miércoles 11 de noviembre de 2009

Los 150 años del Registro Civil en Nuevo León


El Berlín II

Si me preguntaran cómo resumiría el espíritu de la ciudad, de esa llaga cubierta de nuevos edificios y viejas construcciones, mitad ingeniería artística, mitad arte funcional, me quedaría con el tema de la memoria:

Berlín es una ciudad que escoge su memoria. Como si hubiera algunas cosas que no se deben pasar por alto, por ejemplo el Holcausto y sus víctimas, que nos recuerda a todo el mundo las atrocidades de las que es capaz la mente humana.

Otras deben olvidarse definitivamente. Por ejemplo, en el lugar en donde estuvo el bunker de Hitler no queda nada, sólo un pequeño mapa informativo, turístico. Me dicen que es para evitar que nuevos brotes nazis tengan un lugar de reunión, de peregrinaje, pero de todas formas es algo que decide enterrarse para siempre. Y es que el sitio en donde se refugiaba el líder nacionalsocialista era un complejo subterráneo de salas, cámaras y estancias conectadas por puertas, como celdas cuadriculadas.

Me queda eso. La memoria es selectiva, sí, pero ¿qué cosas debemos enterrar para siempre?¿qué cosas no se nos deben olvidar nunca?¿y qué cosas son parte de nuestro paisaje vital, emocional, que simplemente quedaron ahí como cuerpo inerte luego de años vividos en nuestras páginas?

Elegir la memoria es uno de los trabajos más importantes de los seres humanos, en ello va parte de nuestra identidad y acaso de nuestra salud mental.

Los atroces fantasmas del pasado deben quedar enterrados como en un sótano que ya ni siquiera existe. Como dice el poema: "La palabra recuerdo tiene cuatro patas y un cuerpo espantoso. Por eso la aplasté con una chancla y apagué la luz". Para siempre.


martes 10 de noviembre de 2009

El Berlín

El sábado 25 de octubre del 2008 aterricé en el frío aeropuerto Schonefeld de Berlín, luego de un viaje de dos horas y media en un vuelo procedente del aeropuerto de El Prat de Llobregat de Barcelona. El Boeing 737, pintado de un favorito color naranja, distintivo de la línea Easyjet fue quedando atrás mientras me encontraba con mi hermana y con Gabriel Farkas, un doctor en Matemáticas de 35 años que también me esperaba para llevarme no sabía bien a dónde.
En el recorrido de una hora en Metro, Gabriel me hablaba en un inglés imposible primero de la historia de Hungría, y más adelante, de aquel Berlín de fines de la Segunda Guerra Mundial.
Mi hermana confirmó lo que sospeché desde un principio de la charla, al licenciado Farkas le apasionaba la historia, y creo que fue el mejor guía que pude tener en aquel viaje.
A cada pregunta mía, él se esforzaba, con la intermediación de mi hermanota, de explicarme algunos pormenores del Muro, qué abarcaba y quiénes quedaron de cada lado.
Caminamos todo lo que pudimos por Berlín. Por la noche me llevaron a cenar al Berliner Bürgerbräu, que estaba en la casa-museo de Bertolt Brecht, ese autor que nació el 10 de febrero de 1898, el mismo día un siglo antes que mi hijo Erntesto Inti.
Al día siguiente fuimos al Charlie checkpoint, antigua especie de aduana aliada, ahora convertida en punto turístico, con recuerditos a la venta incluidos.
Mientras recorríamos la Puerta de Brandemburgo, Farkas me comentaba de las varias Orquestas Filarmónicas que existían en la ciudad, y de cuál era la sede de cada una de ellas. Yo lo entendía como cuando en México se asocia un estadio con el equipo que juega en esa plaza. Sólo que aquí hay como diez orquestas. Me habló también del carácter de Herbert von Karajan, y de que, al menos para él, para mi acompañante, era posible distinguir su estilo de dirigir una misma obra respecto de otro director.
Fuimos al Monumento al Holcausto Judío, también a donde estuvo el centro de operaciones de Hitler (no quedaba nada más que un letrero y un mapa turístico). En general fue un recorrído vertiginoso, lleno de información y sensaciones en un periodo muy corto.
Si me preguntaran cómo resumiría el espíritu de la ciudad, de esa llaga cubierta de nuevos edificios y viejas construicciones, me quedaría con el tema de la memoria. Trataré de explicarlo mejor:

sábado 7 de noviembre de 2009

Elegir

En cuestión de pareja, escoger la persona es una de las elecciones más soberanas que podemos tener. Si algún día pensara en compartir mis días por el resto de mi vida, como frecuentemente lo pienso, no dudaría en que esa mujer fuera mi Carmen.
Se lo pediría diez veces hasta que me diera el sí.

