inmóvil, mirando a nada, girando los ojos en varias posiciones mientras aguzaba el oído. Yo me mantuve quieto a unos centímetros de su nariz, esperando alguna reacción adicional.

C. y yo nos conocimos desde hacía doce o trece años. Debo ser más exacto: yo la conocía a ella, pero ella no sabía de mi existencia. En ese entonces coincidimos en un diplomado de tres días, y C. no podía menos que llamar la atención, no sólo porque era la más hermosa de las asistentes, sino porque a pesar de su corta edad, era de las mejores diseñadoras del grupo de estudiantes.
Durante el receso del tercer día, ella se tuvo que ir y no la volví a ver. Tiempo después alguien dijo que se había casado o que se había ido a otra ciudad, o las dos cosas a la vez, pero no volví a saber de ella.

Se quedó inmóvil mientras aguzaba el oído. Había murmurado: “Los niños”, pero yo no sabía exactamente si se trataba de dos o de tres, que se supone estarían dormidos en el cuarto de junto Ninguno de los dos se movió. Luego fue cerrando los ojos, y entreabrió la boca en algo que se reanuda, en recibir mi beso que se había quedado inconcluso.
Al principio no lo pensé, o mejor dicho no recordé que tenía niños. Teníamos meses saliendo y no le quise decir que ya la conocía.

Había regresado a la ciudad un año atrás y puso un despacho de diseño junto a otra persona, pero no explicó más sobre la identidad de esa otra persona, sólo dijo que las cosas mejoraban mes con mes.

Mi empresa solicitó un trabajo urgente y alguien recomendó el despacho de C. Lo entregaron en dos días, pero nuestro pago por un descuido se retrasó siete. C. pidió hablar conmigo y a mí se me fue la sangre a los talones cuando la vi entrar. Diez minutos después el cheque estaba en mi escritorio y yo intentaba sacarle una cita. Me dijo que no podía por exceso de trabajo, pero a los dos se nos olvidó el mundo durante los 40 minutos que duramos platicando. Así fue mi reencuentro con C.

Era la primera vez que estábamos en su habitación. Esa noche me enamoré de ella. O no, quizá fue al despedirnos, cuando ella afirmó algo que empezaba con las palabras: “Si nos volvemos a ver…”, pero que en el fondo era una pregunta. O quizá fue cuando le llamé al día siguiente a las nueve de la mañana y ella, lo percibí por el teléfono, sonrió al saber que era yo.