El Gabo

¿En qué momento comienza un viaje?¿En el momento de arrancar el autobús, el automóvil o el avión?¿En el momento de comenzar la maleta?¿En el momento de tomar la decisión de hacer el viaje? No lo sé exactamente, pero me inclino a pensar que el viaje empieza en el momento en el que lo comenzamos a vivir, sea meses antes o días después de haberlo concluido.
Quería hablar del viaje que hice la semana pasada, pero me doy cuenta que tendría que hablar antes de Gabo, y todo el comienzo de mi relación con él inicia hace 17 años, cuando entró al taller de creación literaria de la Unversidad Regiomontana. A pesar de que yo no fui estudiante de la UR, ya era la segunda época en la que acudía. La primera fue durante el año anterior y lo coordinaba Graciela España, pero estamos en el 92, y Mara Gutiérrez, líder, diva, poeta, dos años años mayor que yo, era la que se hacía cargo.
El taller de la UR se caracterizaba por programar con cierta frecuencia lecturas dramatizadas, mezcla de recital de poesía con algo de juego escénico. A veces sólo una mesa y dos sillas formaban parte del escenario. En total erámos entre cinco y siete integrantes, pero los que estuvimos más en forma fuimos Mara, Jorge Ramón Sáenz, Alfonso Araujo, Daniel Salinas, Gabo, Gerardo García, Lourdes Falcón y yo. Hace tiempo me di cuenta que Daniel ya había salido cuando Gerardo García entró, y que Lourdes no estuvo desde el principio, pero participó en muchas lecturas.

Gabo llegó al taller en el año 92, creo que en verano. Llegó con audífonos, botas, venía estilo potranquito, como alguna vez le dije. Yo aún tendría 19 y el andaba cumpliendo los 17. También, como casi todo el resto del taller, el era estudiante de la UR.

El 9 de octubre del 92 fuimos Gabo y yo por primera vez a un teibol. El famoso TVOSO, sobre Zaragoza. Ahí una chica, mientras bailaba se acuclilló ante mi vista, me tomó los lentes, los dobló y se los pasó lentamente por allá, ante la risa de Gabo y el pasmo mío. La piel de una mujer era algo novísimo para mí.

A partir de esa primera ida a un teibol escribí un poema que se llamó Las chicas TVOSO.

La edad

Hace como un mes, cuando leí en el Café Nuevo Brasil mis textos, creí que me iban a tupir a preguntas. Leí varios poemas, unos de un legajo y otros del libro. Nadie preguntaba nada. Al terminar el cuentito de “Elizabeth”, ese que habla sobre una niña de "diez años casi doce", alguien, un tipo del fondo, hizo una pregunta rara, dijo, con una sonrisita entre curiosa y pícara, que qué había pasado luego con esa niña, que “desde cuándo no la veía”.

Obviamente él asumía que el protagonista de esa pequeña historia era yo mismo. No desmentí la acusación implícita, y contesté al vuelo que la última vez que la vi “fue en el año 83 y preferiría no encontrármela”. Dije algo así como que la gente cambia mucho y a veces es mejor quedarse con aquel hermoso recuerdo.

Lo que pasa es que he visto cosas terribles. He visto cómo los años hacen verdaderos seres irreconocibles de aquellas que en su momento nos hacían algo más que suspirar. Es triste ver cómo el tiempo deforma terriblemente el cuerpo y da más pena esa batalla que se va perdiendo, ojalá que con más dignidad.

Ya sé que en este punto algunas tendrán un lindo impulso reflejo de voltear las cosas hacía mí. Y tienen razón: Ahora tengo canas, tengo una panzota de 20 litros, unas arrugas me señalan el entrecejo y la frente y me falla un ojo; la diferencia es que a mí eso de la edad y la apariencia que le da al cuerpo coloquialmente me viene valiendo madre, y a la mayoría de las estimadas compañeras, desgraciadamente no. Lo siento. La belleza no es eterna.

Pero volviendo al tema, si no fuera por el cariño y porque uno en realidad estima, vería con mucha más pena cómo se va perdiendo esa guerra en contra de las supremas leyes del tiempo y la gravedad.

Rescato dos estilos. Aquel tipo de chava que parece no importarle demasiado la agonía estética de su anatomía y curiosamente sus intereses dan señales de vida del cuero cabelludo para dentro, y no para afuera, y aquel tipo de chava que, además de lúcida, es muy hermosa actualmente y que uno llegó a su vida no hace mucho, y por lo tanto no hay la secuencia de filminas en donde uno puede comparar nada. Todo es presente continuado y, con total seguridad, en una versión mejorada. Y yo tengo la fortuna.

A mis compañeros de mesa, los reto a que vuelvan a ver cómo es ahora a aquella chica que hace cinco o diez años pretendieron y luego me cuentan cómo les fue. Se vienen a llorar mientras les pido otra. No, si les digo que estamos pisteando muy a gusto.

jueves 5 de noviembre de 2009

Las miradas

En el puerto
había una bandera enorme.
La luz era muy brillante.
Y tú y yo nos mirábamos.